Occidente por el mal camino:🌪️ advertencias de Patrick Buchanan 🇺🇸

Occidente por el mal camino:🌪️ advertencias de Patrick Buchanan 🇺🇸

Patrick J. Buchanan (no confundir ni con James M. Buchanan, el Nobel de Economía y padre de la teoría Public Choice, ni con James Buchanan, el presidente estadounidense del siglo XIX), es el gran profeta disidente del conservadurismo norteamericano: es católico, nacional-republicano, enemigo jurado del globalismo, del intervencionismo y de la pulsión Imperial, además de revisionista histórico. Fue asesor de Nixon, Ford y Reagan, autor de The Death of the West, Where the Right Went Wrong y Suicide of a Superpower, y la voz que más temprano anunció que la república Americana estaba siendo devorada por su propio Imperio. Ese es el cerebro —afilado, ácido— que aparece cuando discutimos si hace falta o no, por ejemplo, una “policía del mundo”. 👮🏻‍♂️

Pat Buchanan

Todos discuten si es necesaria una policía del mundo… como si el orden internacional 🌏 fuera un meeting de colegialas jugando al Roblox. Es tierno: esa fantasía kantiana de Estados hablando como adultos empáticos, firmando acuerdos que nadie rompe y respetando reglas que nadie impone, con mucha mente compasiva. El mundo real, me temo, es un mundo de lobos feroces: la anarquía absoluta entre Estados en la aldea global produce hegemonías inevitables, porque siempre alguien llena el vacío de poder. Desde 1945, Estados Unidos ocupó ese rol, no por “moralidad” como enseña la historia oficial, sino simplemente porque pudo hacerlo.

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Buchanan no discute si el mundo tendrá policía (la tendrá mientras existan potencias); discute si Estados Unidos debe seguir hipotecando su alma, su industria y su pueblo para financiar un imperio que lo destruye por dentro. Para él, la hegemonía global es un lujo patológico, un sacrificio inútil que transforma a la república en oficina administrativa del orden mundial.

La relación entre Patrick J. Buchanan y Henry Kissinger fue compleja, respetuosa en lo formal, pero profundamente tensa en lo intelectual. No fue una relación de enemistad personal, sino de choque de cosmovisiones, dos formas de entender a Estados Unidos y su papel en el mundo totalmente incompatibles. Sospechamos que Kissinger ganó la pulseada.

Henry Kissinger, arquitecto del orden internacional por generaciones

Su lectura de la Segunda Guerra Mundial —una herejía bien picante en el santuario progresista— es tan filosa que escandaliza, porque Buchanan no suaviza el horror nazi, pero tampoco compra el relato hollywoodense según el cual las potencias aliadas actuaron con sabiduría moral y previsión estratégica. Para él, el conflicto que devoró al mundo nació de una cadena de errores diplomáticos acumulados, y el mayor de ellos fue la garantía británica a Polonia en marzo de 1939, esa promesa de defensa que Londres no tenía ni capacidad militar ni voluntad real de cumplir. Buchanan la describe como una fanfarronada geopolítica: un acto de moralismo imperial que empujó a Varsovia a resistir exigencias alemanas que, aunque injustas, podían haberse negociado sin desatar una guerra continental. Según su visión, la élite británica “jugó al imperio” con la vida de otro país, comprometiéndose a una guerra que sabía perdida antes de empezarla y arrastrando así a Francia —y luego al mundo entero— a un conflicto sin precedentes.

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A esto le suma lo que considera las grandes ilusiones de los Aliados: la propaganda de que se luchaba “por la democracia”, cuando la mitad de Europa sería entregada de inmediato a Stalin (se sabía); la narrativa de que se defendía la soberanía de naciones pequeñas, cuando tras 1945 esas mismas naciones fueron absorbidas por un totalitarismo aún más duradero y devastador; y la ficción de que la guerra era inevitable, cuando según Buchanan hubo múltiples ventanas diplomáticas previas en las que una Europa menos arrogante y menos obsesionada con salvar prestigios imperiales podría haber integrado a Alemania dentro de un equilibrio de poder más estable.

La tragedia polaca, para él, revela la esencia del error: Londres empuja a Varsovia al heroísmo, la abandona en cuanto su caída es inevitable, y después construye un relato épico donde la propia irresponsabilidad se transforma en virtud moral. Buchanan señala que la guerra no salvó a Polonia: la sepultó bajo el comunismo durante casi medio siglo. Y a partir de ahí, denuncia una hipocresía fundacional del discurso aliado: los vencedores escribieron una historia donde sus torpezas desaparecen y donde cada error estratégico es transfigurado como “sacrificio ético”.

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Por eso su diagnóstico final es tan brutal: “Ganamos la guerra y perdimos el mundo” no es una frase, sino una fórmula histórica. Occidente destruyó a Hitler pero parió un imperio soviético gigantesco; Gran Bretaña venció a Alemania sólo para perder su propio imperio en una década; y Estados Unidos heredó un planeta que no quería gobernar pero que ahora debía administrar. Buchanan recalca que la victoria no llevó al renacimiento occidental, sino a su sobrecarga: un imperio informal que obligó a Washington a convertirse en bombero global, pagando los costos de vigilancia planetaria mientras Europa, exhausta, se convertía en un museo viviente de su propio colapso.

En su visión, la Segunda Guerra Mundial no fue sólo un desastre por lo que destruyó, sino por todo lo que hizo posible después: la expansión soviética, la descolonización caótica de Africa, la división eterna del mundo en bloques y la conversión de USA en guardián involuntario del orden internacional. Un conflicto que empezó por Danzig terminó con la arquitectura geopolítica más pesada, costosa e insostenible de la historia contemporánea.

El diagnóstico buchananiano del Occidente actual no es político: es anatómico, clínico, casi forense. Occidente se está disolviendo desde adentro: demografía negativa suicida, fronteras abiertas, élites desconectadas o directamente hostiles a su propia civilización, cultura líquida, patria reducida a marca comercial, fe espiritual demolida, familia erosionada. Para Buchanan, el enemigo externo es un accesorio; el verdadero asesino está en el espejo. Y en ese escenario, los progresistas acusan de “aislacionismo” a quienes simplemente piden cordura. El aislacionismo clásico estadounidense no es encierro: es neutralidad estratégica, defensa del interés nacional, prudencia militar y rechazo a aventuras imperiales. Trump —con sus ambigüedades y su caos— retomó esa tradición: menos guerras, más frontera, más industria, menos cruzadas moralistas. Desde este punto de vista, Israel y el sionismo internacional no ayudan demasiado. En ese sentido, Buchanan ha llegado a decir que el Congreso de USA es un territorio ocupado por Israel… 🇮🇱

Buchanan sobre la presión del AIPAC en el Congreso de USA

¿Y qué le está pasando a USA según Buchanan? Algo simple: ya no es una nación, sino un conglomerado de tribus. No hay lengua común, ni historia común, ni canon cultural compartido. Un país que no sabe quién es no puede ser potencia estable. Y aquí Buchanan no perdona a la derecha: la acusa de haberse globalizado, de arrodillarse ante Wall Street, el sionismo, de abandonar a la clase trabajadora, de promover guerras ajenas, de destruir empleos propios con tratados comerciales suicidas, y de rendirse culturalmente al progresismo. Para él, la “derecha” moderna ya no es conservadora: es un departamento tercerizado del globalismo económico-militar.

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Durante su tiempo cerca del poder, especialmente con Nixon, Buchanan promovió una estrategia que hoy parece ciencia ficción: contención realista, distensión prudente, reformas industriales, protección moderada, reducción de bases militares inútiles, retirada gradual de guerras sin sentido. Nixon ejecutó parte de ello —Vietnamización, distensión, apertura a China como maniobra geoestratégica y no como rendición económica— pero el aparato imperial ya marchaba en piloto automático. Washington se volvió una burocracia que produce imperio aunque arruine al país.

La visión del poder en Buchanan es de una simplicidad brutal: el poder nace de la nación, no del imperio. Una nación sin cohesión, sin industria, sin fronteras, sin hijos y sin fe es incapaz de sostener un ejército confiable, un proyecto histórico o una política exterior coherente. La república es el corazón; el imperio es el tumor. Si el tumor crece, el corazón colapsa.

Entre sus relatos más jugosos aparecen algunos dignos de recordar:

1.    Cuando Nixon, paranoico, lo llamó al amanecer para preguntarle si la prensa realmente lo odiaba tanto, Buchanan le respondió con diplomacia prusiana que sí, que lo odiaban incluso más de lo que él imaginaba.

2.    El célebre recuerdo —auténtico, no inventado— donde advertía que convertir cada conflicto global en cruzada moral destruiría al país desde dentro; sus advertencias quedaron archivadas, Vietnam hizo el resto. Kissinger jamás le escuchó.

3.    Su guerra abierta contra los neoconservadores en los 90, acusándolos de enviar a hijos ajenos a guerras propias y de querer exportar democracia mientras importaban desindustrialización.

4.    Las míticas escenas de campaña del 92, cuando obreros desempleados lo recibían en fábricas cerradas explicándole que “el sueño americano murió en un tratado comercial”, mientras los republicanos se sacaban selfies hablando de “liderazgo global”.

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¿Hacia dónde va Occidente? Hacia un futuro sin épica: no una caída gloriosa, sino un desvanecimiento, un lento apagón. Occidente no perecerá en una batalla, sino en un bostezo civilizatorio. No será derrotado por bárbaros, sino por su propia fatiga. Un Occidente que deja de tener hijos, que celebra su disolución cultural como progreso, que moraliza al mundo mientras no puede ordenar su propia casa, que confunde tolerancia con suicidio… está caminando hacia la penumbra. Buchanan no ofrece esperanza pastel. Ofrece la lucidez amarga de quien ve un ocaso civilizatorio y se pregunta si quedará algún rescoldo para encender una chispa antes de que la noche lo devore todo.

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