La segunda religiosidad y el último hombre: mindfulness, constelaciones y pan de masa madre 🍞

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La segunda religiosidad y el último hombre: mindfulness, constelaciones y pan de masa madre 🍞

Occidente ha dejado de creer en Dios. Después empezó a pagar por cursos de mindfulness.

La secuencia parece absurda. Durante siglos, el hombre occidental combatió las viejas supersticiones, expulsó a Dios de las instituciones, sometió los textos sagrados a la crítica histórica, convirtió los milagros en metáforas y las cosmogonías en curiosidades antropológicas. Finalmente llegó al siglo XXI y, una vez liberado de toda aquella “basura metafísica”, descubrió que tenía ansiedad y depresión, y que la religiosidad no era tan mala.

Entonces comenzó a respirar a lo Buda. Respiró siguiendo instrucciones de una aplicación bajada del App Store. Meditó bajo la supervisión de una voz grabada. Hizo yoga. Consultó su carta astral. Descubrió traumas transgeneracionales. Sanó a su niño interior. Aprendió que quizá no estaba deprimido sino desconectado de su energía. Y, para terminar de tranquilizarse, añadió la palabra cuántico a alguna parte del proceso.

El hombre que se había emancipado de la religión comenzó a comprarla online por fragmentos. Naturalmente, ya no la llamó religión. La llamó bienestar. O espiritualidad. O autoconocimiento. O salud mental. O crecimiento personal.

Pero la pregunta permanece: ¿qué demonios ocurrió?

Porque el secularismo prometía algo bastante distinto. La historia, según la vieja narrativa del progreso, debía llevarnos desde el mito hacia la razón. Los seres humanos dejarían atrás las explicaciones sobrenaturales y aprenderían a habitar un mundo materialmente desencantado. La ciencia explicaría aquello que antes pertenecía a Dios. La psicología explicaría aquello que antes pertenecía al alma. Y el hombre moderno, finalmente adulto, caminaría sobre la Tierra sin necesidad de arrodillarse ante nada invisible. Y sin embargo… no ocurrió exactamente así.

El hombre dejó de arrodillarse ante Dios. Después comenzó a arrodillarse ante sí mismo. Y ésa quizá sea una de las imágenes más extrañas de nuestra época.

El diagnóstico de Spengler

Para entender por qué esto habría interesado a Oswald Spengler hay que hacer una precisión. Cuando Spengler habla de la decadencia de Occidente no está diciendo, como suele suponerse, que todo se vaya a derrumbar mañana. No está haciendo una predicción meteorológica sobre el colapso de la civilización.

Para Spengler, las grandes Culturas no son etapas de una humanidad que avanza linealmente hacia un futuro cada vez mejor. Son “organismos históricos”. Nacen. Crecen. Alcanzan una plenitud creadora. Envejecen. Y finalmente se convierten en Civilizaciones.

Lectura recomendada

Una Cultura produce formas. Una Civilización administra las formas que ha heredado. Una Cultura crea una religión. Una Civilización puede conservar sus edificios religiosos mientras pierde la fe que los construyó. Una Cultura produce una imagen del mundo. Una Civilización produce expertos que discuten sobre los mecanismos de esa imagen.

Una Cultura crea. Una Civilización organiza técnicamente. Esto no significa que la Civilización sea pobre o impotente. Puede ser extraordinariamente rica. Puede conquistar continentes, construir megaciudades, desarrollar tecnologías inimaginables y extender su poder hasta el último rincón del planeta. Spengler nunca confundió potencia con juventud.

Una civilización puede estar en la cima de su poder material y, al mismo tiempo, haber entrado en su vejez histórica.

Puede saber cómo hacer casi cualquier cosa y haber perdido la capacidad de responder para qué hacerla. Y cuando una civilización comienza a perder esa respuesta, ocurre algo inevitable: el vacío empieza a llenarse. No necesariamente con Dios. Con algo.

La “segunda religiosidad”

Aquí aparece uno de los conceptos más interesantes de Spengler: la Segunda Religiosidad.

Después de un largo período de racionalismo, escepticismo y materialismo, la religión puede regresar. Pero no vuelve necesariamente como la fuerza joven que había dado nacimiento a la Cultura. No crea una nueva catedral interior. No produce una nueva metafísica. No funda un nuevo mundo. Vuelve cuando el racionalismo ha empezado a descubrir sus propios límites. Porque el racionalismo puede destruir respuestas, pero tiene dificultades para destruir preguntas. Puede explicar el origen del universo y dejar intacta la experiencia del vacío. Puede describir los mecanismos neuronales de la emoción y no explicar qué hacer con el sufrimiento. Puede desmontar una religión y dejar al individuo frente al cadáver de la pregunta que esa religión había intentado responder.

Entonces el hombre vuelve a buscar. Pero busca de otra manera. Ya no quiere dogmas.

Quiere experiencias. No quiere sacerdotes. Quiere terapeutas. No quiere una comunidad. Quiere un retiro de fin de semana haciendo mindfulness. No quiere salvación. Quiere bienestar. No quiere una disciplina espiritual que reorganice su vida. Quiere diez minutos de meditación antes de dormir. Y, si es posible, que todo esté validado por un estudio de Harvard.

La religión desmontada

Ésta es quizá la peculiaridad de nuestra Segunda Religiosidad: Occidente no recupera religiones enteras. Recupera piezas. Toma una técnica de una tradición espiritual. La separa de la cosmología que la produjo y elimina sus presupuestos metafísicos. Descarta sus obligaciones y la traduce al lenguaje “psicológico”. La somete al método científico, la convierte en una herramienta. Y después la vende. Muchos han hecho grandes dosis de dinero con esto, desde Jon Kabat-Zinn a Steven Hayes. El mindfulness es el ejemplo más perfecto. No porque sea falso. Ése no es el argumento. La meditación puede producir efectos reales y estudiables. Precisamente por eso el fenómeno es una segunda religiosidad.

Occidente necesita traducir aquello que antes pertenecía a lo sagrado en una tecnología de bienestar antes de poder aceptarlo.

Una técnica espiritual que antes podía estar integrada en una concepción del sufrimiento y la liberación termina convertida en una forma de reducir el estrés dentro de un dispositivo terapéutico. El mundo no tiene que cambiar: tú tienes que aprender a respirar dentro de él con consciencia plena. El problema no está tanto en la realidad sino en cómo tú la interpretas, diría algún terapeuta discípulo de Aaron Beck y de Epicteto.

Hay empresas que producen condiciones de trabajo que aumentan el estrés y, al mismo tiempo, ofrecen mindfulness para ayudar a sus empleados a gestionarlo. La contradicción sería escandalosa si no fuera tan perfecta. Una civilización que ha perdido la capacidad de modificar sus propias estructuras enseña al individuo a modificar su respiración.

Y entonces apareció el último hombre. Aquí Nietzsche se vuelve indispensable.

La figura del último hombre no es simplemente la del hombre débil. Ésa es una simplificación demasiado fácil. El último hombre es el hombre que ya no desea nada que pueda poner realmente en peligro su tranquilidad.

No quiere alturas. Porque se puede caer. No quiere grandes pasiones. Porque hacen sufrir. No quiere grandes proyectos. Porque pueden fracasar. No quiere jerarquías. Porque algunas hieren. No quiere tragedia. Porque la tragedia no es saludable.

Quiere una vida suficientemente cómoda, suficientemente larga y segura. Welfare State. Estado de Bienestar: la era de los derechos sin obligaciones.

El último hombre no dice: Quiero llegar a lo grande.”

Dice:

“Quiero estar bien y que no me jodan.”

Y ésta es una diferencia enorme. Porque una civilización puede convertir la eliminación del sufrimiento en uno de sus grandes objetivos sin advertir que, al hacerlo, también está construyendo una determinada imagen del hombre.

El hombre de Nietzsche no es necesariamente un hedonista. Es algo más “moderno”.

Es un administrador de sí mismo. Cuenta sus pasos. Regula sus emociones. Mide su sueño. Optimiza su dieta. Reduce su estrés. Trabaja en sus límites. Hace terapia. Se autocuida. Y después medita. No para salvar su alma (nada entiende del alma). Simplemente para dormir mejor, con más melatonina.

El último hombre no ha dejado de necesitar religión. Ha dejado de tolerar una religión que le exija demasiado.

No quiere un Dios que juzgue. Quiere una espiritualidad que acompañe. Un “aura”.

 No quiere una doctrina que le diga cómo se recomienda vivir. Quiere un sistema que confirme que sus problemas proceden de heridas que puede sanar y que esto justifique su ego.

No quiere redención. Quiere regulación emocional con alguna terapia contextual. No quiere sacrificarse por algo que lo trascienda. Quiere aprender a estar mejor consigo mismo y que el mundo explote.

Y por eso la Segunda Religiosidad contemporánea no necesita regresar necesariamente a las iglesias. Puede aparecer en la psicología convertida en metafísica. En la terapia convertida en cosmovisión. En el esoterismo convertido en autoconocimiento. Y en la astrología convertida en identidad.

En una mezcla improbable de neurociencia, budismo, física cuántica y frases motivacionales sobre el universo.

Occidente no ha encontrado una nueva religión. Ha encontrado un supermercado.

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