El sexo privilegiado: reseña de la obra de Martin Van Creveld 🚺

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El sexo privilegiado: reseña de la obra de Martin Van Creveld 🚺

En nuestros días, nos han acostumbrado a escuchar un oscuro canto de sirena: que una conspiración milenaria masculina, una maquinaria casi metafísica con leyes semi automáticas estaría armoniosamente en marcha para oprimir a las pobres mujeres que pueblan esta Tierra. Algunos titulares en redes son tan terribles, que pareciera que ahí afuera, en la calle, hay un ejército de psicópatas cometiendo “feminicidios”, o peor aún, auténticos genocidios contra estos desventurados seres llamados mujeres —“Frau”, en alemán y Frouwa del alemán antiguo, que curiosamente significa “aquella que gobierna”—. El cuadro es tan perfectamente ideológico que resulta sospechoso: demasiado vertical, demasiado lineal, demasiado tranquilizador para quien necesita un culpable único y una víctima sin fisuras.

Lectura recomendada

Es en ese escenario donde Van Creveld hace algo que hoy roza lo indecoroso: tomar el relato y girarlo, no para negarlo en bloque, sino para someterlo a una contabilidad incómoda. Martin van Creveld es un historiador militar israelí de origen neerlandés, reconocido por su trabajo sobre guerra, estrategia y estructuras de poder a lo largo de la historia. Profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor de obras influyentes sobre el papel del Estado, el conflicto armado y la organización social, su enfoque se caracteriza por una lectura comparativa, provocadora y poco complaciente con los consensos académicos dominantes. Vale aclarar que su análisis se circunscribe principalmente a la situación de la mujer en la esfera de eso que llamamos “civilización judeo-cristiana”. Reseñaremos aquí su obra "The privileged sex" (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2013).

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No discute que existan cargas sobre la mujer; lo que introduce es una pregunta que el clima cultural actual evita: ¿qué pasa si uno pone también en la balanza los privilegios? ¿Qué pasa si la historia no es un vector único de opresión, sino una estructura donde desventajas y compensaciones están distribuidas de forma asimétrica, pero no en la dirección que solemos imaginar?

El libro arranca desmontando algunos pilares. La caza de brujas, por ejemplo, aparece siempre como símbolo de misoginia organizada. Sin embargo, cuando uno baja al terreno concreto, la cosa se vuelve menos pura: hay abundante evidencia de mujeres acusando a otras mujeres, disputas internas, rivalidades locales. La narrativa de hombres cazando mujeres se complica con una realidad más sucia, menos utilizable como consigna. Lo mismo ocurre con la supuesta reclusión absoluta de la mujer griega o con la idea de que ciertos regímenes modernos funcionaron exclusivamente como dispositivos de opresión femenina: el archivo histórico no se deja reducir tan fácilmente.

Pero el núcleo del libro no está en esos ajustes históricos, sino en el cambio de foco. El hombre deja de aparecer como beneficiario natural y pasa a ser examinado como sujeto de exigenciaSer hombre no es una posición garantizada, sino una prueba continua. Desde temprano, el varón es empujado a competir, a demostrar, a arriesgar. No basta con existir; hay que justificar la propia existencia en términos de valor, capacidad, rendimiento. El fracaso no se amortigua: se expone, se ridiculiza, se castiga socialmente.

Esa presión se vuelve especialmente visible en la esfera sexual, donde el libro insiste en algo que suele quedar implícito: el hombre está bajo escrutinio constante. Debe tomar la iniciativa, sostener el encuentro, rendir físicamente. La posibilidad de fallar —impotencia, eyaculación precoz, incapacidad de satisfacer— no es solo un problema íntimo, es una amenaza a la identidad misma. La mujer, en cambio, puede ocupar una posición más pasiva sin que su valor quede comprometido del mismo modo. Puede retirarse, negarse, no exponerse. El peso del desempeño no está distribuido simétricamente.

A esto se suma un elemento estructural que el libro no suaviza: la incertidumbre de la paternidad. Durante la mayor parte de la historia humana, el hombre nunca tuvo garantías reales sobre su descendencia. El hecho de que existan porcentajes no despreciables de hijos concebidos fuera de la pareja estable introduce un riesgo silencioso, permanente, que no tiene equivalente del lado femenino. La mujer sabe que el hijo es suyo; el hombre, históricamente, no. La virginidad previa al matrimonio antes de la existencia de los antibióticos, con un promedio de vida históricamente la mitad que el actual, era simplemente una garantía funcional: ¿estos hijos de los cuales debo hacerme cargo son míos…? 

En el plano del trabajo, la imagen vuelve a invertirse. No se trata de negar que las mujeres trabajaran, sino de observar dónde trabajaban los hombres. Las ocupaciones más duras, peligrosas y físicamente destructivas —minas, guerra, construcción pesada, pesca en condiciones extremas— han sido abrumadoramente masculinas. No por una conspiración abstracta, sino por una combinación de fuerza física, expectativas sociales y, sobre todo, una lógica de protección: hay trabajos que las sociedades prefieren no asignar a las mujeres.

Esa lógica alcanza su forma más clara en la guerra, que es donde las sociedades revelan, sin retórica, qué vidas están dispuestas a sacrificar. Y ahí el patrón es brutalmente constante: los hombres van al frente, las mujeres quedan atrás. No como excepción, sino como principio organizador. Desde las escenas homéricas —Héctor prefiriendo la muerte antes que ver a su mujer capturada— hasta los relatos de guerras modernas donde la motivación explícita es proteger a “las mujeres y los niños”, la estructura se repite.

El libro acumula ejemplos que, tomados aisladamente, podrían parecer anecdóticos, pero que en conjunto forman un patrón difícil de ignorar. Mujeres que, incluso participando en conflictos, reciben trato preferente o son liberadas antes que los hombres. Pilotos que, en pleno combate, deciden no disparar cuando identifican que el enemigo es femenino. Rehenes femeninas que son liberadas primero, mientras los hombres quedan retenidos. Hombres que se ofrecen voluntariamente para ocupar el lugar de una mujer capturada, porque no hacerlo implicaría una deshonra social profunda.

Incluso dentro de los ejércitos modernos, donde la igualdad formal ha avanzado, las diferencias persisten: menor obligación de combate, mayor posibilidad de retirarse, condiciones de servicio más flexibles, tareas menos expuestas. No es un fenómeno marginal, sino una continuidad histórica bajo nuevas formas.

El ámbito jurídico no escapa a esta lógica. Lejos de una neutralidad abstracta, existen múltiples mecanismos —explícitos e implícitos— que tienden a favorecer a las mujeres. Desde legislaciones que permiten discriminación positiva hasta dinámicas en sala donde ciertos comportamientos —llanto, apelación a la vulnerabilidad, presentación de una imagen “adecuadamente femenina”— influyen en la percepción del juez o del jurado. No siempre, no en todos los casos, pero lo suficiente como para constituir un patrón reconocible.

¿Dónde queda la "sororidad"...?

Si uno junta todas estas piezas, aparece una imagen que no encaja con el relato dominante: menor exposición a la violencia extrema, menor participación obligatoria en actividades letales, mayor protección legal y social, mayor esperanza de vida. Y, sin embargo, la autopercepción de desventaja persiste. Ahí es donde el libro sugiere que no estamos solo ante hechos, sino ante una narrativa cultural que selecciona qué aspectos enfatizar y cuáles omitir.

El punto más incómodo llega al final, cuando la discusión deja de ser descriptiva y se vuelve lógica. Igualdad y privilegio no son perfectamente compatibles. Si se exige igualdad total, las protecciones diferenciales tienden a desaparecer. Obviamente ellas lo saben, el problema es que desean las dos cosas. Es por ello, que el neofeminismo de género camina rumbo a un totalitarismo blando cultural. Si se mantienen esas protecciones, entonces la igualdad es parcial. No es una cuestión ideológica sofisticada, es una tensión básica que, sin embargo, rara vez se formula con claridad.

El libro no ofrece una salida elegante. No hay reconciliación, no hay síntesis tranquilizadora. Lo que deja es una sensación de fricción: la intuición de que la relación entre los sexos no puede reducirse a un esquema moral simple. Que el poder no siempre coincide con el sacrificio, ni la protección con la subordinación. Y que, quizá, lo verdaderamente incómodo no es la tesis en sí, sino el hecho de que obliga a mirar un terreno donde las categorías fáciles dejan de funcionar.

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