Mujer y hombre arrojados al mundo: etología básica para progres (parte 3) 🐒
Hubo un momento —un instante casi ridículo en la escala cósmica— en el que ciertos primates africanos, bípedos y bastante desnudos, comenzaron a mirar el mundo con una inquietud nueva. Durante millones de años sus ancestros habían vivido como viven los animales: comer cuando hay comida, copular cuando hay oportunidad, huir cuando aparece algo con dientes más grandes. La maquinaria era simple y brutalmente eficaz. Un carrusel de impulsos heredados que giraba sin demasiadas preguntas. La biología no pregunta. Pero algo ocurrió en esa criatura flaca que hoy llamamos Homo sapiens. Por capricho de la evolución —o, si se prefiere una lectura más poética, por una travesura de Dios— el cerebro de ese mono lampiño cruzó cierto umbral gigantesco. Y entonces apareció la consciencia.

Con ella llegó también una forma nueva de miseria.
Porque la consciencia no trajo respuestas; trajo preguntas. De pronto esos primates seguían obedeciendo a sus viejos programas biológicos —comer, follar, competir agresivamente, reproducirse— mientras algo dentro de sus cráneos empezaba a preguntarse qué demonios estaba pasando. Una criatura que aún era, en esencia, un animal empujado por instintos arcaicos, pero que ahora podía contemplar el cielo nocturno y sentir un escalofrío metafísico. La tragedia empezó allí: cuando el mono dejó de ser simplemente un organismo y se convirtió en un espectador perplejo de su propio mundo. No solo eso: además de aparecer la consciencia, aparece el pensamiento sobre el hecho de tener pensamientos, es decir, surge la metacognición. Poseer consciencia implica también poder reflexionar sobre el hecho de que somos conscientes, ineludiblemente. Doble tragedia.

Y entonces aparece la escena que describe el músico y poeta Varg Vikernes:
"El hombre de la Edad de Piedra era tan inteligente como nosotros hoy en día, pero no sabía prácticamente nada sobre el mundo en el que vivía. Todo lo que ocurría a su alrededor, incluso las cosas más triviales, le resultaba aterrador o, en el mejor de los casos, incomprensible. No sabía por qué salía el sol y brillaba en el cielo, por qué se ponía y desaparecía por la tarde, ni siquiera qué era el sol. No sabía por qué aparecían las nubes sobre él ni por qué empezaba a llover. No sabía por qué ni cómo las mujeres se quedaban embarazadas, ni por qué llegaba el invierno. No tenía ningún concepto del tiempo, de cuánto duraba una hora, un día, una semana, un mes o un año. Por eso no sabía cuánto tiempo estaría ausente el sol cuando se ponía por el oeste, ni cuánto duraría el invierno. (...) Los periodos en los que el sol desaparecía o perdía su fuerza se caracterizaban, por lo tanto, por el miedo. ¿Qué le pasaría? ¿Volvería el sol alguna vez y recuperaría su fuerza?" (Vikernes, Varg. Brujería y religión en la antigua Escandinavia. Edición Kindle.)
Ese mono consciente —todavía medio simio, medio filósofo accidental— comenzó entonces a poblar el planeta. Cruzó desiertos, atravesó glaciares, bordeó océanos. Se multiplicó por Eurasia, por África, por las Américas. Y en todas partes llevó consigo la misma maquinaria mental que había evolucionado mucho antes de que existiera la ciencia, la filosofía o los departamentos universitarios de estudios culturales.

Para comprender esa maquinaria conviene mirar primero a nuestros primos biológicos más cercanos. Frans de Waal observó durante años a los chimpancés de Arnhem y descubrió algo que debería incomodar a cualquiera que imagine la naturaleza como una especie de jardín pacífico anterior a la cultura. La vida social de los chimpancés se parece menos a una comunidad inocente y más a una pequeña corte renacentista. Hay conspiraciones, alianzas, gestos calculados de reconciliación, campañas de intimidación y oportunismos dignos de cualquier cancillería europea. El macho alfa no gobierna solo porque sea fuerte. Gobierna porque sabe leer la red de relaciones que sostiene al grupo. Sabe cuándo apaciguar, cuándo exhibir violencia y cuándo cultivar aliados. El poder no es simplemente un músculo; es una arquitectura social.

Pero la cosa se vuelve aún más interesante cuando uno se adentra en la mente de esos animales. Los experimentos de David y Ann Premack con la chimpancé Sarah mostraron que la mente del simio no es una simple máquina de reflejos. Sarah aprendió a manipular símbolos arbitrarios —pequeñas fichas plásticas— que representaban objetos, acciones y relaciones. Podía construir secuencias simbólicas para expresar algo parecido a frases simples: quién daba qué a quién, qué objeto era más grande que otro, qué acción producía determinado resultado. Lo verdaderamente inquietante es que Sarah no se limitaba a repetir asociaciones mecánicas. Podía resolver analogías, distinguir entre lo “igual” y lo “diferente”, y comprender relaciones abstractas. En otras palabras, su mente era capaz de operar con representaciones conceptuales. Uno sospecharía que esto no le gusta ni a Noam Chomsky ni a Steven Hayes.
Aun así, algo faltaba. Los chimpancés podían comprender relaciones, pero no generaban mundos simbólicos complejos. No escribían mitologías. No inventaban genealogías cósmicas. No especulaban sobre el destino del sol.

Aquí entra el trabajo de Darío Maestripieri, quien ha mostrado con brutal claridad que muchas de las dinámicas psicológicas que nos gusta atribuir a la sofisticación cultural —ambición, celos, nepotismo, resentimiento, manipulación social— ya están profundamente arraigadas en la psicología de los primates. Los macacos que Maestripieri estudió viven en jerarquías donde el estatus lo impregna todo: acceso a comida, oportunidades reproductivas, seguridad frente a agresiones. Las alianzas familiares se heredan, las enemistades también, y la posición social puede incluso alterar el sistema hormonal del individuo. Un macho subordinado vive en un estado crónico de tensión; uno dominante disfruta de privilegios fisiológicos medibles. Antes de que existiera la sociología ya existía la política… y antes de que existiera la política humana ya existía la política de los monos.

Y sin embargo, lo verdaderamente cómico llega miles de años después. Porque ese mismo primate que durante milenios vivió obsesionado con el clima, el hambre y las lanzas del vecino, ahora se ha sentado en oficinas climatizadas a escribir tratados donde se explica a sí mismo que, en realidad, no tiene naturaleza. Que todo es construcción. Que la biología es un rumor reaccionario de la ultraderecha. Que el cerebro humano es una especie de pizarrón virgen sobre el cual la cultura puede dibujar lo que quiera. El mono que durante cientos de miles de años compitió por estatus, territorio y pareja ha decidido convencerse de que nació como un lienzo blanco metafísico, parido —si uno escucha ciertas facultades universitarias— por un mono trans metafóricamente gestante, listo para deconstruirse, reensamblarse y renacer como cualquier criatura que dicte la imaginación teórica del momento.

Es una escena maravillosa si uno la mira con cierta distancia zoológica: el primate desnudo, todavía gobernado por los mismos circuitos neuronales que hacían conspirar a los chimpancés de Arnhem y jerarquizar a los macacos de Maestripieri, proclamando solemnemente que la biología es un constructo y que la naturaleza humana puede reprogramarse como si fuera una app en la nube. Al final, el animal que una vez inventó dioses para explicar el sol ha terminado inventando otro mito todavía más extravagante: el del mono que cree haber escapado de ser mono.