La paradoja bielorrusa: 🇧🇾 cuando la democracia deja de ser una respuesta 🗳️

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La paradoja bielorrusa: 🇧🇾 cuando la democracia deja de ser una respuesta 🗳️

Es probable que muchos bielorrusos sueñen con aquello que nosotros damos por descontado: vivir en una democracia. Poder elegir a sus gobernantes. Cambiar al presidente mediante el voto. Criticar al poder sin temor. Escuchar que el pueblo es soberano y que las urnas representan la máxima expresión de la libertad política.

Y quizás tengan razones para desearlo (aunque no crean que se trata de todo el pueblo). Pero existe otra paradoja mucho menos comentada.

Minidocumental sobre Bielorrusia 🇧🇾

Quienes hemos pasado toda nuestra vida dentro de una democracia “plena” comenzamos a preguntarnos si ese tesoro del que tanto se habla realmente vale lo que promete. Porque una cosa es la democracia como teoría. Otra muy distinta es la democracia como experiencia cotidiana.

La teoría habla de ciudadanos racionales, gobiernos responsables, instituciones sólidas y una competencia política que selecciona a los mejores. La práctica, al menos en buena parte de Occidente, parece contar una historia bastante diferente, por no decir opuesta.

Vivimos bajo gobiernos que cambian cada cuatro o cinco años, pero los problemas permanecen durante décadas, y cada vez escalan más alto. Votamos una y otra vez, y el Estado nunca deja de crecer y de endeudarnos. Elegimos nuevos administradores, pero la burocracia continúa multiplicándose como si tuviera vida propia.

naturalmente, no es Montevideo...

Escuchamos discursos sobre libertad mientras aumenta la regulación, los impuestos, la deuda pública y la dependencia del ciudadano respecto del aparato estatal. También la intromisión del Estado en la vida sexual de tus hijos, querido lector. Ya no eres padre o madre, ahora eres “adulto referente”. ¿Se va entendiendo el punto…? 

Se nos repite que somos dueños de nuestro destino político, aunque cada elección parece reducirse a decidir quién administrará una maquinaria que ningún partido parece dispuesto a desmontar, con políticos cada vez de peor calidad intelectual, ética y moral.

naturalmente, no son deportistas uruguayas...

Uruguay constituye un ejemplo fascinante de esa contradicción.

Los índices internacionales nos califican como una de las democracias más plenas del planeta. Somos exhibidos como un modelo institucional para América Latina. Nos felicitan por la estabilidad electoral, por la independencia de poderes y por la fortaleza de nuestras instituciones.

Sin embargo, basta abandonar los informes internacionales y caminar por Montevideo; mandar a los chicos a la escuela o fijarse en el costo de vida.

La ciudad que alguna vez fue conocida como la "Atenas del Plata" convive hoy con basura acumulada durante días o semanas, espacios públicos deteriorados cooptados por drogadictos, edificios abandonados, infraestructura envejecida y un número creciente de personas viviendo en la calle. La situación de calle ha aumentado de forma sostenida y dejó de ser una excepción para transformarse en un componente habitual del paisaje urbano.

no es una urbe uruguaya

La educación tampoco escapa a la paradoja. El país destina miles de millones de pesos al sistema educativo y mantiene un gasto público muy importante en el sector, pero los resultados de las pruebas PISA llevan años reflejando dificultades persistentes en comprensión lectora, matemática y ciencias. Se invierte mucho. Se obtiene poco. Solo un 30% de adolescentes culminan bachillerato. 

Mientras tanto, el Estado continúa expandiéndose. La deuda pública permanece en niveles elevados respecto del PIB (66%), la presión tributaria figura entre las mayores de la región y el gasto estatal parece obedecer a una ley biológica: jamás disminuye; únicamente cambia de forma.

No es Montevideo

La democracia, curiosamente, parece extraordinariamente eficiente para producir ministerios, agencias, direcciones, observatorios, institutos y comisiones. Mucho menos eficiente para resolver los problemas cuya existencia justificó su creación. También florecen los “colectivos inclusivos” por doquier. 

Y entonces aparece Bielorrusia. País que casi ningún uruguayo sabría señalar en el mapa. 

Para la prensa occidental la historia está resuelta antes de comenzar. Aleksandr Lukashenko es "el último dictador de Europa". Punto final. Sin embargo, el problema de las etiquetas es que suelen impedir observar la realidad.

Porque el visitante que llega a Minsk esperando encontrar una caricatura gris del viejo bloque soviético descubre algo bastante diferente. Descubre una ciudad sorprendentemente limpia. Un metro impecable. Avenidas amplias y cuidadas. Parques perfectamente mantenidos. Calles donde el deterioro urbano no existe.

Espacios públicos que parecen pertenecer a una sociedad donde todavía existe la idea de que lo común merece ser conservado. Posiblemente en este momento Minsk sea una mejor capital que la mayoría de Europa Occidental, arrasadas por migrantes ilegales. 

Biblioteca Nacional de Bielorrusia 🇧🇾

Descubre también un país cuya alfabetización es universal, con una sólida tradición científica, matemática e ingenieril heredada de la Unión Soviética. Un país que apostó durante años al desarrollo tecnológico mediante el Parque de Alta Tecnología de Minsk, convirtiéndose en uno de los polos informáticos más importantes de Europa oriental y dando origen a empresas cuyos productos utilizan millones de personas en todo el mundo, desde químicos hasta tractores o software.

Fuera de la capital aparece otra Bielorrusia. Bosques interminables. Lagos. Pequeñas aldeas cuidadas. Carreteras en excelente estado. Calles seguras de noche.

No es el pantanoso uruguayo...

Una vida rural tranquila que parece transcurrir a un ritmo que Europa occidental olvidó hace tiempo, repleta de campesinas de familia que cultivan fresas. En toda Bielorrusia, prácticamente no hay gente atea: todo se divide entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica. 

Naturalmente, no hay colectivos LGBT ni “infancias trans”. Curiosamente, sólo el 0.05% de la población uruguaya es trans, y alrededor del 4% gay o lesbiana… pero solemos medir la “calidad” de nuestra democracia en función de eso. 

En Bielorrusia no faltan los teatros, los museos, las bibliotecas con edificios futuristas ni una cultura técnica que continúa formando ingenieros, programadores y científicos en proporciones notables para un país de menos de diez millones de habitantes.

¿Significa todo esto que Bielorrusia constituye un modelo político? No necesariamente. El problema es que los modelos son teorías.

Sería tan ingenuo afirmarlo como creer que una elección cada cinco años convierte automáticamente a un país en una sociedad bien gobernada.

Bielorrusia presenta restricciones al pluralismo político, fuertes críticas internacionales sobre derechos civiles y un sistema donde el poder se concentra de manera extraordinaria.

Pero precisamente ahí nace la paradoja.

Si una dictadura puede producir orden urbano, infraestructura moderna, baja criminalidad, paz social, desarrollo tecnológico y una administración eficiente en numerosos aspectos...

¿Y si una democracia puede producir burocracias hipertrofiadas, ciudades degradadas, endeudamiento creciente y problemas estructurales que sobreviven elección tras elección...

...tal vez el verdadero debate nunca fue democracia contra dictadura.

Tal vez la pregunta realmente incómoda sea otra. ¿Hasta qué punto confundimos el procedimiento con el resultado…?

Porque la democracia ha sido elevada a la categoría de dogma moral. Criticarla equivale, para muchos, a cometer una blasfemia política.

Sin embargo, Platón desconfiaba de ella hace veinticuatro siglos. Aristóteles advertía sobre sus desviaciones. Michels demostró que toda organización termina gobernada por una élite. Pareto sostuvo que las élites simplemente se reemplazan unas a otras. Schumpeter redujo la democracia a un mecanismo competitivo para seleccionar gobernantes. Jason Brennan llegó a preguntarse si el sufragio universal produce necesariamente decisiones inteligentes.

Quizá todos ellos estaban formulando la misma advertencia. Una sociedad no vive de procedimientos. Vive de resultados.

Y la historia suele ser despiadada con los sistemas políticos que terminan enamorándose más de su propia legitimidad que de la vida cotidiana de quienes dicen representar.

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