Ser un idiota útil en la era woke 🙋🏽♀️
Hay conceptos que parecen insultos hasta que uno entiende que, en realidad, son casi diagnósticos psicológicos. “Idiota útil” es uno de ellos. La expresión —popularizada en el ecosistema soviético y atribuida, con ese folklore político medio borroso, a figuras como Vladimir Lenin— no describe a un imbécil, sino algo bastante más inquietante: alguien que es imbécil pero lo suficientemente inteligente para ser funcional. El idiota útil no es el tonto del pueblo. Es su versión ilustrada, higienizada, con bibliografía. El que cree que piensa por cuenta propia mientras ejecuta, con una precisión casi religiosa, un guion que le fue inoculado. Hay un chiste que lo captura sin anestesia: “El idiota útil es el único que milita gratis por causas que otros monetizan”. Cuando alguien le diga en su cara “yo tengo pensamiento crítico”, por las dudas desenfunde su pistola.

Porque el núcleo del asunto es ese: utilidad sin consciencia. Adhesión sin comprensión. El idiota útil no recibe órdenes, no necesita recibirlas. Interioriza un marco ideológico, lo metaboliza como si fuera producto de su lucidez, y lo reproduce con la serenidad de quien cree estar del lado correcto de la historia. No es un instrumento forzado. Es un instrumento convencido. Y por eso mismo, infinitamente más eficaz. Toda batalla cultural necesita de la producción de idiotas útiles en masa.
Es en ese punto donde la frase atribuida a Lavrenty Beria deja de ser una curiosidad siniestra y pasa a funcionar como un manual operativo de colonización cultural:
“Ustedes deben trabajar hasta que cada profesor de psicología, sin saberlo o a sabiendas, enseñe solo la doctrina comunista bajo el disfraz de ‘la psicología’. Deben trabajar hasta que cada médico y psiquiatra sea un psicólogo político o un asistente involuntario de nuestros objetivos. Deben dominar como hombres respetados en los terrenos de la psiquiatría y la psicología. Deben dominar los hospitales y universidades. (...) Con ello, podrán borrar a nuestros enemigos como a insectos.” (Extraído de un manual soviético para el adoctrinamiento de las juventudes americanas)

Conviene detenerse un segundo en la figura de Beria, no por erudición, sino por higiene intelectual. No estamos hablando de un teórico abstracto, sino del jefe de la policía secreta soviética bajo Joseph Stalin, un administrador meticuloso del terror. Deportaciones masivas, purgas, campos de concentración (Gulags), ejecuciones sumarias: la lista no es breve ni decorativa. A eso se suman acusaciones documentadas de abusos sistemáticos, incluida la depredación sexual bajo la cobertura del poder. Su nombre no pertenece a la periferia del horror del siglo XX, sino a su núcleo duro. La diferencia con el nazismo no es moral, es estética y de relato. Cambian los símbolos, no la estructura de fondo: un Estado que se arroga el derecho de redefinir al enemigo como desecho humano.

Y, sin embargo, lo más inquietante de la frase no es su brutalidad explícita —esa ya la conocemos—, sino su sutileza estratégica. No propone dominar a través del miedo visible, sino a través de la captura de los saberes legitimados. Psicología, psiquiatría, medicina, universidad. No como campos neutrales, sino como territorios a ocupar. No para imponer consignas burdas, sino para redefinir lo que puede ser dicho, pensado y diagnosticado sin que suene ideológico. Como diría Althusser después de todo: “una ideología nunca dice ‘hola, soy ideológica’ ”.
La jugada es de una elegancia obscena. Primero, se infiltra el vocabulario: ciertas palabras adquieren un brillo moral incuestionable; otras quedan marcadas como tóxicas y cancelables. Después, se desplaza el eje: disentir ya no es un error, es una falla ética. Finalmente, se institucionaliza el marco: lo que antes era debate se convierte en protocolo. En ese punto, el sistema ya no necesita imponerse. Se reproduce solo. ¿Un ejemplo? El discurso sobre “género”. El género no es simplemente una idea; es un marco ideológico pseudocientífico transformado en protocolo de una narrativa culturalmente legitimada.

Y ahí, como siempre, aparece el idiota útil. No como accidente, sino como condición de posibilidad.
Porque ningún sistema logra esa capilaridad sin intermediarios que crean. No fanáticos explícitos —esos alertan—, sino profesionales respetables, con lenguaje técnico, con buena prensa, que hagan el trabajo sucio con guantes de seda. El idiota útil es el traductor: convierte ideología en ciencia, moral en evidencia, consigna en “consenso”.
Lo verdaderamente incómodo es que este modelo no murió con la URSS. Se volvió portátil. Hoy, bajo el paraguas difuso de lo que se llama “wokismo”, el mecanismo reaparece con una estética más pulida y una violencia menos visible, pero con la misma lógica estructural: redefinir la realidad sin declararlo abiertamente.

El idiota útil contemporáneo no grita consignas en la plaza. Publica papers. Diseña protocolos. Modera contenidos. Hace talleres. Es el psicólogo que transforma categorías políticas en diagnósticos clínicos con una seriedad que rozaría lo ridículo si no tuviera efectos reales. Es el académico que cita quince autores para decir, con tono grave, algo que hace diez años habría sido una obscenidad discursiva. Es el médico que ya no describe síntomas, sino narrativas.
Y hay una fábrica especialmente eficiente para este tipo de producto: la universidad pública cuando abdica de su vocación “crítica” y se convierte en un ecosistema cerrado. No porque “la universidad” en abstracto sea el problema, sino porque ciertos dispositivos internos —incentivos de carrera, validación entre pares, financiamiento condicionado, miedo reputacional— terminan alineando lo que se investiga con lo que es aceptable decir. El resultado no es un complot centralizado, sino algo más interesante: un clima ideológico y discursivo.

En ese clima, el estudiante aprende rápido cuál es el rango de lo decible. Nadie le dicta una orden. Nadie necesita hacerlo. Basta con observar qué trabajos reciben aplauso, qué tesis se financian, qué profesores ascienden, qué temas generan incomodidad. El resto es adaptación inteligente. Se empieza por elegir bien las palabras, se sigue por evitar ciertos autores, se termina por pensar directamente dentro del marco aprobado. La censura no llega desde afuera: se interioriza como prudencia discursiva.
El docente, por su parte, opera bajo una economía similar. Publicar, concursar, sostener una carrera académica implica navegar ese mismo clima. Y ahí aparece la alquimia perfecta: convicciones que se ajustan levemente para no desentonar, hipótesis que se formulan de modo tal que nunca choquen con los consensos vigentes, marcos teóricos que se adoptan porque son los que “corresponden”. Nadie se siente un propagandista. Todos se sienten profesionales responsables. Y, sin embargo, el resultado agregado es una homogeneidad que no necesita decreto.

Ejemplos sobran, y todos tienen ese aire de comedia involuntaria. El idiota útil que, con cara de seminario europeo, te explica que el lenguaje no describe la realidad sino que la crea… y acto seguido intenta prohibirte palabras. El que habla de “diversidad epistemológica” pero solo admite una. El que denuncia estructuras de poder mientras ocupa cómodamente una cátedra financiada por esas mismas estructuras. El que convierte cualquier desacuerdo en “violencia simbólica”, porque discutir ya no es refutar: es agredir. El que firma protocolos clínicos donde la duda deja de ser método para convertirse en falta ética.
Hay algo casi tierno en toda esta coreografía de no ser por una cobarde complicidad. El entusiasmo con el que adoptan cada nueva categoría, cada neologismo, cada marco interpretativo que baja desde los centros de producción simbólica. Es como ver a alguien cambiar de software mental con cada actualización, convencido de que ahora sí, ahora finalmente, alcanzó la versión definitiva de la verdad.

Pero el efecto acumulativo no es gracioso. Porque, igual que en el modelo soviético, el objetivo no es ganar un debate, sino hacer que ciertos debates dejen de ser posibles. No eliminar físicamente al adversario, sino convertirlo en una anomalía moral. No silenciarlo con censura directa, sino rodearlo de un costo social tal que el silencio se vuelva la opción más económica.
Y en ese paisaje, el idiota útil no es una nota al pie. Es el protagonista. No porque sea especialmente poderoso, sino porque es perfectamente funcional. Cree, repite, legitima. Y lo hace con la convicción inquebrantable de estar haciendo exactamente lo contrario.