El porvenir de la masculinidad: aliades, princesos y Snowflakes ❄️
"Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado." Friedrich Nietzsche: Así habló Zaratustra
Hoy hablaremos sobre la masculinidad occidental. Corría enero de 2019 cuando Gillette -sí, la de las maquinitas de afeitar- decidió que su negocio ya no era el mentón de los hombres sino su alma. La publicidad The Best Men Can Be nos informaba, con música de piano y rostros compungidos, que la masculinidad era poco menos que una patología social a ser tratada. Treinta años vendiéndonos espuma y de pronto la multinacional devenía en consultorio psicoanalítico. Cuando el gran capital corporativo adopta tu causa, estimada feminista, la revolución ya terminó; solo falta repartir los escombros.
publicidad de Gillette (2019)
Y de esos escombros emergió un espécimen. Permítaseme describirlo, pues lo vengo observado con rigor de naturalista.
El varón deconstruido contemporáneo es un prodigio de la ingeniería social. Pide disculpas antes de opinar y también después, por si acaso. Ha aprendido a denunciar su propia testosterona como quien confiesa un pecado original, y asiste a talleres donde otros varones igualmente compungidos se enseñan mutuamente a no ser lo que son. Lee a Darío Sztajnszrajber en librerías postmodernas con mesitas minimalistas y porta la bolsita de tela como escapulario laico. Su gran gesta épica consiste en autodenominarse "aliade". No protege, porque proteger es paternalismo; no provee, porque proveer es opresión; no compite, porque competir es violencia. Tampoco se le ocurra usted pedirle que cargue una garrafa: sería reproducir estereotipos. Es, en suma, el primer modelo de varón en cuatro millones y medio de años de evolución homínida diseñado expresamente para no servir a nadie, empezando por sí mismo. Nuestros ancestros cazaban megafauna; él caza microagresiones. Qué epopeya.

Ahora bien: el espécimen no nació por generación espontánea, y aquí conviene desconfiar de toda explicación facilista. Nada de conspiraciones -todo está publicado, fechado y orgullosamente firmado por sus autores, al alcance de cualquiera que ose leer las fuentes-. Simone de Beauvoir estableció en 1949 el axioma fundacional: no se nace mujer, se llega a serlo. El constructivismo aplicó luego la fórmula al varón con entusiasmo de converso: si nada es naturaleza innata, será que todo es ingeniería sobre una tabula rasa. Marcuse aportó desde la Escuela de Frankfurt la promesa de una civilización no represiva, y Judith Butler coronó el edificio declarando al género pura performance: un libreto sin actor, un traje sin cuerpo. Mediante el conjuro cabalístico de la palabra, la realidad biológica quedaba suspendida en el aire, como un mago que asegura levitar mientras todos vemos la silla.

El Río de la Plata, esa región que nunca despierta de la embriaguez del Mayo del 68, eternamente adolescente, importó la mercadería con la devoción de siempre: toxic masculinity, deconstrucción, nuevas masculinidades. Nótese que viene etiquetada en inglés, como corresponde a todo producto fabricado en USA, a pesar del pensamiento anti yankee que caracteriza a estos honrosos camaradas.
El episodio culminante llegó en agosto de 2018, cuando la Asociación Americana de Psicología (APA, que no es la APA de Psiquiatría) publicó sus primeras guías clínicas para el trabajo con varones, fruto de trece laboriosos años de cocción. El material oficial de difusión no anduvo con eufemismos: la masculinidad tradicional, "marcada por el estoicismo, la competitividad, la dominancia y la agresión", era declarada "en su conjunto, dañina" (on the whole, harmful), respaldada -nos aseguraban- por "más de cuarenta años de investigación". Esto está disponible para cualquiera que ose leerla (apa.org/monitor/2019/01/ce-corner). Conforme a este nuevo evangelio clínico, el varón que no llora en grupo padece gender role conflict; el que compite, una patología; el que calla su dolor, un síndrome a tratar (clic aquí). Y por si la condena fuera tibia, las guías se encargaban de aclarar que la adhesión a esa masculinidad tradicional alimenta la homofobia, el acoso sexual y, cómo no, el infaltable patriarcado -ese daemon ex machina que todo lo explica y nada demuestra-. Adviértase la pirueta: aquellas mismas virtudes que durante milenios mantuvieron en pie a las civilizaciones —el aguante estoico, el ímpetu de proteger y proveer— pasaban, de un plumazo y previa votación de comité, a engrosar el manual de enfermedades. La psicología, que durante un siglo intentó comprender al ser humano, descubrió que era más rentable corregirlo. De ciencia a tribunal. ¡Qué progreso! ¿No?

No nos interesa qué tan bien suena una idea; importan sus resultados. Y los resultados de medio siglo de demolición están a la vista de quien tenga el estómago de mirarlos. Los varones se suicidan entre tres y cuatro veces más que las mujeres en casi todo Occidente -y en nuestro Uruguay, campeón regional de esa estadística fúnebre, la proporción es elocuente-. También podríamos hablar de hombres en situación de calle: más del 80% del total de esa población. Los niños varones fracasan en la escuela, se diagnostican y medican más, llegan a la universidad cada vez menos. Las deaths of despair cosechan hombres de mediana edad como una guadaña estadística. Y la respuesta institucional consiste en ofrecerles otro taller de deconstrucción, otro sermón sobre sus privilegios. Al que se ahoga se le arroja, solícitamente, un ancla woke.

¿Y la biología? Ah, la biología. La testosterona prenatal organizando el cerebro, el dimorfismo sexual presente en cada cultura documentada por la antropología, los cromosomas XY haciendo su trabajo silencioso en cada célula del cuerpo del deconstructor mientras éste declama que todo es construcción social. La naturaleza no lee libros de Butler. Y tampoco la leen los resultados. Aquí es donde el fusible progresista hace cortocircuito y la instalación entera entra en ignición; vayan llamando a los socorristas.
Pero ahora debo decepcionar a más de un lector nostálgico, porque no propongo restaurar nada. El varón de los años cincuenta no va a volver, y enhorabuena: aquel modelo ya era el producto degradado de otra demolición anterior, la que el liberalismo progresista consumó al reducir al hombre a productor y consumidor, átomo sin comunidad, proveedor sin trascendencia. El wokismo no destruyó una masculinidad sana; profanó un cadáver que el individualismo liberal había embalsamado décadas atrás. La deconstrucción no es la enfermedad: es su fase terminal.

Y las fases terminales no se reforman; se consuman. Por eso sostenemos -con Nietzsche en el epígrafe- que la masculinidad deconstruida debe hundirse en su propio ocaso antes de que algo nuevo pueda edificarse. Sus contradicciones internas ya la están devorando. ¿No es contradictorio exigirle al varón que sea vulnerable y luego despreciarlo por frágil…? Las feministas -esos seres a los que la lucidez les está vedada-, le exigen vulnerabilidad expuesta para luego mofarse de él como “princeso”. En el mundo anglo: snowflakes, copitos de nieve.
¿Declarar que la masculinidad es una construcción arbitraria y simultáneamente culparla de todos los males de la historia, como si una ficción constructivista pudiera ser estructuralmente culpable? ¿Predicar que los hombres no deben definirse por el sacrificio, mientras la sociedad entera sigue esperando que sean ellos quienes bajen a la mina, suban al andamio, vayan a la guerra y corran hacia el incendio? ¿El varón es un constructo descartable o un culpable imprescindible? Que se decidan.

La nueva masculinidad no saldrá de un taller ministerial ni de una campaña publicitaria. Está saliendo ya, silenciosamente, de los escombros de la Historia: varones jóvenes que, huérfanos de padres y de modelos, redescubren por las suyas lo que toda civilización supo siempre y la nuestra decidió olvidar. Que la fuerza sin virtud es barbarie, pero la virtud sin fuerza es mero decorado. Que la agresividad no se extirpa: se ordena, se disciplina, se pone al servicio de algo más alto que uno mismo. Que proteger, proveer y trascender no son patologías a medicar, sino la columna vertebral de cualquier comunidad que pretenda durar más de una generación.

Eso no es restauración: es nueva síntesis. Lo que viene después del ocaso, cuando el humo se disipa y hay que volver a construir con lo que la naturaleza -esa señora tan poco performativa- nunca dejó de ofrecer.
¿Los deconstructores advertirán que demolieron la casa con ellos adentro…?