La sexualización temprana del niño: 👦¿un proyecto ideológico...? 🙋🏻♂️
Este artículo es especialmente irreverente y polémico. Porque lo que acá mostramos deja traslucir que lo que hoy vemos como consecuencia de esos programas educativos sexuales “integrales” en los colegios y escuelas, o el acceso al contenido para adultos que el "mundo libre" les sirve en bandeja online también a los pibes y adolescentes, empezaron siendo una serie de ideas de intelectuales facciosos, todos además pertenecientes a la misma "familia genealógica"...
En muchos países hoy, los programas “educativos” enseñan a los niños de temprana edad a tocarse, a “cambiar de género” en talleres grupales, a trasmutar sensaciones, a explorar “otras narrativas”… a “deconstruirse” (siempre terminamos en esta palabrita salida de una alcantarilla filosófica). Estas ideas, estimado lector, no comenzaron hoy, sino que poseen una historia genealógica, y poseen a sus fautores. Hoy vemos su implementación masiva mediante ingeniería social y política. Pero primero alguien las diseñó.

Para los bienpensantes que ya están preparando el grito de “¡cherry picking!”, “¡conspiranoia!” o “¡antisemitismo velado!”, dejemos esto claro de una vez: este artículo no ha hecho selección caprichosa ni ha sacado de contexto a unos pocos para armar un relato sesgado. Hemos tomado figuras centrales, influyentes y documentadas de la teoría crítica, el feminismo radical y el marxismo cultural que efectivamente marcaron la agenda sobre sexualidad, familia, infancia y género en el siglo XX y XXI. Todos los nombres mencionados —Kun, Lukács, Marcuse, Firestone, Dworkin, Freud, Kollontai, Butler— son pilares reconocidos en sus campos, citados en bibliografías académicas, programas universitarios y debates feministas/marxistas sin disputa. No hay oscuros conspiradores de segunda fila; son los que escribieron los libros que se leen en las facultades de ciencias sociales, los que dieron conferencias, los que inspiraron leyes, currículos y movimientos. Quien quiera ser más exhaustivo y busque por su cuenta a otros “hijos del bien” —los que no entraron por espacio o porque su aporte fue menos directo— va a encontrar el mismo patrón genealógico, ideológico y temático una y otra vez: judíos asimilados de Europa central y oriental (o sus descendientes directos en EE.UU.) que, desde la periferia de la sociedad occidental, usaron el marxismo y el psicoanálisis como herramientas para desmontar las estructuras cristianas, familiares y reproductivas que veían como opresoras. La indignación que eso genere no invalida los hechos; solo confirma que el patrón existe y molesta cuando se nombra sin anestesia. Si a Ud. esto no le gusta, no siga leyendo.

Hay momentos históricos que duran poco y, sin embargo, dejan una estela conceptual que atraviesa décadas como una grieta que no se cierra nunca. La República Soviética Húngara de 1919 fue uno de ellos. Apenas 133 días de experimento revolucionario bajo el liderazgo de Béla Kun (nacido Béla Kohn), un agitador judío formado en el bolchevismo ruso, y con György Lukács (nacido György Bernát Löwinger) como comisario judío de Cultura y Educación. Dos tipos provenientes de la modernidad centroeuropea que entendieron algo decisivo: no alcanza con redistribuir la riqueza si la conciencia sigue intacta. El orden no se reproduce solo en la fábrica; se reproduce en el hogar, en la catequesis, en la manera en que un pibe aprende a amar, a obedecer, a diferenciar. Lukács, con su obsesión por la reificación —esa idea de que el capitalismo convierte todo en mercancía, incluida la mente humana—, aplicó el bisturí directamente a la familia y la educación, promoviendo reformas que incluían la nacionalización de los niños y la disolución de la “monogamia burguesa”, todo para romper la cadena de transmisión cultural que perpetúa la desigualdad desde la cuna, según su mentalidad.

Lukács entendió que la familia no era un simple refugio afectivo sino un aparato de transmisión simbólica, un engranaje ideológico que fabrica sujetos alienados. Si la moral cristiana forma individuos funcionales a una civilización determinada, entonces la revolución tiene que atravesar la moral, desmontarla como un reloj viejo para exponer sus presuntos resortes opresores. La educación sexual temprana que se ensayó durante aquel breve régimen comunista no fue un capricho excéntrico sino una consecuencia lógica: desactivar la tradición ahí donde empieza a inscribirse, en la infancia, antes de que el pibe internalice la culpa como segunda piel y se convierta en un engranaje más del sistema tradicional.

Pero antes de que estos bolcheviques europeos metieran mano en la psiquis colectiva, ya había un precursor que había desnudado al sujeto humano como un animal impulsivo disfrazado de civilizado: Sigmund Schlomo Freud, el judío vienés padre del psicoanálisis, que nos enseñó a ver al individuo —y especialmente al pibe— no como un ángel inocente sino como un “perverso polimorfo”, un ser cuya sexualidad se arma en fases primitivas y brutales. Oral, anal, fálica, latencia, genital: Freud pintó la infancia como un campo minado de deseos incestuosos y pulsiones anal-sádicas, donde el Edipo no es un mito griego sino el drama cotidiano que forja la neurosis.

El niño, en su visión, es un pequeño salvaje polimórficamente perverso, capaz de encontrar placer en cualquier zona erógena antes de que la represión social lo domestique. Esta idea, que escandalizó a la burguesía victoriana, sirvió de base para que los posteriores teóricos marxistas —como los de Frankfurt— vieran en la sexualidad infantil no solo un terreno psicológico, sino un frente político para desarmar la autoridad patriarcal y la familia nuclear, convirtiendo la libido en arma contra el capitalismo.
Algo parecido se estaba gestando en los inicios de la Unión Soviética. En la Unión Soviética temprana, bajo el puño bolchevique de Lenin y sus secuaces —muchos de ellos salidos de esa misma "familia genealógica" de judíos ashkenazis que tanto le gustaba dinamitar las raíces cristianas, como Trotsky (nacido Lev Bronstein) o Zinoviev (Grigori Radomylsky)—, las reformas en educación sexual no fueron un mero adorno progresista sino un ariete contra la familia y la moral tradicional, disfrazado de liberación proletaria.

Alexandra Kollontai, esa feminista roja que predicaba la "teoría del vaso de agua" —sexo sin culpa como quien se hidrata, para que la mujer no quede atada al hogar burgués—, impulsó programas en escuelas donde se enseñaba a los pibes desde temprana edad sobre higiene sexual, anticoncepción y la obsolescencia del matrimonio monógamo, todo para erradicar la "esclavitud doméstica" y colectivizar la crianza en comunas estatales; el aborto se legalizó en 1920 como un derecho revolucionario, no por empatía sino para que la hembra obrera produzca sin interrupciones, mientras la propaganda estatal convertía el deseo en herramienta de control, desmontando la inocencia infantil como un residuo feudal y preparando generaciones de sujetos desarraigados, perfectos para el engranaje totalitario que pretendía reemplazar a Dios por el Partido.

Décadas después, la crítica abandona el tono febril de la insurrección inmediata y se pone más sofisticada en el seno de la Escuela de Frankfurt. Herbert Marcuse, junto a todos los demás intelectuales judíos de primera línea de dicha Escuela, introduce una idea que todavía resuena: la represión sexual no es solo moralina heredada; es un engranaje estructural del principio de rendimiento, ese dogma capitalista que nos obliga a sublimar el deseo en trabajo productivo.

En su obra “Eros y Civilización”, distingue entre una represión básica, necesaria para cualquier convivencia sin caer en el caos, y una represión excedente, impuesta para garantizar docilidad productiva, esa "de-sublimación represiva" donde el sexo se libera superficialmente —en anuncios, en modas— pero solo para vender más y rebelarse menos. Liberar el deseo no es libertinaje trivial; es una fractura política que socava el orden desde adentro. Si el cuerpo deja de internalizar la norma como culpa, el orden pierde uno de sus cimientos más íntimos, abriendo la puerta a una sociedad no represiva donde el placer no sea moneda de cambio.
En esta arquitectura teórica, la mujer y el pibe adquieren una centralidad estratégica. La mujer, porque su sexualidad ha sido regulada como dispositivo de control social, un útero al servicio del patriarcado; el pibe, porque es el punto donde la norma se inscribe antes de que pueda cuestionarse, moldeando su psiquis para la obediencia futura. Si se logra una socialización menos represiva desde la infancia, el “carácter autoritario” —tema que obsesionó a la teoría crítica, inspirado en Freud y ampliado por Adorno en estudios sobre la personalidad fascista— pierde terreno. No hay acá conspiración caricaturesca, sino coherencia conceptual: transformar la sociedad implica intervenir la economía del deseo, redirigiendo la libido hacia formas colectivas y no jerárquicas.

El golpe más frontal al núcleo biológico lo formula la feminista judía Shulamith Firestone. En “The Dialectic of Sex”, afirma que la raíz de la opresión femenina no está solo en la desigualdad jurídica o económica, sino en la estructura reproductiva misma, esa tiranía biológica que ata a la mujer al ciclo de embarazo y crianza.

Mientras eso recaiga desproporcionadamente sobre ella, la asimetría va a persistir, perpetuando el género como división de clases sexuales. La solución no es embellecer la maternidad con pañales rosados; es trascenderla mediante tecnología —úteros artificiales, cibernética reproductiva— y reorganización social, aboliendo el género como categoría opresiva. La familia biológica deja de ser santuario y se convierte en institución históricamente contingente, un residuo prehistórico. La infancia tampoco es romantizada: es descrita como régimen de dependencia forzada que reproduce jerarquías desde el vamos. Si el vínculo madre-hijo fabrica sumisión y roles rígidos, entonces tiene que ser reconfigurado, liberando a la humanidad de la "dialéctica del sexo" para una utopía post-biológica.

En ese mismo horizonte crítico se ubica la feminista también judía (uy, caramba!) Andrea Dworkin, figura incendiaria del feminismo radical estadounidense. Dworkin no fue profesora titular estable en una gran universidad; dio conferencias y fue académica visitante en instituciones como la University of Minnesota, pero su influencia fue más cultural que institucional, extendiéndose a campañas antipornográficas junto a Catharine MacKinnon. Su tesis era implacable: la sexualidad heterosexual, tal como se configura en la cultura patriarcal, está atravesada estructuralmente por relaciones de dominación, donde el coito no es unión igualitaria sino violación simbólica. La pornografía no sería mera representación sino pedagogía de subordinación, un manual visual que enseña a los hombres a poseer y a las mujeres a someterse; el coito, en su formulación más polémica, condensaría una asimetría simbólica donde la mujer es objeto penetrado y el varón sujeto conquistador. Desde esa óptica, la educación sexual no puede ser neutral: o reproduce dominación o la confronta, exigiendo una transformación radical que cuestione hasta el acto sexual como poder.

Dworkin no habla en términos suaves, y cuando la sexualidad misma es leída como estructura política, la formación afectiva se convierte inevitablemente en campo de batalla, un terreno donde se libra la guerra contra el patriarcado.
En ese mismo linaje de intelectuales que meten el dedo en la llaga de la norma sexual para desarmarla desde la raíz, no podíamos dejar afuera a Judith Butler, esa feminista judía estadounidense y lesbiana declarada que, con su aire de profesora de Berkeley, ha convertido el género en un espectáculo de marionetas donde nada es fijo ni natural. En “Gender Trouble”, su biblia de 1990, Butler suelta sin anestesia que el género no es una esencia biológica que brota del útero, sino un acto performativo, una repetición compulsiva de gestos y discursos que se inscriben en el cuerpo desde la cuna: cuando un médico declara "es un varón" o "es una nena" al nacer, no describe una verdad inmutable, sino que inicia la cadena de interpelaciones que moldean al pibe como sujeto generizado, forzándolo a repetir roles que lo atan a la heterosexualidad obligatoria y a la familia nuclear como cárcel simbólica.

Sobre la niñez, Butler va más allá en obras como “Bodies That Matter” y “Undoing Gender”, donde pinta la infancia no como un paraíso inocente sino como el terreno primordial donde las normas se tatúan en la psiquis vulnerable, convirtiendo al recién nacido en un lienzo en blanco que la sociedad pinta con binarios opresores —hombre/mujer, activo/pasivo— antes de que pueda cuestionarlos; el pibe, en su visión, nace en un mundo que lo "deshace" si no encaja en el molde, promoviendo una fluidez que disuelve la diferencia sexual como dato estable y abre la puerta a reconfiguraciones infinitas, todo para fracturar el patriarcado pero terminando por producir sujetos desarraigados, perfectos para un capitalismo que vende identidades como modas intercambiables.

El clima cultural que se desprende de estas corrientes no requiere adhesión literal a sus formulaciones más extremas para operar. Basta con que la sospecha hacia la maternidad como destino, hacia la diferencia sexual como dato estable, hacia la familia como núcleo normativo, se vuelva atmósfera, un veneno sutil que impregna todo. Las tasas de natalidad en Occidente descienden, el proyecto individual se prioriza, la biografía se concibe como auto-diseño continuo, un eterno "reinventarse" que deja atrás la herencia como lastre. No es necesario que millones declaren que el embarazo es una imposición patriarcal; alcanza con que internalicen que la procreación compite con la autorrealización, convirtiendo la familia en opción descartable.
En ese mismo nudo gordiano de perversiones intelectuales no podemos olvidar al buen judío Jacques Derrida, el argelino-francés que tomó todas estas hebras sueltas —la represión freudiana, la liberación marcusiana, la abolición firestoniana de la biología, la dominación dworkiniana del coito, la performatividad butleriana del género— y las ató con maestría bajo el nombre pomposo de “deconstrucción”, un término que salió directamente de la cloaca gramatológica del pensamiento humano para disfrazar de sofisticación filosófica lo que en el fondo era una demolición sistemática de todo lo que huele a estructura estable, a significado fijo, a diferencia sexual natural o a jerarquía heredada. Derrida, con su obsesión por el “différance” (ese juego de palabras que mezcla diferencia y aplazamiento), nos vendió la idea de que no hay nada fuera del texto, de que todo es interpretación infinita, de que el binario hombre/mujer, padre/madre, naturaleza/cultura es solo una ficción opresiva que hay que desmontar hasta dejarlo en ruinas. Lo que en apariencia era una crítica al logocentrismo occidental terminó siendo el ariete perfecto para que la sospecha se instalara en el corazón mismo del lenguaje: si las palabras no significan nada sólido, entonces la “mujer” no es un dato biológico ni la “familia” un vínculo primario, sino construcciones contingentes que se pueden deconstruir, reescribir o desechar según el capricho del momento. Así, la deconstrucción derridiana no solo disolvió la autoridad del significado, sino que abrió la puerta de par en par para que los pibes de hoy crezcan sin un suelo firme bajo los pies, en un mundo donde todo —sexo, género, identidad, deseo— es fluido, provisional y siempre susceptible de ser “problematizado” hasta el absurdo. El resultado: una subjetividad que ya no sabe quién es porque ya no hay nada que deconstruir que no haya sido deconstruido antes, y que termina siendo presa fácil del mercado, de las modas identitarias y de la pornografía infinita que les sirve el algoritmo. Derrida no inventó la agenda, pero le dio el barniz académico más elegante para que pareciera una virtud intelectual en vez de lo que realmente fue: una forma sofisticada de dinamitar los últimos cimientos que quedaban en pie.

La traducción institucional ocurre sin estridencias. Lo que fue tratado filosófico se convierte en módulo pedagógico. Lo que fue crítica teórica baja en formato amigable a currículos y redes sociales. Se enseña a problematizar antes de consolidar; a redefinir antes de arraigar. La identidad se presenta como narrativa intercambiable, un fluido que se ajusta al capricho del momento. Y quien introduce prudencia es rápidamente acusado de sostener estructuras opresivas, tachado de retrógrado en un mundo donde cuestionar es dogma.
La pregunta, entonces, no es si existió un plan maestro para desmantelar la civilización desde la niñez. La pregunta es más incómoda y menos espectacular: ¿qué pasa cuando la cultura convierte en sospechoso el vínculo primario, en provisional la diferencia sexual y en negociable la continuidad generacional? ¿Qué tipo de sujeto emerge cuando la transmisión deja de ser herencia para transformarse en permanente revisión, un yo líquido sin raíces ni compromisos?
La ironía histórica es feroz. Las corrientes que pretendían fracturar el orden capitalista terminan produciendo una subjetividad perfectamente adaptable a él: móvil, redefinible, desvinculada, siempre en proceso de reinvención. No por conspiración, sino por deriva coherente, donde la liberación sexual se convierte en mercancía premium. Véase el fenómeno Only Fans.

Y ahí, en ese punto exacto donde la crítica cultural se encuentra con la plasticidad del mercado, el debate deja de ser retórico y se vuelve antropológico. Porque lo que está en juego no es solo una política pública o una consigna universitaria. Es la arquitectura misma del vínculo humano.

Pero la deriva no termina en aulas o tratados; culmina en la pantalla del pibe, donde la industria del porno —esa máquina multimillonaria que convierte el deseo en clics— expone el fracaso rotundo de esas ideas liberadoras. Hoy, con el acceso irrestricto a contenidos hardcore desde cualquier celular, incluso con padres que miran para otro lado o hasta lo facilitan por "progresismo", los niños se topan con un torrente de distorsiones que Freud ni soñó: violaciones simuladas, degradaciones extremas, todo servido en bandeja por plataformas como PornHub, cuya historia está salpicada de dueños que replican esa "familia genealógica" faccional. Fundada en 2007 por desarrolladores como Matt Keezer, adquirida en 2010 por el millonario judío alemán Fabian Thylmann —quien la convirtió en imperio antes de venderla por evasión fiscal—, y hoy bajo Ethical Capital Partners con el rabino judío ortodoxo canadiense Solomon Friedman como socio clave, intentando "limpiar" su imagen mientras normaliza el tabú. El resultado: generaciones de pibes con la psiquis hecha trizas, adictos a una "liberación" que no libera nada, solo genera aislamiento, disfunciones y un vacío demográfico que Occidente paga muy caro.