Occidente S.A.: cómo convertir humanos en ratas 🐀 funcionales

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Occidente S.A.: cómo convertir humanos en ratas 🐀 funcionales

El hombre contemporáneo no ha caído como el antiguo romano, sino que ha sido domesticado. No es el héroe trágico que se precipita al abismo por soberbia, sino algo mucho más triste: una rata bien alimentada que ya no recuerda que alguna vez hubo bosque. Su mundo no es una selva hostil sino un laboratorio aséptico, perfectamente iluminado, donde cada estímulo ha sido calibrado para producir una conducta predecible. No hay látigos ni cadenas visibles: hay recompensas, microplaceres, pertenencias simbólicas. Y eso alcanza.

Antes de entrar en la arquitectura de este zoológico moral, conviene detenerse en su dispositivo central: la caja de Skinner. El conductismo radical de Skinner en USA no necesitó de grandes metáforas; bastaba una caja, una palanca y una rata. El animal, al accionar la palanca, recibía comida. Refuerzo positivo: una consecuencia agradable que aumenta la probabilidad de repetir la conducta. Pero el refinamiento llega cuando la recompensa se vuelve intermitente. No siempre hay comida. A veces sí, a veces no. Y entonces la conducta se intensifica. La rata insiste, prueba, persevera. Se instala en ella una tensión expectante, una especie de fe conductual. También existe el refuerzo negativo: la eliminación de un estímulo desagradable para fortalecer una conducta. Presionar la palanca puede hacer cesar una descarga eléctrica leve; la conducta se fija por alivio. El castigo, en cambio, introduce una consecuencia aversiva para reducir una conducta, aunque suele ser menos eficaz a largo plazo. Todo esto no es teoría abstracta: es ingeniería del comportamiento.

psicólogo y colaboracionista gubernamental B.F. Skinner

Ahora bien, lo interesante no es que existan cajas de Skinner, sino que hayamos construido una civilización entera basada en ese principio.

El sistema educativo público, por ejemplo, no es tanto un espacio de transmisión de conocimiento como un dispositivo de modelado conductual. Su enorme ineficacia en términos de formación rigurosa convive con una notable eficacia en la producción de sujetos dóciles. No enseña a pensar; enseña qué pensar y, sobre todo, desde dónde pensar. El Estado no aparece como una estructura histórica contingente, sino como un horizonte natural. Aquí operan refuerzos sutiles: el alumno que repite correctamente el discurso esperado recibe aprobación, buenas calificaciones, reconocimiento. Refuerzo positivo. El que cuestiona ciertos marcos puede experimentar incomodidad, desaprobación implícita, aislamiento simbólico. Castigo social difuso. La ESI (“educación sexual integral”), en muchos contextos, no se presenta como un campo de interrogación sino como un conjunto de verdades estabilizadas. La rata aprende rápido: hay respuestas que abren puertas y otras que las cierran. No hace falta coerción explícita; basta con moldear las contingencias.

Luego están las Big Tech, las grandes corporaciones tecnológicas, que han perfeccionado la caja de Skinner hasta niveles que rozan lo obsceno. Aquí la palanca es el scroll infinito, el like, la notificación que irrumpe como un pequeño relámpago de sentido. El refuerzo es variable, intermitente, perfectamente dosificado. Una publicación obtiene validación, la siguiente cae en el vacío. El usuario no sabe cuándo llegará la próxima recompensa, y por eso no se detiene. Es el mismo principio que sostiene a las máquinas tragamonedas en el casino. Refuerzo positivo intermitente: el más adictivo de todos. Pero también hay refuerzo negativo: el malestar de “quedarse fuera”, de no revisar, de no responder, se alivia al volver a la plataforma. Se entra no solo por placer, sino para silenciar una inquietud. La rata no solo acciona la palanca; vive pendiente de ella.

Las universidades, por su parte, se presentan como templos del pensamiento crítico, pero funcionan cada vez más como laboratorios de producción de memes cognitivos de la izquierda progresista. Ideas que se replican no por su potencia explicativa sino por su capacidad de alinearse con marcos dominantes. El estudiante aprende qué enfoques son premiados con becas, publicaciones, prestigio. Refuerzo positivo institucional. Las líneas de investigación que se desvían demasiado pueden encontrar menos financiación, menos visibilidad. Refuerzo negativo, cuando no castigo encubierto. Así, el pensamiento se encauza. No se prohíbe explícitamente; se redirige mediante incentivos.

En el ámbito financiero del capitalismo postindustrial, el condicionamiento se vuelve elegante, casi invisible. El crédito permite obtener ahora lo que antes exigía espera. Refuerzo positivo inmediato. El pago diferido introduce una incomodidad futura que, paradójicamente, se alivia consumiendo más: refinanciando, reorganizando, entrando en nuevos ciclos. Refuerzo negativo: el consumo como anestesia del malestar financiero. Las aplicaciones de inversión, con sus interfaces lúdicas, convierten el riesgo en juego. Suben los gráficos, aparece una notificación: pequeña descarga de placer. Bajan, y el usuario aprende —a veces— a evitar ciertas conductas. Castigo económico. Pero incluso la pérdida puede reforzar la conducta, si se presenta como desafío a revertir. La rata financiera no busca solo dinero; busca la emoción regulada de un sistema que la mantiene enganchada.

Los colectivos identitarios funcionan como colmenas simbólicas donde el condicionamiento adopta formas afectivas. La adhesión a ciertos discursos trae consigo validación, pertenencia, visibilidad. Refuerzo positivo grupal. La disidencia, en cambio, puede acarrear críticas, silencios, expulsiones. Castigo social. Incluso el simple temor a perder el lugar ya actúa como refuerzo negativo: se sostiene la conducta alineada para evitar el malestar de la exclusión. El individuo no necesita que lo vigilen; internaliza el panal. Se autorregula.

Los medios de comunicación, en su versión contemporánea, no imponen tanto contenidos como ritmos de atención. La noticia ya no es solo información; es estímulo. Titulares diseñados para provocar reacción inmediata, ciclos que se suceden sin pausa. El usuario recibe pequeñas dosis de indignación, sorpresa, miedo. Refuerzos emocionales que mantienen el consumo activo. El silencio informativo, en cambio, genera ansiedad: “¿me estoy perdiendo algo?”. Refuerzo negativo que empuja a volver. La realidad se fragmenta en estímulos breves, y la mente, entrenada, responde sin metabolizar.

Pero el laboratorio no se agota en estas grandes estructuras; se infiltra en la vida cotidiana con una eficacia casi poética. El despertador del smartphone que suena cada mañana y cuyo silencio se obtiene al deslizar un dedo: refuerzo negativo puro, alivio inmediato que consolida el hábito de obedecer al dispositivo. Las aplicaciones de fitness que celebran cada paso, cada caloría quemada, con gráficos y medallas virtuales: refuerzo positivo que transforma el cuidado del cuerpo en un circuito de recompensas. El correo electrónico laboral, donde cada respuesta rápida evita la acumulación de mensajes y la posible reprimenda: refuerzo negativo que entrena la hiperdisponibilidad. El “visto” en las aplicaciones de mensajería, que introduce una microtensión si no se responde a tiempo: el silencio del otro como estímulo aversivo que empuja a contestar. Incluso las relaciones afectivas se ven atravesadas por estos microcondicionamientos: un mensaje cariñoso que llega de forma impredecible puede reforzar conductas de búsqueda, de espera, de insistencia. Refuerzo intermitente otra vez, siempre él, como un latido secreto del sistema.

El resultado es un sujeto que cree elegir, pero cuyos márgenes de elección han sido cuidadosamente diseñados. No hay un gran titiritero oculto, sino una constelación de dispositivos que convergen en una misma lógica: hacer de la conducta algo predecible, modulable, rentable. La rata no está encadenada; está entrenada. Y peor aún: ha aprendido a amar ciertos aspectos de su entrenamiento, a confundir la recompensa con el sentido.

Y, sin embargo, hay algo inquietante en todo esto: la posibilidad de que la puerta de la caja nunca haya estado cerrada. Que en algún punto, en medio de la repetición, exista una fisura. Pero salir implicaría tolerar la ausencia de refuerzo, el vacío de un mundo que no responde inmediatamente, la intemperie de una libertad sin aplausos ni notificaciones.

No es un gesto romántico; es casi un acto clínico. Desaprender la palanca. Soportar el silencio. Mirar la caja desde afuera y reconocer, con una mezcla de vergüenza y lucidez, cuánto de uno mismo había quedado atrapado en ese pequeño mecanismo.

La mayoría no lo hará. No porque no pueda, sino porque ha sido demasiado bien condicionada para siquiera desearlo. La rata moderna no necesita barrotes; le basta con la promesa de la próxima recompensa.

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