El nacimiento del 'género': la ideología fusilando a la ciencia 🔫

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El nacimiento del 'género': la ideología fusilando a la ciencia 🔫

Los historiadores y psicólogos del mañana (en caso de que exista un mañana) se asombrarán de lo profundamente disfuncional que resultó ser nuestra época. El concepto de “género”, tal como hoy se enseña, se milita o se da por sentado —como si fuera una verdad ya asentada— tiene un origen bastante menos cómodo de lo que suele contarse. No nació simplemente de observar la realidad y describirla con mayor precisión. Nació, en buena medida, de la necesidad de probar una idea a la fuerza. Y esa prueba no ocurrió en abstracto, sino en la vida concreta de un niño: el caso de David Reimer. Si uno quita la capa de lenguaje técnico, lo que queda es inquietante: una teoría que se afirmó públicamente como éxito mientras, en privado, la realidad la desmentía monstruosamente.

David Reimer: el paciente cero.

El punto de inflexión está en la figura de John Money. Su hipótesis era potente y seductora: la identidad de género no estaría fijada biológicamente, sino que sería “moldeable” durante los primeros años de vida. En otras palabras, no nacemos siendo “hombre” o “mujer” en sentido psicológico; nos hacemos. Hasta ahí, la idea tenía espacio para ser discutida. El problema empieza cuando esa hipótesis se convierte en certeza… y la certeza exige ser demostrada con fórceps. John Money fue un sexólogo neozelandés que desarrolló su trabajo entre los años 50 y 70 en USA, en plena expansión de la sexología clínica y en un clima intelectual obsesionado con desmontar lo “natural” en favor de lo moldeable. Desde la Universidad Johns Hopkins, fue uno de los primeros en formalizar la distinción entre sexo biológico y género como construcción psicosocial. Su pensamiento respira el delirio conductista y socioambiental de la época en psicología: la idea de que, si se interviene lo suficientemente temprano, la identidad puede ser moldeada a voluntad. No es casual que, en ese contexto, su hipótesis sobre la plasticidad del género no solo se formule, sino que se intente demostrar empíricamente, incluso forzando los límites de lo clínicamente aceptable.

El "sexólogo" John Money. Uno de los progenitores del Frankenstein llamado "género"...

El caso Reimer ofrecía una oportunidad perfecta —y brutal— para hacerlo. Tras un accidente médico que destruye los genitales de un niño varón recién nacido, Money propone criarlo como niña. No como una solución provisional, sino como un experimento total: cambio de nombre, de vestimenta, de rol social, de narrativa familiar. El niño pasa a ser “Brenda”. Y a partir de ahí, la teoría deja de ser una hipótesis para convertirse en una especie de guion que debe cumplirse.

Lo decisivo acá no es solo lo que se hizo, sino cómo se interpretó lo que iba ocurriendo. Brenda no encajaba. Rechazaba vestidos, evitaba juegos típicamente femeninos, tenía conflictos constantes. Pero en lugar de leer eso como una señal de que algo no funcionaba, esos datos eran reinterpretados, minimizados o directamente descartados. La teoría no se ajustaba a la realidad; la realidad era filtrada para que encajara con la teoría.

Lectura recomendada. La historia...

Incluso las intervenciones clínicas cruzan una línea difícil de justificar hoy: sesiones donde se inducían comportamientos sexuales entre los gemelos con la idea de “reforzar” la identidad de género. Esto no es un detalle menor. Muestra hasta qué punto la teoría no solo describía, sino que intervenía activamente para producir el resultado que necesitaba mostrar.

Durante años, el caso fue presentado como un éxito. En publicaciones y conferencias, Money hablaba de una niña bien adaptada, feliz, en desarrollo normal. Y esa narrativa tuvo impacto: se convirtió en una especie de prueba empírica de que el género podía construirse independientemente del sexo biológico. El problema es que esa “prueba” estaba sostenida sobre una versión parcial —y en algunos puntos directamente falsa— de los hechos.

David... Brenda... Bruce...finalmente el suicidio.

Cuando Milton Diamond revisa el caso en profundidad, lo que aparece es otra historia. No la de una adaptación exitosa, sino la de una resistencia persistente. No la de una identidad construida con éxito, sino la de una identidad que nunca terminó de alinearse con el rol impuesto. Finalmente, en la adolescencia, Brenda es informada de la verdad y decide vivir como varón, retomando el nombre David.

Ese giro no es un simple cambio de opinión. Es más bien la evidencia de que algo no había podido ser borrado del todo. La historia, lejos de cerrarse ahí, deja una estela de daño: años de confusión, intervenciones médicas, sufrimiento psicológico. El desenlace trágico en la adultez no puede explicarse por una sola causa, pero es imposible no ver en él el peso de haber sido objeto de un experimento que nunca debió ser tal. Estamos hablando de suicidio. 

Y es en este punto donde conviene introducir un dato incómodo para el relato contemporáneo: incluso en contextos actuales, donde la transición de género se realiza con respaldo médico, social y legal mucho más sofisticado, los indicadores de malestar extremo siguen siendo elevados. Estudios longitudinales en Suecia —como el de Dhejne et al. (2011)— encontraron que personas trans operadas presentaban tasas de suicidio aproximadamente 19 veces superiores a la población general. En Estados Unidos, encuestas amplias como la USTS (2015) reportaron que cerca del 40% de las personas trans habían intentado suicidarse al menos una vez en su vida, muy por encima del promedio poblacional. Datos de Reino Unido y Canadá muestran patrones similares: reducción de ciertos síntomas tras la transición en algunos casos, pero persistencia de tasas significativamente altas de ideación e intento suicida.

Esto cuestiona la narrativa lineal según la cual la afirmación de género resolvería, por sí misma, el núcleo del sufrimiento. La realidad empírica es más áspera: incluso cuando se modifica el cuerpo, el malestar no desaparece automáticamente, lo que sugiere que el fenómeno es más complejo que una mera discordancia entre identidad y anatomía.

Lo interesante —y perturbador— es lo que se hace con esta historia a nivel teórico. Porque el problema no es solo el error clínico. Es que ese caso fue utilizado, durante un tiempo, como piedra angular para sostener una idea más amplia: que el género es esencialmente una construcción social desligada del cuerpo. Es decir, un caso profundamente problemático se convierte en argumento fundacional.

Esto no es algo completamente nuevo en la historia de la psicología. Muchas teorías se han apoyado en casos emblemáticos: el pequeño Hans en Freud, Anna O. en Breuer. Pero en esos ejemplos hay una distancia entre relato y realidad; en el caso Reimer, esa distancia se vuelve casi insostenible, porque el propio sujeto —su vida, su malestar— contradice la narrativa oficial.

Desde una mirada más amplia, lo que aparece es un cambio en la forma de producir verdad en las ciencias humanas. El concepto de género emerge en un contexto donde se busca cuestionar lo “natural”, desarmar lo que parecía dado. Y en ese movimiento hay algo valioso. Pero también hay un gran riesgo: pasar de criticar el determinismo biológico a ignorar por completo el peso de lo biológico.

Ese desplazamiento se ve cuando “género” deja de ser una herramienta analítica —para distinguir entre roles sociales y biología— y empieza a funcionar como una categoría que redefine la identidad misma, incluso en contra de la materialidad corporal. En ese sentido, el caso Reimer opera casi como un mito de origen: una historia que legitima la separación entre sexo y género… aunque, paradójicamente, la historia real muestre lo difícil que es sostener esa separación en términos absolutos.

la paradoja del género: si todo es una construcción social, ¿finalmente el género también...?

Por eso el caso incomoda. No fue un consenso sino una apuesta. Nos recuerda que no surgió en un vacío neutral, sino en un campo donde se mezclan ciencia, ideología, ambición y, en este caso, una intervención que terminó dañando severamente a quien debía ayudar.

Dicho de forma más directa: el género no aparece simplemente como un descubrimiento, sino como una construcción que, en su origen, necesitó ser defendida incluso cuando los hechos no acompañaban. Y esa marca de origen no desaparece. Sigue ahí, latente, cada vez que el concepto se presenta como indiscutible. Porque, en el fondo, su historia no es solo la de una idea que se comprobó, sino también la de una idea que, durante un tiempo, se sostuvo porque tenía que ser cierta.

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