Uruguay 🇺🇾: el funeral Woke. La extinción como fiesta nacional ☠️

Uruguay 🇺🇾: el funeral Woke. La extinción como fiesta nacional ☠️

Uruguay 🇺🇾 se ha convertido en un raro experimento demográfico: el pequeño “Benjamín de Europa” trasplantado al Río de la Plata, envejecido, cansado y orgulloso de extinguirse. Somos una vela al viento que se apaga (como la canción de Elton John Candle in the Wind, pero sin una princesa bonita), y, lo más grotesco, lo hacemos festejando en las avenidas. Un país que alguna vez soñó con ser la Suiza de América hoy se enorgullece de ser la capital woke del Cono Sur, donde la ausencia de bebés se vende como conquista social y el suicidio juvenil se metaboliza en informes ministeriales con gráficos de colores que quedan en algún portal web. Hoy te voy a aburrir con algunas estadísticas, aunque necesarias:

En el mundo, la tendencia a cometer suicidio viene bajando aunque la población aumente. En Uruguay es exactamente al revés, aumenta, aunque con población a la baja.
Medición de muertes por suicidio de países donde más la gente se suicida cada 100 mil habitantes en el mundo. Hace rato le ganamos a los países nórdicos, incluso a la trágica Cuba. Solo resta superar a Sur Corea.
Mucha gente aun cree que en los países nórdicos la gente se suicida mucho más que nosotros. Están desinformados. A pesar de no tener Black Metal, Uruguay logra resultados superiores.

A lo largo de mi vida adulta he peregrinado por distintas tribus ideológicas, como quien va cambiando de parroquia para ver si en alguna todavía queda fe verdadera. En todas ellas, discutir sobre Uruguay era como intentar darle alma a un espantapájaros: un esfuerzo vano, un ejercicio de necromancia ideológica. ¿Puede un país inventado en la servilleta de un diplomático británico borracho tener un rol en la historia…? Bélgica también fue un capricho de este estilo, pero al menos se fabricaron un banco y se llenaron de dinero saqueando África. Nosotros, en cambio, preferimos la originalidad de extinguirnos con estilo: un país que no tiene pasado glorioso ni futuro posible, pero que aplaude con entusiasmo su propia desaparición.

Lord Ponsonby, verdadero inventor del Uruguay. Irlandés, borracho y diplomático gangster.

¡Y de pronto la discusión se resuelve sola! No había nada que debatir: fuerzas misteriosas —o quizás simplemente la estupidez bien organizada del inconsciente colectivo— se conjugaron para darle coherencia a un único proyecto nacional, el más democrático de todos, el más igualitario: el auto-exterminio. El pequeño Benjamín de América, caucásico de piel, aunque oscuro de espíritu, es hoy un suicida colectivo disfrazado de república. Como el Hombre en la arena de Foucault, se va borrando a cada ola, hasta quedar reducido a una huella húmeda en la playa, justo antes de evaporarse en el desierto de lo real.

Clic en imagen: Artículo de El Observador.

La tasa de natalidad se desploma sin pausa: nacen menos de los que mueren, y nadie se inmuta. Al contrario, se celebra con solemnidad burocrática: “somos modernos”, “ya no somos una fábrica de pobres”, “la mujer es libre de decidir”. Libre, sí, de decidir que el país se convierta en un geriátrico a cielo abierto, donde en lugar de cunas hay bastones, y en lugar de canciones de cuna suenan bip de electrocardiógrafo.

De nuevo: tendencia mundial de nacimientos y la de Uruguay
Muertes versus nacimientos en Uruguay.

El aborto, convertido en el nuevo sacramento de la progresía, funciona como una máquina silenciosa de no-futuros: una generación borrada antes de empezar. En 2024, Uruguay batió su propio récord con 11.232 abortos ratificados, superando los 10.898 del año anterior, y las consultas por interrupción voluntaria del embarazo treparon a 12.592. Un crecimiento anual del 3 o 4 %, que en cualquier otro rubro sería síntoma de dinamismo, pero aquí es estadística de vaciamiento. Y lo irónico es que los mismos que veneran a Michel Foucault, los que nos taladraban la cabeza en la facultad pública con “Hacer vivir, dejar morir”, ahora festejan sin pudor que la bio-política se ejecute al pie de la letra: vivir cada vez menos, dejar morir cada vez más. Y para compensar los que no nacen, los que nacieron se matan. 

Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de América Latina, incluso por encima de la media mundial. Jóvenes que cuelgan sus zapatillas en la plaza o de los cables de luz, ancianos que deciden que no vale la pena esperar el próximo ajuste de la jubilación, adolescentes que se abren las venas en el baño escolar. Cada uno aporta su granito de arena a este invierno demográfico que avanza implacable, como una helada que quiebra ramas y no deja retoños.

Uruguay debate la eutanasia

Lo irónico es que, mientras tanto, la juventud progresista marcha feliz por la avenida 18 de Julio con banderas multicolores y glitter en la cara, convencida de estar construyendo un porvenir sano. ¿Porvenir para quién? ¿Para quiénes? Si ya no quedan hijos, ni sobrinos, ni nietos. Casi. Festejan un futuro vacío, una utopía sin habitantes, un solar en ruinas con consignas pintadas en aerosol y calles grises que se caen a pedazos, además de la mugre urbana que el municipio no se digna en recolectar. Celebran derechos que garantizan la Nada misma. La tolerancia represiva de Marcuse en su versión rioplatense: se aplaude con entusiasmo la demolición de la propia casa, siempre y cuando se haga en nombre de la libertad.

una "tierra yerma", diría el poeta TS. Eliot, aunque en versión "en vías de desarrollo".

El país se muere y nadie lo llora; ¿por qué alguien habría de llorar un país que no se sabe por qué existe...? ¿Cuál es su sentido? Al contrario, se celebra la autoinmolación con vino caviar y discursos sobre inclusión social. Las estadísticas son frías, pero su significado es brutal: Uruguay se apaga. Es un velorio con desfile de comparsa, un funeral con parlantes bluetooth. Y mientras tanto, los cementerios crecen y las maternidades se vacían, se “deconstruyen”.

Así cae en Uruguay la tasa de fertilidad y de nacimientos

La vela titila, se consume, y el humo se confunde con incienso progresista. Así Uruguay, orgulloso de su modernidad, se extingue aplaudiendo. Quizás hay que hacerle caso a Nietzsche: aquello que no desea vivir, hay que dejar que muera por sí mismo. Ese ha sido nuestro rol en la Historia. Nacimos sin un sentido, pereceremos sin un sentido. 

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