El ratón 🐀 autista: cuando la Ciencia se queda en silla de ruedas
Ya llegará la hora, lo estamos pronosticando. Durante siglos los científicos torturaron, decapitaron, irradiaron, diseccionaron y sacrificaron millones de ratones y otros animales con una tranquilidad moral que hoy sería considerada psicopática por un comité universitario progre de bioética. Gracias a esa frialdad metódica descubrimos antibióticos, comprendimos enfermedades, desarrollamos vacunas y extendimos la esperanza de vida humana. Pero luego llegará la era de la culpa.

En algún momento del camino, la civilización decidió que el ratón ya no era simplemente un modelo experimental. Era un sujeto. Un “ser sintiente”. Casi un ciudadano. La criatura que durante décadas fue una herramienta de laboratorio comenzó a ascender por la escalera moral de la historia hasta aproximarse peligrosamente a la condición de miembro vulnerable de una minoría protegida. De un colectivo animal. ¿Cómo hará la ciencia para investigar el autismo u otros trastornos si se abandona el modelo genético experimental? No habrá ciencia; habrá baby sitters chicas trans que evaluarán si el bebé se vuelve o no autista en función de cómo sean amamantados y apegados a pezones peludos. Volveremos quizás a Melanie Klein, Winnicott y toda la caterva psicoanalítica en clave Judith Butler. Y esto ocurrirá como en la Roma decadente: la Roma decadente escandalizó al mundo cuando Calígula anunció que su caballo Incitatus ocuparía un cargo público de senador.

El problema actual adquiere dimensiones metafísicas cuando aparece el ratón autista.
Durante años la neurociencia produjo modelos animales para estudiar alteraciones del neurodesarrollo. Los investigadores eliminaban genes asociados al autismo, silenciaban proteínas sinápticas, modificaban circuitos neuronales, inducían mutaciones en SHANK3, CNTNAP2 o FMR1, registraban la actividad de miles de neuronas simultáneamente y luego observaban si aparecían conductas repetitivas, alteraciones sociales o hipersensibilidades sensoriales. No porque creyeran que el ratón estaba escribiendo poesía sobre su identidad neurodivergente, sino porque existe una diferencia elemental entre una civilización liberal y un régimen totalitario: en una no se puede abrir el cerebro de un niño para observar cómo cambian sus circuitos neuronales durante el desarrollo. En la otra, la historia demuestra que siempre hay algún funcionario del régimen dispuesto a intentarlo. La ciencia occidental eligió al ratón precisamente porque decidió no utilizar seres humanos como material experimental. El modelo animal nació como consecuencia de una restricción moral, no de una crueldad gratuita.

Pero la sensibilidad contemporánea posee una extraña capacidad: transforma metáforas en sujetos políticos.
Así apareció una situación intelectualmente paradójica. El científico describe un modelo experimental de autismo. El activista escucha una agresión ontológica. El investigador habla de neurotransmisores. El militante oye discriminación micropolítica. El laboratorio intenta comprender mecanismos neurobiológicos. El tribunal moral de las redes sociales interpreta una declaración de guerra contra los derechos de los animales.
La escena alcanza un nivel de ironía cósmica. En ciertos momentos de la historia, desde los experimentos médicos realizados por regímenes totalitarios hasta las prácticas opacas que todavía hoy despiertan sospechas en Estados altamente cerrados como Corea del Norte, el ser humano fue reducido a instrumento experimental. Occidente construyó precisamente lo contrario: un sistema de límites éticos destinado a impedir que eso ocurriera. Sin embargo, en una curiosa inversión moral, el ratón de laboratorio terminará ocupando simbólicamente el lugar del ser humano. La criatura utilizada porque no era una persona comenzó a recibir una consideración emocional cada vez más cercana a la reservada para las personas. El roedor dejó de ser un modelo biológico para convertirse en una especie de ciudadano honorario del reino de la sensibilidad.

La paradoja es extraordinaria. La ciencia nació para describir diferencias. Toda clasificación biológica implica diferencias. Toda investigación médica implica diferencias. Toda neurología implica diferencias. Sin diferencias no existe conocimiento. Sin diferencias no existe medicina. Sin diferencias no existe ciencia. Sin embargo, la nueva sensibilidad cultural exige simultáneamente estudiar el cerebro y prohibir cualquier conclusión que sugiera que algunos cerebros funcionan de manera distinta.
Es una especie de inquisición invertida. En la Edad Media se perseguía al científico por desafiar la teología. Hoy, en ciertos ambientes académicos, se le persigue por desafiar una antropología sentimental donde toda diferencia corre el riesgo de ser interpretada como una jerarquía moral.

El resultado final es una escena cómica. En un extremo del laboratorio, un investigador intenta comprender cómo la alteración de una proteína sináptica modifica la conectividad cortical. En el otro extremo, una legión de comentaristas morales debate si el ratón experimental se sentiría ofendido por el lenguaje utilizado para describirlo. La biología estudia circuitos. La ideología estudia emociones imaginarias atribuidas a roedores.
Y así ocurre la inversión definitiva. El ratón ya no sirve para comprender la realidad. La realidad debe adaptarse para proteger la dignidad simbólica del ratón.
Cuando una civilización llega al punto en que los sentimientos hipotéticos de un modelo experimental pesan más que la búsqueda de conocimiento sobre enfermedades humanas, no estamos observando una expansión de la compasión. Estamos observando una sustitución de la ciencia por el teatro moral.
La tragedia no es que el ratón porte genes modificados. La tragedia es que los científicos comiencen a callar por miedo a lo que el ratón podría decir si pudiera hablar. ¿Se autopercibe un ratón…?

Quizás el destino final de esta trayectoria moral ya pueda vislumbrarse en el horizonte. Primero humanizamos al ratón. Luego le atribuimos estados mentales complejos. Después le reconocemos una identidad neurocognitiva propia. Más tarde le otorgamos representación simbólica. Finalmente, algún comité interdisciplinario concluirá que el verdadero sujeto vulnerable del laboratorio nunca fue el investigador, ni el paciente, ni siquiera la humanidad que esperaba una cura, sino el ratón. En ese momento la historia habrá completado un círculo perfecto: la especie que envió sondas a Marte, descifró el genoma humano y construyó aceleradores de partículas se encontrará compareciendo ante un tribunal moral presidido por un roedor.
Y mientras el científico intenta explicar por qué estudiaba el autismo para comprender mejor el cerebro humano, el ratón -ya convertido en autoridad ética- emitirá su veredicto final: culpable de antropocentrismo agravado. La sentencia consistirá en asistir obligatoriamente a un seminario sobre sensibilidad interespecies impartido por otros ratones.
Tal vez entonces los laboratorios cierren definitivamente. No porque se haya curado el autismo, el cáncer o el Alzheimer, sino porque finalmente habremos alcanzado la cúspide de la evolución moral: una civilización donde los humanos dejan de estudiar enfermedades humanas para no herir la autoestima de los animales. El progreso, después de todo, siempre encuentra formas sorprendentes de morderse la cola.