La guerra contra los niños varones 🧒🏻 👦🏼
Si un arqueólogo del futuro excavara los restos de Occidente y se limitara a leer nuestros documentos oficiales, probablemente llegaría a una conclusión curiosa: durante décadas nos preocupamos obsesivamente por las niñas. Creamos observatorios para estudiar sus dificultades, organismos para proteger sus oportunidades, programas para reforzar su autoestima, campañas para aumentar su representación y una vasta literatura destinada a identificar cada posible obstáculo que pudiera limitar su desarrollo.
Lo extraño es que todo esto ocurrió mientras, silenciosamente, los niños comenzaban a quedarse atrás.

La historia de esta ceguera colectiva constituye uno de los episodios más fascinantes de la psicología política contemporánea. Porque la crisis de los chicos varones no surgió de repente. No apareció como un meteorito que impactó inesperadamente sobre las escuelas occidentales. Estuvo durante años a plena vista. Lo que ocurrió fue algo más inquietante: una parte importante de las élites educativas, mediáticas y académicas desarrolló una teoría del mundo que les impedía verla.
Durante los años noventa se popularizó la idea de que las niñas constituían el grupo desfavorecido dentro del sistema educativo. Informes, libros, documentales y campañas institucionales comenzaron a repetir una misma historia: las escuelas, en teoría, estaban diseñadas para beneficiar a los niños, las niñas sufrían una profunda erosión de autoestima durante la adolescencia y la sociedad seguía privilegiando sistemáticamente a los varones. Christina Hoff Sommers dedicó buena parte de La guerra contra los chicos a examinar los datos detrás de estas afirmaciones. Su conclusión fue explosiva: muchas de las estadísticas más citadas eran engañosas, estaban mal interpretadas o directamente no demostraban lo que se afirmaba que demostraban.

Mientras los medios hablaban de una supuesta "crisis de las niñas", los propios indicadores educativos comenzaban a señalar otra dirección. Las mujeres avanzaban progresivamente en rendimiento académico, graduación secundaria y acceso universitario. Década tras década, la brecha educativa se desplazó en favor de las alumnas. Hoy, en la mayoría de los países occidentales, las mujeres obtienen más títulos universitarios que los hombres y representan la mayoría de los graduados en educación superior.
La pregunta incómoda es evidente: si los resultados hubieran sido exactamente los inversos, ¿alguien habría permanecido indiferente…? Probablemente no.
Si las niñas abandonaran la escuela en mayores proporciones, recibieran más sanciones disciplinarias, acumularan peores resultados en lectura, fueran mayoría en los diagnósticos conductuales y presentaran peores perspectivas académicas, estaríamos ante una emergencia nacional. Habría conferencias internacionales, fondos especiales, organismos estatales y portadas de periódicos dedicadas exclusivamente al problema.

Pero cuando estos fenómenos afectan principalmente a los niños, la conversación cambia. El problema deja de ser estructural y se convierte en individual. Ya no hablamos de barreras sistémicas sino de “elecciones personales”, “inmadurez” o “falta de adaptación”.
Aquí aparece una de las observaciones más penetrantes de Sommers. La escuela contemporánea parece haberse convertido en una institución cada vez menos tolerante hacia ciertas características típicamente masculinas. No hablamos de violencia ni de conductas antisociales. Hablamos de actividad física intensa, competitividad, búsqueda de riesgo, impulsividad relativa, necesidad de movimiento y formas de aprendizaje menos compatibles con largas jornadas sedentarias. Existe un rechazo negacionista hacia la masculinidad esperable, normal y sana.

Durante miles de años estas características fueron consideradas normales. Hoy, con frecuencia creciente, son interpretadas como síntomas.
Un niño incapaz de permanecer inmóvil durante horas frente a un escritorio es visto cada vez menos como un niño y cada vez más como un problema administrativo y de salud mental. Casi que destinado a ser prescripto con Metilfenidato o Risperidona.
El aula moderna exige concentración prolongada, regulación emocional constante, habilidades verbales desarrolladas y obediencia sostenida. Muchas niñas se adaptan naturalmente mejor a estas exigencias. Muchos niños no. La respuesta institucional rara vez consiste en preguntarse si el sistema educativo está diseñado de manera adecuada para ambos sexos. La respuesta suele ser corregir al varón.

La consecuencia es visible en los datos. Los niños reciben diagnósticos de TDAH con mucha mayor frecuencia, son suspendidos más veces, son expulsados más veces y presentan mayores tasas de fracaso escolar. En numerosos países occidentales existe además una brecha creciente en lectura, donde las niñas superan consistentemente a los niños.
La situación se vuelve todavía más preocupante cuando abandonamos las aulas y observamos la salud mental.
Durante años, la conversación pública sobre bienestar psicológico estuvo dominada por la preocupación por las mujeres jóvenes. Sin embargo, cuando examinamos los suicidios consumados aparece otra realidad. En la mayoría de los países occidentales, alrededor del 70 al 80 por ciento de los suicidios corresponden a hombres. Entre adolescentes y adultos jóvenes, las cifras resultan especialmente alarmantes.

Warren Farrell sostiene que estos datos no pueden comprenderse únicamente desde la economía o la psicopatología individual. Según su análisis, existe una combinación de factores que incluye ausencia paterna, pérdida de propósito, debilitamiento de los rituales de transición hacia la adultez y una creciente desconexión entre las necesidades psicológicas masculinas y las instituciones encargadas de socializar a los niños.
La ausencia paterna ocupa un lugar central en esta explicación. Durante décadas se insistió en que las diferencias entre madres y padres eran mínimas o irrelevantes. Sin embargo, una enorme cantidad de investigaciones posteriores comenzó a mostrar que los padres aportan funciones específicas al desarrollo infantil. Los niños que crecen sin una figura paterna estable presentan mayores riesgos de fracaso escolar, delincuencia, consumo de drogas, abandono educativo y problemas conductuales.

La paradoja vuelve a aparecer. Mientras se multiplican las campañas para promover todo tipo de diversidad, una de las diversidades más importantes para el desarrollo infantil —la presencia simultánea de modelos masculinos y femeninos significativos— suele recibir una atención sorprendentemente escasa.
La ideología woke añadió una capa adicional al problema.
Al interpretar la realidad exclusivamente a través de relaciones de poder entre grupos, terminó produciendo una curiosa inversión moral. El sufrimiento dejó de evaluarse según su magnitud y comenzó a evaluarse según la identidad de quien lo experimenta. Algunas formas de sufrimiento adquirieron centralidad simbólica. Otras quedaron relegadas a la periferia de la conversación pública.
El niño que fracasa en la escuela no encaja fácilmente dentro de una narrativa construida alrededor del privilegio masculino. El adolescente que se suicida tampoco. El joven que abandona los estudios, desarrolla una adicción o pasa años aislado frente a una pantalla tampoco. Su existencia introduce una disonancia incómoda. Obliga a reconocer que los seres humanos no sufren en bloques ideológicos.
Las mismas instituciones que proclaman defender a los vulnerables parecen haber desarrollado una extraordinaria dificultad para reconocer la vulnerabilidad masculina.

No porque los datos sean inexistentes; no porque las estadísticas sean ambiguas; no porque los problemas sean menores. Sino porque admitir la existencia de una crisis masculina obliga a revisar algunos de los dogmas más queridos de nuestra época.
Obliga a reconocer que las diferencias entre hombres y mujeres no pueden reducirse exclusivamente a construcciones sociales.
Hay que aceptar que los niños varones tienen necesidades específicas. Obliga a reconocer que la masculinidad normal no es una enfermedad. Y obliga, sobre todo, a admitir que una sociedad puede preocuparse tanto por corregir los privilegios imaginarios de algunos niños que termina ignorando los problemas reales de millones de ellos.
Las civilizaciones no siempre destruyen a sus hijos mediante la violencia. A veces lo hacen mediante algo mucho más sofisticado: la indiferencia intelectual. Y pocas formas de indiferencia resultan más peligrosas que aquella que se disfraza de virtud moral.