Multiplicando penes: 👀 de la cocaína a la nueva teología roja con sudor tropical 🍌

Multiplicando penes: 👀 de la cocaína a la nueva teología roja con sudor tropical 🍌
Trump finalmente asedia a Maduro

Karl Marx escribió que la religión es el opio de los pueblos. La frase —repetida hasta el bostezo en aulas universitarias— pretendía denunciar un mecanismo: anestesiar el dolor real con promesas metafísicas mientras la miseria material seguía intacta. Marx odiaba la ilusión consoladora porque distraía del hambre concreta. Hasta ahí, el diagnóstico tenía filo.

Lo irónico —y trágico— es que el marxismo histórico terminó convirtiéndose exactamente en aquello que denunciaba. Peor aún: no en opio, sino en una droga más dura, más rentable y mucho más sangrienta: la cocaína. Y además promete que multiplicará no ya los panes y peces, sino los penes. 

Porque el socialismo del siglo XXI (tras 30 años de tragedia experimental) ya no funciona como ideología económica, ni siquiera como proyecto político. Funciona como religión secular, con dogmas incuestionables, herejes cancelados y una liturgia que exige fe absoluta incluso cuando el plato está vacío.

"Venga por mi, cobarde". Y fueron a por él...

El socialismo como hambre y obediencia

En su versión tardía, bananera y tropical, el socialismo dejó de prometer prosperidad futura y pasó a exigir obediencia presente. No importa que falte comida, que el salario sea humo o que millones huyan: el creyente debe repetir el credo. Si la realidad contradice la doctrina, peor para la realidad.

El socialismo ya no explica el mundo: lo niega.
Ya no emancipa: somete.
Ya no organiza la producción: organiza la culpa.

Y como toda religión decadente, necesita un enemigo externo permanente —el “imperio”, el “bloqueo”, el “neoliberalismo”— para justificar su propio fracaso estructural.

Del opio a la cocaína

Aquí aparece el giro verdaderamente obsceno.

El marxismo clásico al menos fingía una ética del trabajo, de la producción, de la planificación racional. El socialismo del siglo XXI abandona incluso esa coartada y se entrega a economías parasitarias: contrabando, minería ilegal, extorsión… y narcotráfico.

En países como Venezuela, el socialismo ya no anestesia al pueblo con promesas; lo mantiene sedado con hambre y terror, mientras la cúpula se financia con rutas de cocaína. El “Estado obrero” muta en narco-Estado místico y Pacha-mamador, donde la revolución ya no se sostiene con discursos sino con dólares manchados de sangre.

Marx hablaba de opio como metáfora.
Sus herederos lo hicieron literal —y luego subieron la apuesta.

Terrorismo

El nexo Maduro-Hezbollah (clic para leer artículo)

A esta teología roja, además, le brotaron apéndices aún más oscuros. Bajo el discurso antiimperialista y la retórica de la “soberanía de los pueblos”, el socialismo del siglo XXI abrió la puerta —con entusiasmo y complicidad— a redes terroristas extranjeras que encontraron en Sudamérica un santuario blando. La alianza con Irán no fue simbólica ni diplomática: fue operativa. Células de Hezbolá, estructuras financieras opacas y agentes vinculados a la Guardia Revolucionaria Islámica encontraron refugio en territorios donde el Estado había sido degradado a consigna. En nombre del “antiimperialismo”, se legitimó la importación de un conflicto ajeno, teocrático y brutal, que nada tiene que ver con la justicia social y todo con el crimen organizado, el lavado de dinero y la geopolítica del terror. Así, el socialismo latinoamericano terminó haciendo de monaguillo útil de una yihad ajena: una izquierda que se decía laica terminó arrodillada ante clérigos armados, siempre que compartieran enemigo.

El altar vacío

Lo más cruel es que esta religión roja no ofrece salvación. Solo exige sacrificios. El pueblo pone el cuerpo; la élite pone la retórica. El resultado es una masa exhausta, dependiente, desmoralizada, que ya no cree pero tampoco puede dejar de fingir que cree.

Y así, el socialismo logra su obra maestra: un pueblo hambriento que aún agradece al verdugo, convencido de que el dolor es culpa de otro.

Epílogo (que Marx no habría soportado)

Pachamama

Si Marx levantara la cabeza, no encontraría proletarios emancipados ni conciencia revolucionaria. Encontraría sacerdotes del Estado, generales-empresarios y burócratas enriquecidos predicando igualdad desde mansiones blindadas.

La religión, al menos, prometía el cielo. El socialismo del siglo XXI ni eso: promete resistencia eterna… y entrega cocaína.

El opio era una metáfora. El nuevo socialismo prefirió el negocio del narco Estado.

Read more