¿Es realmente Estados Unidos la tierra de la libertad?: The Land of the Free 🇺🇸

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¿Es realmente Estados Unidos la tierra de la libertad?: The Land of the Free 🇺🇸

Que nadie se confunda, este no es otro artículo “anti yankee” de los que tanto seducen a nuestros orcos progresistas. Hemos crecido escuchando la música de Guns n’ Roses, viendo las películas de Karate Kid y bebiendo Coca Cola. Además, ya en su joven adultez, Rurik el Varego investigaba como hobby la historia del comunismo y de la Unión Soviética, como asimismo a sus golpistas infiltrados en las zonas calientes de Sudamérica durante la Guerra Fría. En este blog no se lloran comunistas caídos en combate. Perdónalos Padre, a pesar de que ellos saben muy bien lo que hacen…

No obstante, se puede rechazar un polo, pero se puede tener una visión reflexiva sobre el otro. Hoy estamos bajo una nueva bipolaridad geopolítica entre la zona de influencia de USA y la de China; una Guerra Fría 2.0. 

Todos sabemos que Estados Unidos es un paraíso para emprender (además de la fantasía sexualmente húmeda de los liberales), hacer negocios, levantar una empresa desde un garaje, conseguir capital para una idea extravagante y, si las estrellas se alinean y uno posee la mezcla adecuada de talento, ambición, contactos y una tolerable ausencia de escrúpulos, terminar bastante más rico de lo que estaba al comenzar. La maquinaria estadounidense para convertir una iniciativa individual en dinero es extraordinaria, y sería intelectualmente bastante mezquino negarlo. Wall Street, Silicon Valley, sus Universidades, los fondos de inversión, la escala de su mercado interno y esa curiosa mezcla de optimismo, competitividad y culto al individuo que atraviesa buena parte de la cultura norteamericana continúan haciendo de Estados Unidos uno de los lugares más formidables del planeta para intentar progresar.

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Y luego está el dólar, ese cadáver imperial que lleva décadas siendo enterrado por los profetas de turno y que, para desgracia de sus funerarios, continúa siendo la principal moneda de reserva internacional. Cada pocos años aparece alguien anunciando que ahora sí, definitivamente, China va a destronarlo; mientras tanto, el resto del planeta sigue comprando bonos del Tesoro estadounidense, comerciando en dólares y refugiándose en activos denominados en dólares cuando las cosas se ponen feas. China puede ser la fábrica del mundo, pero todavía no ha conseguido que el mundo guarde sus ahorros en yuanes.

Todo esto demuestra el poder económico y militar estadounidense, pero bastante menos sobre su libertad. Ser libre no consiste simplemente en poder ganar dólares, del mismo modo que disponer de una cuenta bancaria abultada no convierte automáticamente a un individuo en ciudadano libre. La libertad tiene que ver también con poder hablar, votar, asociarse, desplazarse, elegir dónde vivir, elegir con quién casarse y, sobre todo, vivir bajo un orden jurídico que reconozca que el Estado no es dueño de nuestra existencia.

De modo que quizá convenga formular una pregunta bastante menos cómoda que la publicidad patriótica: ¿libres quiénes?

Porque cuando las Trece Colonias se independizaron y comenzó a consolidarse aquella nueva república, la palabra “libertad” ya poseía una extraordinaria potencia política, pero todavía no estaba claro quién tenía derecho a poseerla. Y esta distinción es fundamental: en una república liberal, la libertad no es solamente un conjunto de derechos abstractos flotando sobre la sociedad; necesita un sujeto jurídico que pueda ejercerlos.

La Declaración de Independencia de 1776 proclamaba que “todos los hombres” habían sido creados iguales y poseían derechos inalienables. El problema es que mientras Jefferson escribía aquellas palabras existían seres humanos negros que podían ser comprados, vendidos, heredados y separados de sus hijos como cualquier otra propiedad, incluyendo en su propio latifundio, o fornicando a su propia esclava sexual negra con quien tuvo al menos un hijo. No eran ciudadanos privados de algunos derechos: bajo el régimen esclavista ni siquiera eran personas. La diferencia es enorme. Una sociedad puede restringir la libertad de un ciudadano; la esclavitud hacía algo todavía más radical: convertía a una persona en propiedad de otra.

La Constitución de 1787 tampoco resolvió el problema. No abolió la esclavitud y estableció compromisos destinados a preservar el equilibrio con los estados esclavistas, incluyendo la cláusula de los tres quintos y la disposición relativa a los esclavos fugitivos. Los fundadores tuvieron incluso la delicadeza de evitar la palabra “esclavitud” en el texto constitucional, una solución retórica bastante elegante para una institución que seguía existiendo exactamente igual aunque no fuera mencionada.

Estados Unidos nació, así, con una teoría universal de los derechos y una definición mucho más restringida del sujeto que podía ejercerlos. El famoso all men tenía una elasticidad bastante menor cuando llegaba la hora de determinar quién podía votar, ocupar cargos públicos, poseer determinados derechos o ser reconocido plenamente como miembro de la nación. “We the people”, entonces, no era otra cosa que el hombre blanco y específicamente anglosajón, tradicionalmente protestante.

Presidente Andrew Jackson

Andrew Jackson fue el gran campeón político del hombre común frente a las élites y contribuyó decisivamente a ampliar la participación política de los hombres blancos. Pero aquel “hombre común” seguía siendo una categoría cuidadosamente delimitada: Jackson era esclavista y su presidencia estuvo estrechamente asociada con la expulsión de pueblos indígenas de sus territorios. La democracia se democratizaba, sí, pero fundamentalmente entre quienes ya habían sido admitidos como gente apta.

Durante mucho tiempo, por tanto, la expansión de la libertad política estadounidense consistió menos en universalizar la ciudadanía que en ampliar los derechos dentro de una ciudadanía racialmente restringida.

Y ni siquiera la categoría “hombre blanco” era tan sencilla como hoy parece. Los irlandeses católicos fueron objeto durante décadas de una intensa hostilidad que los presentaba como atrasados, plantadores de papas, peligrosos e incompatibles con el ideal protestante anglosajón. Los Know-Nothings llegaron a convertir aquel sentimiento en movimiento político. Después llegaron los italianos, los polacos, los judíos y otros europeos que tampoco entraron inmediatamente en el club de la respetabilidad estadounidense. Los inmigrantes del sur de Europa fueron objeto de teorías pseudocientíficas que los situaban por debajo de los anglosajones y los europeos del norte. Dentro de la categoría “White man”, eran hombrecitos con una piel un grado más oscuro.

Lo interesante es lo que ocurrió después: muchos de aquellos grupos terminaron incorporándose a la categoría social de “blanco” y, con ello, al núcleo de la ciudadanía estadounidense. La frontera racial no desapareció; se desplazó. El irlandés dejó de ser demasiado católico, el italiano dejó de ser demasiado mediterráneo y el judío europeo dejó de ser suficientemente extranjero para que sus descendientes pudieran convertirse, con el tiempo, en miembros perfectamente convencionales del establishment estadounidense. J.F. Kennedy fue descendiente de irlandeses católicos. 

Los negros tuvieron que esperar bastante más…

La Guerra Civil terminó finalmente con la esclavitud y la 13.ª Enmienda de 1865 la abolió constitucionalmente. La 14.ª Enmienda dio un paso todavía más importante para nuestro problema: estableció la ciudadanía estadounidense por nacimiento y la igualdad ante la ley, mientras que la 15.ª prohibió negar el derecho al voto por motivos de raza, color o condición previa de servidumbre. Pero, aun así las cosas discrepaban en la vida práctica…

Después de la Reconstrucción apareció el sistema conocido como Jim Crow, un entramado de leyes y prácticas que segregó a negros y blancos en escuelas, transportes, restaurantes, hoteles, hospitales y prácticamente todos los ámbitos de la vida pública. Para impedir que los negros ejercieran el sufragio se utilizaron impuestos electorales, pruebas de alfabetización y otros mecanismos que permitían conservar una apariencia de legalidad mientras se vaciaba de contenido la ciudadanía recién adquirida.

Eso es lo que hace particularmente importante a Jim Crow para esta discusión. No se trataba simplemente de que los blancos fueran desagradables con los negros, ni de una colección de prejuicios privados, sino de una estructura que podía reconocer formalmente a una persona como ciudadana y, al mismo tiempo, dificultar sistemáticamente que ejerciera los derechos asociados a esa ciudadanía.

En 1896, Plessy v. Ferguson consagró la doctrina de separate but equal, esa pequeña maravilla de ingeniería semántica mediante la cual era posible declarar constitucionalmente iguales a dos poblaciones mientras se las mantenía separadas y, en la práctica, radicalmente desiguales. Y cuando la legislación no bastaba, aparecía la violencia: el Ku Klux Klan y otras organizaciones supremacistas recurrieron a linchamientos, intimidación y terrorismo político.

KKK

La situación comenzó a cambiar con el movimiento por los derechos civiles. Brown v. Board of Education en 1954 declaró inconstitucional la segregación escolar, y durante la década siguiente el Civil Rights Act y el Voting Rights Act demolieron buena parte del edificio jurídico de Jim Crow.

La cuestión era hacer coincidir ciudadanía y libertad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos había demostrado nuevamente que incluso esa ciudadanía podía volverse frágil. Después de Pearl Harbor, más de 120.000 personas de ascendencia japonesa, incluidos ciudadanos estadounidenses, fueron internadas en centros de confinamiento, es decir, campos de concentración en la zona Oeste. ¡Pero cómo! ¿Campos de concentración en la tierra de los libres…? Sí. Hoy en China también los hay, por ejemplo, para los Uygures. Le dejamos a los liberales que resuelvan filosóficamente estas paradojas de la historia. Por no hablar de más de 100 años de tradición y prácticas racistas, a pesar de que mucho se habla de 13 años de gobierno nacionalsocialista en Alemania. 

El historiador Howard Zinn utilizaría posteriormente este episodio como uno de los ejemplos centrales de su crítica de la narrativa heroica estadounidense, y resulta fácil comprender por qué: mientras Washington presentaba la guerra como una lucha de la civilización democrática contra el fascismo, ciudadanos estadounidenses eran encerrados por su ascendencia.

El episodio revela una verdad incómoda: la ciudadanía jurídica puede ser formalmente universal y, sin embargo, quedar subordinada a una definición política de quién merece confianza, protección o pertenencia.

Pero tampoco hace falta convertir a Zinn en profeta absoluto. El internamiento demuestra algo más interesante que la mera hipocresía: que una democracia liberal puede producir instituciones antiliberales sin que por ello todos sus principios liberales sean una farsa. La Constitución que había convivido con la segregación terminaría siendo utilizada contra ella; el mismo sistema político capaz de cometer esas aberraciones produjo después las herramientas con las que fueron desmanteladas.

Y Estados Unidos volvió a contradecirse cuando llegó el Estado de bienestar. El Welfare State. 

La caricatura habitual presenta al país como la patria absoluta del individualismo, el lugar donde el ciudadano se levanta a las cinco de la mañana, se prepara un café, funda una empresa y le explica al resto del planeta que nadie le debe nada. Detrás de esa retórica existe, sin embargo, una maquinaria estatal gigantesca.Con Lyndon B. Johnson y la Great Society, el Estado federal amplió considerablemente su intervención social mediante Medicare, Medicaid, programas alimentarios, educación, vivienda y otras políticas destinadas a combatir la pobreza, sobre todo de los negros.

Estados Unidos nunca llegó a ser un Estado de bienestar europeo, y en proporción al PIB varios países europeos gastan bastante más en protección social. Pero la escala absoluta del aparato estadounidense es difícil de ignorar: en 2025 el gobierno federal gastó aproximadamente 7 billones de dólares, cerca del 23 % del PIB, y Social Security y Medicare representaron más de la mitad del gasto obligatorio federal.

La discusión sobre si la Great Society fracasó tampoco admite una respuesta de pancarta. Redujo pobreza y transformó materialmente la vida de millones de personas, pero no eliminó la pobreza, las desigualdades raciales ni los problemas sociales de determinadas comunidades, mientras que el envejecimiento demográfico ha convertido el costo de las grandes prestaciones en uno de los principales problemas fiscales del país. Una vez que millones de ciudadanos organizan su vida alrededor de una prestación, retirarla deja de ser una cuestión contable y se convierte en una guerra política.

Mientras tanto, la antigua nación anglosajona se transformaba en una sociedad de inmigrantes procedentes de prácticamente todos los rincones del planeta. Italianos, irlandeses, judíos, polacos, chinos, japoneses, ucranianos, mexicanos, cubanos, puertorriqueños, coreanos, indios, vietnamitas y muchos otros fueron incorporándose a una sociedad que había pasado buena parte de su historia discutiendo quién era suficientemente estadounidense. Sin embargo, como dijo John Kreeze, “desde México hacia abajo es todo lo mismo” …

El resultado fue una de las transformaciones demográficas más extraordinarias del mundo moderno: grupos que habían sido considerados extranjeros, inferiores o directamente sospechosos terminaron incorporándose al núcleo de la identidad estadounidense. El italiano que a comienzos del siglo XX podía ser presentado como racialmente inferior terminó convertido en el protagonista de películas de mafiosos y restaurantes familiares, es decir, completamente normalizado dentro del imaginario americano; algo parecido ocurrió con los irlandeses y otros grupos europeos.

Pero la integración tampoco produjo igualdad económica automática. Persisten diferencias de ingreso y patrimonio entre grupos raciales y étnicos, y explicarlas exige bastante más que una consigna. La discriminación histórica importa, especialmente cuando se acumula durante generaciones, pero también intervienen educación, estructura familiar, inmigración selectiva, localización geográfica, ocupación, redes sociales y patrimonio heredado. Reducir toda diferencia estadística a racismo contemporáneo es intelectualmente perezoso; negar cualquier influencia de la historia racial lo es también.

Una familia que durante generaciones no pudo comprar determinadas propiedades no llega al siglo XXI exactamente desde el mismo punto que otra que sí pudo hacerlo. Pero de ahí tampoco se deduce que cada diferencia contemporánea tenga una causa única y perfectamente identificable. La historia deja residuos, aunque rara vez deja recibos con el desglose exacto.

Y finalmente está el Estados Unidos que salió de sus fronteras. El Godzilla geopolítico con su Complejo Militar Industrial. 

Después de 1945, Washington asumió el liderazgo del llamado “mundo libre” y convirtió la confrontación con la Unión Soviética en el eje de su política exterior. La amenaza soviética no era una invención: Moscú apoyó movimientos y gobiernos revolucionarios, Cuba se convirtió en aliado soviético y la expansión del comunismo en América Latina fue percibida por Estados Unidos como una amenaza estratégica en su propio hemisferio.

El problema es que, para defender el mundo libre, Washington no siempre tuvo inconvenientes en apoyar gobiernos que no eran precisamente libres. La lógica de la Guerra Fría era bastante menos romántica que los discursos presidenciales: si una dictadura anticomunista podía funcionar como barrera frente a la expansión soviética, podía convertirse en un aliado útil. No obstante, somos muy conscientes -algunos- de que la alternativa a las dictaduras hispanoamericanas era el estatismo soviético, el stalinismo y el Gulag. Como decíamos al comienzo, no lloramos aquí comunistas caídos en combate contra las fuerzas armadas. 

Y llegamos entonces a la pregunta inicial. ¿Era Estados Unidos la tierra de los libres?

La respuesta depende, naturalmente, de qué entendamos por libertad. Si hablamos de una tradición constitucional basada en derechos individuales, propiedad privada, libertad de expresión, pluralismo político y límites al poder estatal, Estados Unidos ocupa un lugar extraordinariamente importante en la historia moderna. Si hablamos de la experiencia concreta de todos sus habitantes desde 1776, la respuesta resulta bastante menos cómoda.

Durante generaciones hubo esclavos, indígenas exterminados, negros segregados, inmigrantes discriminados y ciudadanos japoneses confinados. La democracia se expandió antes de universalizarse, y la ciudadanía estadounidense tardó muchísimo en desprenderse de sus viejas fronteras raciales.

Por eso The Land of the Free funciona mejor como promesa que como descripción histórica.

Una promesa incumplida durante mucho tiempo, manipulada muchas veces, inflada por el cine y ampliada progresivamente después. Pero una promesa que terminó adquiriendo suficiente fuerza como para que quienes estaban fuera pudieran utilizarla contra quienes pretendían decidir quién merecía disfrutarla.

Y quizá ahí esté la paradoja que hace interesante a Estados Unidos: no fue una sociedad que primero alcanzó la libertad y después decidió compartirla; fue una sociedad que proclamó una idea de libertad antes de estar preparada para cumplirla y pasó buena parte de los siglos siguientes siendo perseguida por las consecuencias de sus propias palabras.

El problema, entonces, no es que Estados Unidos haya sido siempre fiel a su mito. Evidentemente no lo fue. El problema interesante es que el mito resultó demasiado poderoso para permanecer encerrado dentro de los límites sociales de quienes lo habían creado.

Y esa es probablemente una de las razones por las que The Land of the Free sigue siendo una frase incómodamente difícil de descartar. Porque quizá Estados Unidos no sea la tierra de los libres. Quizá sea algo bastante más extraño: la tierra de una promesa de libertad que nunca dejó de reclamarle al país que estuviera a su altura.

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