Los policías 👮🏻‍♂️ del pensamiento: los que gritan "¡Facho!" ✊🏻

Los policías 👮🏻‍♂️ del pensamiento: los que gritan "¡Facho!" ✊🏻

Vamos a decirlo sin rodeos: vivimos bajo la tutela de policías del pensamiento. No llevan uniforme ni pistola, pero cumplen el mismo papel. Vigilan, sancionan, adoctrinan. Se quejan del fascismo, pero actúan como fascistas. Su arma no es el revólver, sino la cátedra universitaria; su amenaza no es la cárcel, sino el ostracismo social. Nos los presentan como filósofos, como rebeldes, como voces críticas. Como valientes. Pero su verdadera función es la más vieja: custodiar el dogma cultural y blindar a las élites que los alimentan con dinero público.

Sartre, Foucault, Derrida, Deleuze, Habermas, Marcuse, Žižek, Vattimo, Chomsky… el santoral de la nueva izquierda. Una izquierda de pretendida elegancia, aunque repugnantemente santurrona en su moral. Nos los venden como genios de la emancipación, cuando en realidad han sido comisarios culturales y cómplices. Sartre jamás pidió perdón por su culto a Stalin y a Mao, aun cuando las pruebas de gulags y genocidios eran imposibles de negar.

caricatura de Foucault vestido de oficial soviético (hasta donde la IA me lo permitió...)

Foucault, celebrado como analista de los dispositivos de poder, nunca reconoció ser él mismo parte del engranaje, y hoy sabemos —por las confesiones de Guy Sorman— que en sus viajes al norte de África cometía pederastia con menores, algo que el establishment intelectual prefiere silenciar.

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Derrida convirtió el lenguaje en una máquina de sinsentido, útil para blindar cualquier ideología “deconstructiva”. Habermas disfrazó la sosería burocrática de “racionalidad comunicativa”. Deleuze y Guattari canonizaron la esquizofrenia como metáfora revolucionaria. Marcuse inventó la fórmula perfecta de la censura progresista con su “tolerancia represiva”. Žižek, bufón oficial del templo, hace del desorden verbal un espectáculo para entretener a la progresía universitaria.

Slavoj Žižek

Y Vattimo, orgulloso de su homosexualidad, jamás hizo nada útil como diputado en el Parlamento Europeo, excepto una constante apología LGBT que sirvió más como gesto propagandístico que como obra política real.

"Gianni" Vattimo

Hans Hermann Hoppe lo explica con precisión: el poder necesita intelectuales que lo legitimen, y dado que el poder va de la mano del Estado, es obvio que dicha legitimación siempre vendrá desde una izquierda estatista. El político, por sí mismo, es burdo e ignorante, sospechoso, corrupto. El intelectual, en cambio, aparece como altruista, como sacerdote de la razón. Es él quien traduce la coacción en “justicia social”, el saqueo fiscal en “redistribución”, la censura en “cuidado del sujeto”. Y Roger Scruton completó el diagnóstico: estos pensadores no sólo justificaron al poder siempre, también fabricaron ejércitos de tontos útiles en las academias estatales. Porque las universidades públicas hacen eso: producen repetidores locuaces. 

Hans Hermann Hoppe, pensador libertario

La expresión, atribuida a Lenin, les calza perfectamente: “tontos útiles”. Jóvenes que podrían haber aprendido a pensar, pero que terminan domesticados en jerga crítica. Creen ser rebeldes, pero patrullan el lenguaje como carceleros. Creen ser críticos, pero sólo saben acusar: “¡Facho! ¡¡Facho!! ¡¡¡Facho!!!” Creen ser libres, pero han sido adiestrados como ratas de Skinner para repetir el catecismo progresista con fervor inquisitorial.

El caso de la psicoanalista Elisabeth Roudinesco lo confirma: una mujer biempensante de la burguesía de izquierda francesa, socialista caviar, que se erigió como agente de censura contra el libertario Michel Onfray cuando este osó criticar el mito de Freud en su libro. Su reacción fue ejemplar de la nueva progresía: no debatir, no refutar, sino prohibir, excluir, acallar, e incluso difamar de pedofilia y antisemitismo si es necesario. No son rebeldes: son guardianes de un templo laico que sólo admite herejes para quemarlos en la plaza pública. En este caso, con la complicidad del lobby psicoanalítico. 

Elisabeth Roudinesco. Inquisidora a la francesa

Porque eso son, al final: burguesía socialista caviar, nuevos oligarcas progresistas. Viajan con becas y subsidios, dictan cátedra sobre “justicia social” en auditorios pagos con impuestos proletarios, cenan en refinados restaurantes mientras sermonean al obrero sobre redistribución de la riqueza, mientras este los está subsidiando con su propia riqueza confiscada. Son los comisarios culturales de un discurso que llaman “crítico”, pero que en realidad es la forma más sórdida del establishment político.

Scruton lo vio con claridad: el relativismo que predican no libera, encadena. El consenso sustituye a la genuina búsqueda de la verdad, pero siempre con sesgo: sólo el consenso de izquierda es válido, todo lo demás es “fascismo”. El relativismo es apenas la coartada de un absolutismo moral.

Recomendable obra del pensador británico Roger Scruton

No puede faltar Noam Chomsky, el sumo sacerdote de la izquierda académica norteamericana: adalid de la libertad de expresión que sin embargo pidió castigo para quienes desean investigar más el Holocausto, libertario verbal que aplaudió dictaduras cuando eran “antiimperialistas” (como Venezuela), denunciante implacable de la CIA mientras justificaba a regímenes que hacían lo mismo o peor. El hombre que acusa a Occidente de toda opresión mientras disfruta de su salario en el MIT, protegido por el propio sistema que dice detestar.

Observemos la reunión cómplice entre el "libertario" de izquierdas Chomsky y Chávez

Una paradoja con barba: radical en la tribuna, burgués cómodo en la práctica.

Noam Chomsky

Y Marcuse nos dio la receta exacta de este veneno: la “tolerancia represiva”. Su lógica es perversa y simple a la vez: hay que tolerar solo a las voces que promuevan el “progreso” y reprimir —es decir, censurar, callar, excluir, pulverizar— a las voces que lo cuestionen. En otras palabras, no se trata de libertad para todos, sino de libertad para los correctos y silencio para los demás. Ejemplo concreto: una universidad que abre sus puertas a todo activismo feminista, LGBT o anticapitalista, pero que prohíbe conferencias de conservadores o liberales porque “fomentan el odio”, y que hasta aplauden el asesinato de Charlie Kirk. Eso es la tolerancia represiva: se celebra como democracia lo que en realidad es censura selectiva y totalitaria.

Fragmento de entrevista a Herbert Marcuse sobre la "tolerancia represiva"

Yo no veo profetas ni sabios. Veo oscuros y perversos comisarios. Catequistas de la corrección política. Policías del pensamiento. Y mientras sigamos venerando sus nombres, seguiremos presos de su dogma: un absolutismo disfrazado de crítica, una obediencia disfrazada de libertad.

Por eso, mi invitación es clara: estudien a los policías del pensamiento. Lean todos sus libros no para reverenciarlos, sino para exponerlos, desarmarlos y refutarlos. Que nadie se deje intimidar por su jerga hueca ni por su falsa aureola de prestigio. El orden progresista debe ser dejado atrás. Y la primera tarea es arrancarle la máscara a sus guardianes.

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