“Yankees 🇺🇸 Go Home!” (y traeme un iPhone 📱 de Miami)

“Yankees 🇺🇸 Go Home!” (y traeme un iPhone 📱 de Miami)

La izquierda latinoamericana, con su eterno complejo de inferioridad, ha hecho del antiamericanismo una especie de religión de pobres orgullosos. La consigna es simple: burlarse del “Imperio” mientras se sobrevive con remesas, Netflix y hamburguesas del McDonald’s de la esquina. En cada plaza, en cada aula universitaria de sociología, hay un Che de cotillón explicando por qué el capitalismo estadounidense es el origen de todos nuestros males… mientras actualiza su iPhone 15 “importado de Miami” con la beca que le paga el Estado “antiimperialista”.

Paradójico, pero necesario: ¿de qué viviría el subdesarrollo latinoamericano sin la existencia del odiado Norte? No producimos chips, ni vacunas, ni motores. Ni hablar sobre inteligencia artificial. Producimos discursos inflamados sobre la “soberanía nacional”: soberanía de la moneda, del combustible, de la tierra... En el fondo, es un comercio simbólico: ellos fabrican tecnología, nosotros fabricamos resentimiento y moneda inflacionaria. El dólar, ese fetiche del imperialismo, es la moneda de los mismos que gritan“Yankees go home”. Pero cuando el dólar sube, tiemblan las villas miseria y los ministros por igual.

Y ahora, hasta la economía se volvió woke: ya no hay países “subdesarrollados”, eso suena muy fuerte, muy colonial, hay que cuidar el léxico. Hay países “en vías de desarrollo”. Una expresión tan amable como absurda, como si existiera un tren que va rumbo al progreso y nosotros estuviéramos simplemente demorados porque llovió. En realidad, nunca partimos. Seguimos en la estación, discutiendo si el maquinista es de izquierda o de derecha mientras el tren del siglo XXI ya pasó hace rato.

confesiones del gran Eduardo Galeano. Clic en imagen para leer artículo.

Jean-François Revel, en su obra La obsesión antiamericana, ya explicaba que el antiamericanismo es el refugio predilecto de las sociedades frustradas. Según él, odiar a Estados Unidos funciona como anestesia colectiva: cuanto peor nos va, más culpable es el “Imperio”. No hay que mejorar, basta con señalar. Y así, las élites intelectuales mediocres de medio continente construyeron una identidad entera sobre la base del resentimiento: si el norte prospera, es porque roba; si el sur fracasa, es porque lo oprimen. Es el dogma del eterno adolescente: no asumo mi responsabilidad, culpo al padre malvado.

Lectura recomendada.

Y en este teatro de contradicciones, Cuba es la joya del absurdo. Para la izquierda otaria, el libre comercio neoliberal empobrece a las naciones y destruye sus soberanías… excepto cuando se trata de Cuba, que sería pobre precisamente por no poder comerciar con el “Imperio”. Es decir, el libre comercio es malo porque enriquece, pero su ausencia también es mala porque empobrece. El “soberanista” latino habla, con aire doctoral, de la “explotación de recursos” que nos hace el Imperio: uno imagina a Washington robando litio a bordo de naves espaciales o saqueando el Río de la Plata con tratados de libre comercio. En el fondo, lo que irrita no es la explotación, sino la evidencia de que el explotador produce e innova más y mejor.

Y si hablamos de pensamiento, el panorama es igual de risible. América Latina produce al año una “enorme cantidad” de patentes intelectuales: unas pocas decenas, comparadas con las decenas de miles de Estados Unidos o Alemania. Pero eso sí, tenemos filósofos de sobremesa, sociólogos de mate y poetas que todavía creen que el Martín Fierro es un tratado de metafísica nacional. Mientras los norteamericanos patentan satélites, nosotros seguimos discutiendo si José Hernández era más “del pueblo” o más “del campo”. Nuestro mayor aporte a la filosofía universal es un gaucho que aconseja no meterse en política y golpear primero antes de ser golpeado. El espíritu del progreso convertido en payada. Y también seguimos debatiendo sobre Perón.

En este contexto tragicómico, lo mejorcito que ha logrado Sudamérica en términos de estabilidad macroeconómica es Uruguay: un país tan gris y ordenado que parece el hijo obediente del continente alcohólico y depresivo. Acá ya nadie grita “Yankees go home” porque ni energía para gritar queda. Es la socialdemocracia convertida en bostezo, un paraíso fiscal para jubilados europeos donde ya ni nacen niños. Ser padre en Uruguay cuesta lo mismo que en Noruega, pero con sueldos de oficinista latinoamericano. Resultado: geriátricos felices, maternidades vacías. Un país que envejece con elegancia y se apaga con buena educación y bullicio en 18 de Julio.

Hugo Chávez "manda al carajo" a "los Yankees de mierda".

Mientras tanto, en los cafés porteños y los foros bolivarianos, se siguen riendo de los “gringos ignorantes”. Es curioso: los mismos que se burlan del estadounidense promedio, que no sabe ubicar Bolivia en el mapa, tampoco sabrían explicar cómo funciona un bono del Tesoro o por qué la inflación no se arregla “con voluntad política”. América Latina es un continente donde la izquierda cree que pensar es indignarse y la derecha cree que privatizar a los sablazos es modernizar. Entre unos y otros, seguimos vendiendo soja, exportando médicos, importando ideología.

Llorando para mamar...

Y los “rancios nacionalismos” latinoamericanos —esa mezcla de militarismo de pacotilla y catolicismo mal digerido— también se burlan del yankee, como si la miseria fuera una virtud moral. En el fondo, el latinoamericano promedio se siente moralmente superior al norteamericano, aunque dependa de sus visas, de su ciencia, de su tecnología y hasta de sus películas para saber quién es.

Quizás el verdadero imperialismo no sea el de Washington, sino el del espejo. Cada vez que el latino se mira en él, ve al yankee y se odia por no serlo.

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