Las Universidades: templos de la decadencia 👩🏾‍🎓

Las Universidades: templos de la decadencia 👩🏾‍🎓

Las universidades modernas son la prueba viviente de que una civilización puede aniquilarse no por ser atacada desde fuera por la barbarie, sino por exceso de iluminación defectuosa desde dentro. Occidente inventó la universidad como un “templo de la razón”; el progresismo moderno la convirtió en un spa moral donde las masas buscan absolución sin haber pecado, donde el joven medio llega como hoja en blanco y sale como panfleto ambulante.
No hay tragedia más elegante que ver a un chico inteligente desprenderse voluntariamente de su inteligencia a cambio de un carnet de superioridad moral e ideológica.

Universidad de Berkeley

El filósofo que duerme detrás de esta decadencia no es Platón ni Kant.
Es un híbrido grotesco: medio Paulo Freire, medio influencer de TikTok, medio Marx, medio sacerdote maya sacrificando vírgenes a cambio de “sensibilidades sociales”. Las universidades actuales ya no producen conocimiento: producen “sensaciones epistemológicamente validadas”. Vísceras convertidas en argumentos. Afirmaciones convertidas en verdades. Y emociones vacuas convertidas en “ciencia social”.

Y por eso el historiador Paul Johnson, con su lucidez rabiosa, dispara sin piedad:

“Las universidades son las instituciones más sobrevaloradas de nuestro tiempo. De todas las calamidades que ha sufrido el siglo veinte, aparte de las dos guerras mundiales, la expansión de la educación superior, en los años 50 y 60, fue la más duradera. Existe el mito de que las universidades son custodios de la razón. A decir verdad, son invernáculos donde florece el extremismo, la irracionalidad, la intolerancia y el prejuicio, donde el esnobismo social e intelectual se cultiva casi deliberadamente y donde los profesores procuran contagiar a sus estudiantes su propio pecado de orgullo.” (“Al diablo con Picasso y otros ensayos”, 1997)

historiador Paul Johnson

Y es así.
Los campus universitarios son hoy huertos hidropónicos de ideologías sin raíces, donde se riega con dinero público la producción en masa de “soldaditos woke”: jóvenes que jamás trabajaron, jamás arriesgaron nada y jamás defendieron algo real, pero que creen hablar desde una autoridad moral de magnitud cósmica.
Es la crianza del revolucionario con tarjeta de abono social.

Parte del veneno contemporáneo viene de un estallido ideológico muy concreto: las corrientes radicales que surgieron en los Estados Unidos desde los años 70. Ahí se incubó el feminismo lésbico de Andrea Dworkin —para quien todo sexo heterosexual era ya violencia— y el puritanismo punitivo de Sheila Jeffreys, que soñaba con abolir la heterosexualidad misma. Desde el pensamiento decolonial reinterpretado por Frantz Fanon nació un racismo anti-blanco que logró reaparecer maquillado como justicia histórica. Y el golpe final llegó con Judith Butler, que convirtió el sexo en “género performativo”, inaugurando la era en la que la biología fue expulsada como obra de teatro patriarcal. Todas estas corrientes, marginales en su tiempo, encontraron en los campus el caldo de cultivo perfecto para convertirse en dogmas de Estado mediante el adoctrinamiento de la educación pública.

Satira 1 – Ideología de género

La nueva ciencia de género universitaria funciona como un politeísmo disciplinario: hay mil géneros, todos válidos excepto el masculino; hay mil opresiones, todas reales excepto las que no encajan en la narrativa; y hay mil identidades, todas auténticas excepto la identidad de quien se niega a jugar ese juego.
Las facultades se han convertido en oráculos donde la naturaleza es una sugerencia y la biología, una opinión inconveniente.
Es hermoso ver cómo la misma institución que no puede enseñar estadística básica pretende reescribir la estructura ontológica del cuerpo humano. La Universidad Alquímica del Siglo XXI: transforman penes en construcciones discursivas y ovarios en metáforas narrativas.

Sátira 2 – Decolonialismo

Y qué decir del pensamiento decolonial: un proyecto intelectual que pretende liberar al alumno occidental de su “opresión cultural” mientras le cobra matrícula en dólares, lo adoctrina con Foucault mal digerido y lo invita a desacreditar todo lo que Occidente construyó… dentro de edificios levantados con ingeniería occidental prefabricada made in China.
Según el credo decolonial, para pensar bien hay que desear la sabiduría del chamán y la arquitectura de la choza del Pacífico, porque decir “progreso” es como volver al Neolítico.
Es el único movimiento en la historia donde la élite universitaria cobra sueldo estatal para enseñar que la élite universitaria es mala. Un exotismo epistemológico con aire acondicionado.

Sátira 3 – Justicia social

La justicia social distributiva, por su parte, opera como la religión oficial de los campus: una liturgia completa con santos, mártires, confesión de privilegios y penitencias.
Es un cristianismo sin Cristo: culpa sin redención, pecado sin perdón, moralismo sin trascendencia.
Los nuevos sacerdotes —activistas de 19 años que jamás han visto la miseria real— predican desde sus iPhones que el capitalismo es opresor, mientras sus becas, sus laptops y su educación entera están financiadas por la “estructura” que denuncian.
Es admirable la gimnasia mental que les permite odiar al sistema bancario desde una MacBook que pagó su papá.

La paradoja es filosóficamente deliciosa:
las universidades se convirtieron en máquinas de producir resentimiento social financiadas por la propia sociedad que estas odian.
Un experimento perfecto de parasitismo moral.

Los profesores viven de la crítica al capitalismo, pero se jubilan con él.
Los estudiantes viven de denunciar privilegios que no tienen, inventando opresiones para justificar su falta de mérito.
Las facultades viven de reproducir culpas que sólo existen dentro de sus paredes.
Y el Estado vive de financiar todo ese circo para mantener dócil a una generación de cristal que teme al mundo real.

Las universidades ya no son el lugar donde uno se eleva para comprender la realidad, sino el lugar donde uno se degrada para evitar enfrentarla.
Son monasterios invertidos: antes los monjes renunciaban al mundo para buscar la verdad; ahora los estudiantes renuncian a la verdad para construir un mundo imaginario donde jamás tendrán que trabajar, competir o ser juzgados por resultados de eficacia.

La tragedia es incluso metafísica:
Las universidades dejaron de ser faros y se convirtieron en pantanos.
No iluminan: humedecen.
No enseñan: distorsionan.
No forman ciudadanos: fabrican activistas patéticos.
No apuntan al cielo: lo reemplazan con un Canva de teoría crítica.

Si Platón viviera y entrara hoy en una facultad de ciencias sociales, saldría corriendo a abrazar a los sofistas.

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