Los Therians: nada nuevo bajo el sol de la locura 🤪

Los Therians: nada nuevo bajo el sol de la locura 🤪

El discurso amable sostiene que los Therians 🦊 son un fenómeno nuevo, hijo tardío de Internet, de comunidades virtuales y de una sensibilidad identitaria que finalmente “da lugar” a experiencias subjetivas antes silenciadas. Una tribu urbana inocente. Se los presenta como personas que “siempre supieron” que no eran del todo humanas, que desde la infancia sintieron una conexión profunda con un animal interior y que, gracias a la apertura cultural contemporánea, ahora pueden nombrar esa vivencia sin miedo. El relato es siempre el mismo: autenticidad del ser reprimida, identidad emergente, reconocimiento social como acto de justicia histórica. La locura, convenientemente, desaparece del vocabulario y es reemplazada por palabras blandas: vivencia, experiencia, diversidad, nueva sensibilidad.

Pero basta correr el velo ideológico para advertir que no estamos ante nada radicalmente nuevo. Lo que cambia no es el fenómeno, sino el marco que lo contiene. Durante siglos —y de forma muy clara en la psiquiatría clásica— los sujetos que afirmaban ser animales, transformarse en animales o poseer una identidad no humana eran comprendidos como lo que efectivamente eran: cuadros delirantes, a menudo ligados a una despersonalización psicótica del Yo, melancolías graves, esquizofrenias, psicosis tempranas o estados crepusculares de consciencia disociada. La licantropía clínica no era una metáfora poética sino un diagnóstico psicopatológico. Esos sujetos no eran celebrados, ni “validados”, ni invitados a formar comunidades identitarias: hasta hace no muchos años atrás estaban internados. No por crueldad, sino porque habían perdido el anclaje básico con la realidad social compartida.

La diferencia decisiva es que esos sujetos estaban en manicomios. Y los manicomios —con todos sus defectos reales y sus abusos históricos— cumplían una función social elemental: separar el delirio del espacio público. No para negarlo, sino para contenerlo. El progresismo tardío, sin embargo, necesitaba destruir también esa frontera. Y lo hizo bajo una bandera moral impecable: la lucha contra las llamadas “instituciones totales”. Con este término se designa a espacios cerrados como manicomios, cárceles o cuarteles, donde la vida del individuo está completamente reglada, separada del mundo exterior y sometida a una autoridad centralizada. La crítica progresista sostiene que estas instituciones anulan la subjetividad y producen más daño que cura. Lo que raramente se menciona es que también cumplen la función básica de proteger a la sociedad (a las mayorías sociales) del desborde de aquello que no puede autolimitarse.

La llamada “desmanicomialización” (abolir los manicomios) no surge de un descubrimiento clínico revolucionario, sino de una operación ideológica sostenida por una constelación muy precisa de figuras militantes de la izquierda radical. Franco Basaglia convirtió al manicomio en un símbolo del fascismo cotidiano; Michel Foucault transformó la locura en un producto histórico del poder disciplinario; R. D. Laing romantizó la psicosis como viaje existencial auténtico; David Cooper habló sin pudor de la esquizofrenia como un acto revolucionario del sujeto; y Félix Guattari terminó de dinamitar la clínica psicológica al disolver el sujeto en flujos, máquinas deseantes y fantasías políticas tan delirantes como él. En todos los casos, el loco dejaba de ser un paciente para convertirse en un disidente del orden capitalista burgués. El delirio ya no era una ruptura con la realidad, sino una forma alternativa de verdad y de acto revolucionario. El resultado fue tan previsible como devastador: cierre masivo y progresivo de instituciones, externalización de pacientes graves y una romantización obscena del sufrimiento mental.

Desde entonces, la locura no desapareció, desde luego. Simplemente cambió de escenario y de significación. Lo que antes estaba confinado ahora circula en parques y avenidas. Lo que antes era clínico ahora es identitario. El Therian no es otra cosa que el heredero “amigable” del delirante zoológico de antaño, con una diferencia crucial: ya no hay psiquiatra que diga “esto es un delirio”, porque hacerlo sería “violento”. El diagnóstico fue reemplazado por el aplauso, por la validación condescendiente.

Aquí aparece una pregunta que el progresismo de izquierdas evita con auténtico pavor: ¿puede un psiquismo descompensado, que ha perdido la frontera simbólica entre lo humano y lo animal, ser potencialmente peligroso en la vía pública? La respuesta honesta es incómoda, pero muy clara: sí, puede serlo. No porque el Therian sea “malvado”, sino porque el delirio no es inocuo. Cuando la identidad deja de organizar la conducta en torno a normas compartidas, el juicio de realidad se vuelve frágil, la impulsividad aumenta y la lectura de las señales sociales se distorsiona. Un sujeto que se percibe como depredador, presa, criatura territorial o entidad no humana puede reaccionar de forma imprevisible ante frustraciones, amenazas imaginadas o simples roces cotidianos. Históricamente, la psiquiatría no internaba por sadismo, sino porque sabía que el delirio desatado no solo pone en riesgo al sujeto, sino también al entorno. Negar esta posibilidad en nombre de la “inclusión social” no es humanidad: es una enorme irresponsabilidad.

El patrón se repite con una regularidad tragicómica. Los mismos sectores ideológicos que celebran a los Therians, promueven la ideología de género como dogma incuestionable y defienden la liberación de reclusos carcelarios en nombre de la “humanización” de las cárceles, especialmente en el tercer mundo, así como la "doctrina Zaffaroni" en derecho penal, todo en nombre de la no represión. Son los mismos. Siempre la misma lógica: abolir límites, deslegitimar instituciones, confundir compasión con negligencia y llamar progreso al aumento sostenido de la entropía social. Marxismo cultural reciclado, con lenguaje emocional y estética terapéutica.

No hay aquí amor por el loco, ni respeto por la diferencia. Hay irresponsabilidad moral elevada a falsa virtud política. Porque cuando todo delirio es identidad, ya nada es realidad. Cuando todo límite es opresión, el caos se vuelve la norma. Y cuando el Estado, la clínica y la cultura renuncian a decir “no”, lo animal no emerge como potencia vital, sino como caricatura patológica.

El Therian no es la prueba de una humanidad más libre, sino el síntoma de una civilización que perdió el coraje de llamar a las cosas por su nombre. Antes, estos sujetos estaban encerrados. Hoy están en redes sociales, en congresos académicos y en papers con lenguaje inclusivo. No porque estén mentalmente mejor, sino porque nosotros estamos peor. Y el progreso, una vez más, no es avance: es regresión maquillada de sensibilidad hacia la decadencia.

Read more