Notas sobre la Democracia: la diosa que fracasó 🤔
Si mañana propusiéramos construir un puente sometiendo los planos a votación popular, nos tomarían por locos. Si sugiriéramos elegir por mayoría el diseño de una central nuclear o el protocolo para una cirugía cardíaca, probablemente acabaríamos internados antes de terminar la frase. Hay ámbitos donde nadie cree seriamente que la suma de millones de opiniones produzca conocimiento. Sin embargo, ocurre algo extraordinario cuando hablamos de política. De pronto, el milagro sucede. La ignorancia agregada se transforma en "voluntad popular", y esa voluntad (como diría Borges: un abuso de las estadísticas), adquiere una autoridad sagrada para decidir el destino de naciones enteras, declarar guerras, emitir moneda, endeudar generaciones futuras o redefinir las bases mismas de una civilización.

No deja de ser una curiosa alquimia intelectual. Para diseñar un puente exigimos ingenieros. Para pilotar un avión exigimos miles de horas de vuelo. Para dirigir un hospital exigimos médicos especializados. Pero para decidir quién administrará un Estado de millones de habitantes parece bastar con haber cumplido dieciocho años y encontrar correctamente el cuarto oscuro, yendo inspirados a votar con canciones de música popular en mente, o como mucho un librito de Galeano bajo el brazo.
Lo más llamativo es que criticar esta lógica se ha convertido en un pecado moral y civil. Vivimos en una época donde es perfectamente aceptable cuestionar la familia, la religión, la ciencia, la masculinidad, Occidente, el capitalismo, el lenguaje, la biología o incluso la propia existencia de la realidad objetiva. Todo puede deconstruirse. Todo... salvo la democracia. Allí termina repentinamente el espíritu crítico y comienza la liturgia del tótem.

La democracia ha dejado de ser un sistema político para convertirse en una religión secular y altar de adoración. Ya no se la discute; se la confiesa en un cuarto secreto. Sus elecciones funcionan como sacramentos, sus instituciones como templos, los constitucionalistas como sacerdotes y los periodistas como una especie de clero encargado de distinguir a los fieles de los herejes. El peor pecado ya no es equivocarse. Es insinuar que quizá el procedimiento colectivista deja mucho que desear.
Lo divertido es que el primer gran hereje fue nada menos que Sócrates en la antigua Grecia.

Sí, el mismo Sócrates que nuestras universidades presentan como el padre del pensamiento crítico. El hombre que dedicó su vida a demostrar que la mayoría suele opinar con mucha más seguridad que conocimiento genuino terminó condenado a muerte precisamente por la democracia ateniense. La primera gran víctima de la libertad democrática fue, irónicamente, el filósofo que insistía en hacer preguntas incómodas.
Imagino la escena trasladada al presente. Sócrates abre una cuenta en X y publica una sencilla reflexión: "¿Debería el gobierno de una ciudad depender únicamente del número de manos levantadas?". No harían falta cuarenta y ocho horas. Lo acusarían de autoritario, elitista, enemigo del pueblo, reaccionario y, por supuesto, “facho”. La cicuta ya no viene en copa. Ahora llega en forma de algoritmo.
Y, sin embargo, la pregunta sigue ahí, intacta desde hace dos mil cuatrocientos años.

¿Por qué asumimos que la competencia técnica es indispensable para construir un puente, pero prescindible para elegir a quienes administrarán la economía, la justicia, la política exterior o el monopolio legítimo de la fuerza? ¿Qué extraña propiedad posee una urna para convertir millones de opiniones desinformadas en una decisión moral superior?
Estas preguntas nunca desaparecieron. Simplemente dejaron de hacerse en voz alta, pues implican una muerte civil o el destierro, como le propusieron a Sócrates.
Hans-Hermann Hoppe volvió sobre ellas desde la economía institucional. Su argumento no depende de que los políticos sean buenos o malos; depende de los incentivos. Un gobernante democrático sabe que administra un poder prestado durante un tiempo limitado. ¿Qué incentivo tiene para pensar a cincuenta años cuando apenas necesita sobrevivir hasta la próxima elección? El problema no sería moral, sino estructural: un inquilino rara vez cuida una casa como lo haría su propietario. Es por eso que la monarquía o el principado son superiores a la democracia… ¿Dónde las cosas funcionan mejor, en Argentina o en Liechtenstein; en Uruguay o en Canadá? (Sí: Canadá es una monarquía).

Desde otro lugar, los pensadores postliberales también comenzaron a perforar el consenso. Patrick Deneen sostiene que el liberalismo termina destruyendo las condiciones culturales que necesita para sobrevivir.
Ninguna institución merece inmunidad intelectual. Cuando una sociedad permite cuestionarlo todo excepto el mecanismo mediante el cual distribuye el poder, quizá haya dejado de producir ciudadanos para empezar a producir creyentes.
Y las religiones, incluso las que se proclaman laicas, siempre terminan necesitando herejes.
Que así sea. 🐸