Freud y Perón: santos patronos de la Argentina 🇦🇷

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Freud y Perón: santos patronos de la Argentina 🇦🇷

Hay países que atraviesan la historia; Argentina, en cambio, parece haber decidido conservarla en formol. Mientras otras sociedades archivan las doctrinas del siglo XX con la discreción con que se guardan los uniformes de una guerra ya terminada, la Argentina ha optado por algo más curioso: canonizar figuras. No como curiosidades polvorientas, sino como piezas vivas de su identidad cultural. En esa vitrina nacional destacan dos reliquias mayores: el peronismo y el psicoanálisis. Ambos nacidos en la Europa convulsa de entreguerras, ambos hijos del mismo clima espiritual del siglo pasado, y ambos convertidos en el Río de la Plata en algo más que teorías o movimientos: en liturgias duraderas. Freud y Perón terminaron ocupando un lugar extrañamente simétrico en el imaginario argentino: uno administra el inconsciente; el otro administra el Estado. Ambos tienen que ver con el destino colectivo.

El fenómeno tiene algo retorcido. En la mayor parte del mundo el fascismo quedó archivado como una patología política de los años treinta, un episodio incómodo que se estudia en facultades de historia y que ningún país razonable se atrevería a reivindicar abiertamente. Argentina hizo algo más sofisticado: lo metabolizó en versión sudamericana. El viejo corporativismo europeo —esa tentativa de organizar la sociedad como un organismo dirigido por el Estado, donde trabajadores, sindicatos y empresarios son integrados en una estructura jerárquica— encontró aquí una mutación sentimental, subtropical y sorprendentemente longeva. Rebautizado como movimiento nacional y popular, el dispositivo se volvió una teología política permanente. Lo que en Europa fue una coyuntura histórica terminó aquí convertido en una emoción colectiva, un reflejo cultural casi automático cual perro de Pavlov que se saliva el hocico.

Perón entendió algo elemental que muchos líderes ignoran: para sobrevivir al tiempo, la política debe adquirir la forma de un mito narrativo. Gobernar es secundario; lo decisivo es construir el relato que sobrevivirá al gobierno. Y el peronismo fue, desde el inicio, un relato cuidadosamente diseñado. El líder providencial que habla al pueblo desde el alma. La compañera elevada a figura sacrificial. La comunidad redimida frente a una oligarquía eterna que acecha en la penumbra con pérfidos intereses cipayos. Dentro de ese teatro simbólico la historia no progresa ni se resuelve; se reactualiza. Cada generación revive el drama como si se tratara de una obra litúrgica que jamás abandona su escenario.

Algo paralelo ocurrió, curiosamente, en el campo de la psicología. Mientras el resto del mundo comenzó lentamente a desplazar el psicoanálisis hacia los márgenes académicos —sustituyéndolo por psicología experimental, neurociencia o terapias conductuales basadas en la evidencia— Argentina decidió profundizar en universos supuestos. Buenos Aires terminó convirtiéndose en la Jerusalén de una tradición clínica nacida en los consultorios vieneses de comienzos del siglo XX. El diván se volvió una pieza casi doméstica del mobiliario cultural. En pocas ciudades del planeta el ciudadano medio discute con tanta naturalidad sobre el inconsciente, el deseo o la castración simbólica mientras espera su café.

El resultado posee una textura surrealista. En lugar de evolucionar hacia una psicología empírica, el campo intelectual argentino se sumergió con fervor casi escolástico en la exégesis de Freud y Lacan. El psicoanalista porteño terminó adoptando una figura social muy particular: mitad terapeuta, mitad sacerdote, mitad comentarista metafísico del drama humano. Su lenguaje —repleto de significantes, estructuras simbólicas y giros hermenéuticos— adquirió una densidad casi teológica. Y como ocurre con toda tradición sagrada, las herejías fueron rápidamente neutralizadas. Cuestionar el psicoanálisis no significaba disentir con una teoría clínica: significaba revelar una resistencia, una defensa inconsciente, una incapacidad para aceptar la verdad del deseo.

Existe, sin embargo, un detalle histórico que vuelve esta coincidencia aún más sugestiva. La consolidación del psicoanálisis como hegemonía cultural en Argentina ocurre casi en paralelo con la irrupción del peronismo en el poder. No se trata de una conspiración —las historias culturales raramente funcionan así—, pero sí de una convergencia significativa. Durante esos años, la psicología científica y experimental comenzó a desaparecer del horizonte universitario argentino. Los enfoques más ligados al empirismo, a la investigación de laboratorio o al naturalismo filosófico fueron progresivamente desplazados por un clima intelectual mucho más permeable al discurso psicoanalítico. Algunos científicos simplemente abandonaron el país. Entre ellos, el filósofo y físico Mario Bunge, que terminaría desarrollando su obra en el exterior después de constatar que el ambiente académico argentino se volvía cada vez menos hospitalario para la tradición científica dura, huyendo a Canadá.

Mario Bunge sobre el psicoanálisis

De la extraña confluencia entre la vieja liturgia distributiva de la “justicia social” peronista y el clima intelectual saturado de psicoanálisis lacaniano surgieron, décadas más tarde, algunas de las mutaciones filosóficas más peculiares de la izquierda contemporánea. Allí donde el peronismo había instalado la idea de un pueblo mítico enfrentado a una élite oligárquica, el lacanismo aportó una gramática conceptual para pensar ese pueblo como una entidad simbólica, siempre incompleta, siempre articulada alrededor de un deseo colectivo. En ese terreno híbrido florecieron teorías como las de Ernesto Laclau, donde la política deja de ser simplemente la administración de intereses materiales para convertirse en una compleja ingeniería de significantes, antagonismos y construcciones hegemónicas. Así, lo que alguna vez fue un movimiento populista de masas termina siendo reinterpretado como una sofisticada ontología política: el pueblo ya no es una categoría sociológica sino una figura discursiva, un vacío alrededor del cual se organizan demandas heterogéneas. El resultado es una curiosa alquimia intelectual: el viejo imaginario peronista reaparece vestido con el ropaje conceptual del lacanismo, convertido ahora en una teoría elegante que permite a buena parte de la izquierda del siglo XXI pensar su propia legitimidad política como si fuera, simultáneamente, una revelación filosófica y una operación clínica sobre el inconsciente colectivo.

¡Tragedia! Dicho de manera simple, la obra La razón populista de Laclau es un largo y tedioso manual de sarasa pseudo filosófica con una estética discursiva en clave compleja para asegurarse de que un populista de izquierda siempre tenga la razón...

No deja de ser una ironía cultural bastante reveladora. Mientras el peronismo organizaba la sociedad alrededor de una narrativa emocional del pueblo y el líder, el psicoanálisis ofrecía una gramática perfecta para interpretar esa misma dramaturgia desde el interior del sujeto. La política hablaba de pasiones colectivas; el psicoanálisis hablaba de deseos inconscientes. Uno administraba las masas; el otro interpretaba sus síntomas. Ambos, cada uno a su manera, se movían con comodidad en un terreno donde el mito, la palabra y la interpretación tenían más peso que la fría aritmética de la verificación empírica.

De este modo, casi sin advertirlo, la Argentina organizó su vida simbólica alrededor de dos templos paralelos: el balcón y el diván. Desde el balcón se convoca al pueblo; desde el diván se interpreta su drama íntimo. Uno promete redención social; el otro explica por qué la angustia persiste. Ambos producen discursos interminables, comentarios, interpretaciones y generaciones enteras dedicadas a descifrar textos fundacionales como si fueran escrituras sagradas.

El resultado es una especie de congelamiento cultural bastante singular. El país discute con intensidad teológica debates que en otras partes del mundo quedaron archivados hace décadas. Mientras otros lugares dedican su energía a la inteligencia artificial, la biotecnología o la neurociencia, Argentina continúa girando alrededor de los enigmas del peronismo y de los misterios del inconsciente freudiano y lacaniano. No es falta de talento —todo lo contrario—. Es más bien una inclinación casi estética por la arqueología ideológica en modalidad trastorno obsesivo compulsivo.

Desde cierta distancia, el espectáculo tiene algo de tragicomedia divertida. Sobre todo, para una pequeña y gris provincia amputada que alguna vez formó parte del mismo cuerpo histórico. Allí, al otro lado del estuario, sobrevive el “Río de los Pájaros Pintados”, es decir, Uruguay. Esa república silenciosa, melancólica y no del todo convencida de su propia supervivencia debido a sus inclinaciones suicidas, observa a la Argentina con una mezcla peculiar de ironía y afecto. Uruguay mira a su hermano mayor como quien contempla a un genio atrapado en un sueño febril: un país exuberante, brillante y agotador donde Freud continúa interpretando los sueños colectivos en clave cabalística mientras Perón, desde un balcón eterno, sigue hablando a una multitud que jamás termina de equilibrarse.

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