La sociedad cerrada 🔐 y sus amigos: a 80 años de Karl Popper
Hay un prototipo humano particularmente entrañable: el liberal de camisa planchada y Excel 365, convencido de que la sociedad funciona como un reloj suizo si uno calibra bien los incentivos. Cita a Karl Popper entre sorbo y sorbo de café orgánico, habla de “instituciones resilientes” y “marcos regulatorios óptimos”, y sonríe con la tranquilidad de quien cree haber dejado atrás ciertas tentaciones ideológicas del siglo XX. Él no es historicista, no señor. Él cree en la “racionalidad incremental”, en la mejora continua, en la ingeniería social gradual… pero con modales. Con métricas. Con indicadores The Economist.

Conviene explicarle al lector promedio qué defendía realmente Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos. Popper distinguía entre sociedades “cerradas” —regidas por dogmas incuestionables y líderes que se arrogan el monopolio del destino histórico— y sociedades “abiertas”, donde las instituciones permiten crítica, alternancia pacífica en el poder y corrección de errores sin violencia. Su enemigo sería el historicismo: la creencia de que la historia obedece a leyes necesarias e ineludibles, el destino manifiesto que una élite puede descifrar y ejecutar mediante la voluntad política. Como el conocimiento humano crece de forma imprevisible, decía Popper, cualquier intento de planificar el futuro en bloque es intelectualmente arrogante y políticamente muy peligroso. La alternativa no es la utopía, sino la “ingeniería social gradual”: pequeñas reformas, reversibles, evaluables. Ensayo y error en vez de redención final.

Hasta aquí, todo muy sensato. Después de algunos delirios del siglo XX, la propuesta suena como agua fresca. El problema es que, en su rechazo a las grandes utopías, Popper introduce una fe -ay- aún más sutil: la creencia en que el mecanismo institucional liberal, si se ajusta progresivamente mediante crítica racional, tenderá a mejorar indefinidamente. No promete el paraíso; promete corrección constante. No predice el fin de la historia; confía en la dirección correcta del ajuste técnico por siempre. Es una teleología en zapatillas, discreta, pero teleología al fin.

La historia real no ha sido tan obediente al manual de Mr. Popper. La República de Weimar era formalmente abierta, constitucional, moderna. Utilizó sus propios procedimientos para abrir la puerta al régimen que la desmanteló. Por otro lado, democracias liberales internaron ciudadanos, promovieron golpes de Estado en nombre de la estabilidad geopolítica y extendieron aparatos de vigilancia masiva mientras seguían proclamando libertad. Tras el 11 de septiembre, la expansión de la NSA mostró que la sociedad abierta puede abrazar el espionaje sistémico sin necesidad de abandonar su retórica ilustrada. Y en el siglo XXI, plataformas tecnológicas como Google han perfeccionado una economía de la atención donde cada clic es dato, cada dato es perfil y cada perfil es predicción conductual de millones de seres humanos. No hay gulag; hay algoritmo. No hay censura burda; hay indexación estratégica.

Aquí entra nuestra tesis, menos diplomática: la ingeniería social gradual popperiana no neutralizó la ingeniería social totalitaria, la convirtió en método permanente. Reforma tras reforma, política tras política, el Estado socialdemócrata fue expandiendo su radio de intervención con la legitimidad del “ajuste técnico”. No hay salto revolucionario, hay acumulación regulatoria. No hay hombre nuevo proclamado, pero hay ciudadano permanentemente optimizado. Del Welfare al “nudging”, del nudging a la gobernanza algorítmica, y de ahí al wokismo globalista que patrulla el lenguaje mientras las agencias de inteligencia patrullan los metadatos que monetizan nuestra privacidad. Somos ratas en una caja de Skinner a escala planetaria llamada “aldea global”, reforzadas con notificaciones intermitentes mientras alguien, en algún servidor refrigerado, modela nuestras curvas de comportamiento.

Y si uno quiere ver la versión premium de este experimento, basta mirar hacia el norte. Los países escandinavos, con su reputación de paraísos racionales, parecen la encarnación geopolítica de la ingeniería gradual. Todo funciona, todo es transparente, todo es eficiente. Pero también todo está meticulosamente gestionado: impuestos elevados, Estado expansivo, consensos morales fuertes, regulación omnipresente que anula toda expresión individual distinta a la grupal. Es el laboratorio perfecto de la reforma incremental que nunca se detiene. No hay revolución; hay actualización constante del firmware social. El progresismo allí no grita, sonríe. No impone a golpes, integra mediante consenso cultural abrumador. Y cuando ese consenso se desplaza hacia agendas identitarias cada vez más sofisticadas, el movimiento no parece ruptura, sino simple continuación lógica del mismo proceso. La ingeniería social no se vive como imposición, sino como madurez colectiva que progresa. El historicismo esta vez no proclama destino; susurra avance.

Mientras tanto, el caso Epstein funciona como recordatorio incómodo de que la apertura formal no garantiza transparencia real. Un entramado de élites políticas, financieras y académicas operó durante años en democracias bien consolidadas. Cuando el escándalo estalló, el sistema no colapsó —lo cual tranquiliza al liberal de Excel— pero tampoco se sometió a la purga cristalina que el ideal popperiano sugeriría. Hubo ruido, indignación, algunos juicios. Y luego, silencio estructural. La crítica fue absorbida, metabolizada, archivada.
Popper denunció el historicismo que prometía un fin glorioso de la historia. Lo que no anticipó con suficiente radicalidad es que la confianza en la corrección institucional puede convertirse en nuevo mito totalitario. La sociedad abierta, convertida en identidad moral, empieza a defenderse como cualquier otra ortodoxia. El liberal de camisa planchada insiste en que todo exceso es anomalía corregible, nunca síntoma estructural. El sistema siempre se autorregula. Siempre. Como un reloj suizo. Hasta que un día el engranaje no encaja, y entonces la explicación no es falla del diseño, sino ruido estadístico.
Si tomamos en serio el principio popperiano de que ninguna teoría debe quedar a salvo de la crítica, entonces su propia fe en la ingeniería gradual debe enfrentarse a la evidencia: sociedades abiertas que producen vigilancia masiva, enclaves oligárquicos, ortodoxias culturales asfixiantes y consensos que castigan la disidencia reputacionalmente. No necesitamos profetas del destino para terminar en un totalitarismo blando; basta con una acumulación constante de ajustes razonables.

Popper nos enseñó a desconfiar del filósofo-rey que cree conocer el futuro. Tal vez ahora toque desconfiar del tecnócrata sonriente que, con su Excel impecable y su fe en el progreso incremental, convierte el presente en un laboratorio permanente. Porque si la sociedad abierta no puede cuestionar su propia ingeniería, termina siendo simplemente una sociedad cerrada que habla con buenos modales. Y eso, por más suizo que suene, sigue siendo una forma de dogma.
Y quizás la ironía final —la que merece una sonrisa torcida— es que Popper, en su cruzada contra los enemigos de la sociedad abierta, termina pavimentando el camino para una sociedad cerrada de amigos. Amigos razonables, civilizados, bien indexados en Google Scholar, que se citan entre sí y se certifican mutuamente como guardianes de la crítica. Amigos que no prohíben, pero desacreditan; que no encarcelan, pero expulsan del circuito reputacional; que no queman libros, pero los dejan morir en el algoritmo. La sociedad abierta se convierte así en club privado de los que saben cómo hablar correctamente. Ya no hace falta un dogma metafísico: basta con un consenso moral administrado por tecnócratas y validado por métricas. Popper demolió al profeta que pretendía cerrar la historia; sus herederos, con modales impecables, la gestionan como si ya estuviera resuelta. Y así, en nombre de la crítica permanente, nace una nueva ortodoxia que no se reconoce como tal, porque está demasiado ocupada celebrando su propia tolerancia.