Vikingos saqueadores ⚔ y gauchos domesticados: reflexiones sobre el poder 👊🏻 y la decadencia (parte 3)

Vikingos saqueadores ⚔ y gauchos domesticados: reflexiones sobre el poder 👊🏻 y la decadencia (parte 3)

¿Alguien conoce relaciones humanas simétricas en el ejercicio del poder, de persona a persona? ¿Alguien conoce relaciones simétricas entre individuos y el Estado? ¿Alguien conoce relaciones simétricas entre los distintos Estados del mundo…? La respuesta es obvia y sin embargo muy incómoda. A mucha gente le parece infantil esta discusión, propia de románticos, anarquistas o de soñadores sin remedio. Pero lo cierto es que la genealogía de cualquier tipo de Estado está hoy bien documentada. En la era de la información, el mito del contrato social se cae por su propio peso: basta leer la historia sin las notas al pie del Ministerio de Educación.

Siempre nos han engañado bajo el manto de la “educación pública”, con sus escarapelas, estatuas y banderas juradas. Nos contaron que el Estado es el guardián que nos protege del lobo. Pero el Estado no es el pastor: es el lobo en sí mismo. Y como todo depredador, se alimenta de carne viva.

El sociólogo Franz Oppenheimer lo desnudó con brutal claridad: el Estado no nace del contrato ni del acuerdo, sino de la conquista. Es la institucionalización del robo. Existen dos formas de conseguir lo que un ser humano necesita: la económica, que se basa en el trabajo y el libre intercambio (libre mercado), y la vía política, que se basa en la rapiña. El Estado es la cristalización de esta última. Decía Oppenheimer sobre los primeros hombres:

“Serán los pastores nómadas, agresivos y violentos, los que más adelante [en la Historia] se acaben imponiendo sobre los campesinos, surgiendo así el Estado. A su vez, del conflicto entre unos y otros surgirá la civilización. Los campesinos vivían en asociaciones débilmente organizadas sin un poder único y común y vivían apegados a la tierra.”

Ahí está el génesis: el Estado no surge de la cooperación, sino de la irrupción violenta de una casta depredadora sobre una sociedad que hasta entonces vivía de su propio esfuerzo. El origen es pastoral en el peor sentido del término: los pastores no cuidan al rebaño, lo dominan, y hasta se lo comen.

Rothbard lo dice sin adornos: el Estado es una mafia con estatuto legal. Un grupo de hombres que se atribuyen el monopolio de la violencia, se auto-absuelven y llaman “impuestos” al tributo que arrancan al trabajador. Y Hans Hermann Hoppe agrega el último clavo: la democracia no redimió ese origen, sólo lo maquilló. La rapiña ahora se hace por votación, pero sigue siendo rapiña. El lobo se vistió con el disfraz del “pueblo soberano”. En los pueblos de tradición hispano latina, esto es la noción de “voluntad general”, y en los de raíz anglosajona, el llamado “bien común” de la common wealth

La historia no se ruboriza. Pensemos en los reinados vikingos: un “farmer”  desembarcaba en una costa (como la antigua Inglaterra), incendiaba aldeas, confiscaba tierras, violaba algunas mujeres y luego imponía su “reinado” como si fuera el orden natural. Lo que ayer fue saqueo se convertía en institución. El derecho nacía del hacha y se perpetuaba en forma de tributo. Así se funda el Estado: violencia transformada en norma, botín transformado en herencia.

Netflix y Hollywood, por su parte, han hecho su parte en la mitología. Nos venden vikingos con abdominales cincelados, cabellos dorados y ojos de acero, envueltos en una épica limpia y fotogénica.

Pero la realidad histórica es menos presentable: los vikingos olían mal, su cabellera era la de un felino desaseado y su dentadura un cráter de ruinas. No eran héroes, sino depredadores que practicaban la hechicería. No conquistaban por ideales, sino por hambre, deseo y codicia. De esa podredumbre también nació el Estado: del olor de la sangre y del sudor ajeno, no de la estética del streaming. Del barro de la Historia.

El mecanismo se repite con variaciones locales. En Uruguay, el Estado no brotó de un consenso romántico entre ciudadanos libres, sino de guerras civiles, derramamiento de sangre, confiscaciones y trámites diplomáticos impuestos por la fuerza. Los relatos patrios hablan de patria y de progreso, pero lo cierto es que el Estado uruguayo se consolidó como toda estructura estatal: arrebatando. Nació de la pólvora y se perpetuó en el papel sellado, que es sólo la continuación del fusil por otros medios.

No olvidemos tampoco a quienes realmente hicieron prosperar la vida social: las clases medias. Autónomas, arriesgadas, orgullosas, supieron crear un mundo pujante de industrias, comercios, asociaciones y universidades sin depender de “políticas públicas”. Fue la vitalidad social y el libre mercado lo que levantó esa riqueza; el Estado llegó tarde para apropiarse de ella y ponerle su sello, como un parásito que presume de haber creado al organismo que lo alimenta.

Pero la genealogía del monstruo no termina en las fronteras nacionales. El orden internacional no es un edén de cooperación ni una familia de naciones: es, como advirtieron los realistas del poder político, una jungla anárquica. No hay un poder supraestatal que pueda detener al depredador cuando se lanza sobre su presa. La guerra entre Rusia y Ucrania es la prueba viva: dos Estados se enfrentan en un conflicto que desnuda la fragilidad de todo discurso sobre “comunidad internacional”. La ONU, la OTAN, la UE: todos aparecen como árbitros morales, pero ninguno tiene la fuerza real de un Leviatán universal “bueno”. Cada Estado, en última instancia, vuelve a ser el lobo que actúa según su fuerza y sus intereses, como en la vieja Europa medieval o en los fiordos vikingos. La anarquía internacional es el recordatorio brutal de que, cuando los monstruos chocan, no hay buen pastor que proteja al rebaño.

El mito dice que el Estado protege al ciudadano. La genealogía revela otra cosa: que el Estado es la fiera que lo devora. Que lo que ayer empezó con el filo de una espada vikinga o con la pólvora de las guerras civiles criollas, hoy sigue con la fría maquinaria del fisco. Cambió el lenguaje, pero no la sustancia.

Todo Estado nace de la imposición, de la coacción, de la sangre y de la confiscación. El resto —banderas, himnos, feriados patrios— no es más que maquillaje para que los hijos de los saqueados aprendan a aplaudir a la descendencia de los saqueadores. También se necesita una narrativa que lo legitime, creada por la Intelligentzia a sueldo del Poder.

Y muchos románticos —esta vez sí—, socialdemócratas, colectivistas y centristas, creen que al Estado se lo puede “humanizar”.
Estamos viendo que no. ¿De qué sirven los “derechos humanos” en Yemen, Nepal o el Donbas…? La gente suele razonar que esto se soluciona con más Estado. Con "un Estado fuerte y presente". El Estado siempre es fuerte y presente: avasalla. Si en Islandia 🇮🇸 la pasan mejor que en otras partes es porque el Estado se mete poco en la vida de las personas. Yemen no es un "Estado fallido": es el Estado en su esencia desnuda: el de los señores de la guerra.

¿Dónde está la paz perpetua de Kant…? Claramente, los derechos humanos son una construcción social (fallida, y que está caducando).

Y en esta farsa universal, conviene recordar (otra vez) la sentencia más helada de Nietzsche: el Estado es el más frío de todos los monstruos fríos.

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