La religión del hombre moderno ☮️: del marxismo al wokismo 🦠

La religión del hombre moderno ☮️: del marxismo al wokismo 🦠

El pensador Martin Heidegger lo soltó con esa calma abismal que solo tienen los filósofos que saben que sus palabras pesan más que un millón de manuales universitarios: ningún hombre vive sin religión. Lo dijo en un diálogo con un monje budista, y no hablaba de estampitas ni de rosarios, sino de lo que late debajo de toda sociedad: ese núcleo de fe al que se le arrodilla incluso el ateo más militante.

Fragmento de entrevista a Martin Heidegger; el filósofo más importante del siglo XX.

Miremos la Unión Soviética. Oficialmente era el reino del materialismo ateo, la utopía del hombre que había matado a Dios. Pero Heidegger lo detecta enseguida: allí la religión era la ciencia, el fetiche del “progreso técnico” convertido en altar. Los soviéticos se confesaban ante la física nuclear, hacían procesiones a los laboratorios y levantaban templos con forma de fábricas. El individuo era polvo frente al plan quinquenal, pero la Ciencia —así, con mayúscula— era la nueva divinidad.

Fábrica soviética abandonada

Hoy la URSS -por suerte- yace en el basurero de la historia. Pero el vacío no desaparece, porque, como decía el viejo Martin, el hombre no sabe existir sin un dios que lo domestique. Y ahí entramos en el circo grotesco del siglo XXI.

El socialismo del siglo XXI, ¿en qué cree? ¿En la justicia social? ¿En la revolución eterna? No: cree en el discurso mismo, un significante siempre vacío, donde puede haber desde indígenas colectivistas narco-chamanes a colectiveros tiranos que hablan con los pájaros. Su religión es la consigna. La liturgia woke reemplazó a la misa: “inclusión”, “equidad”, “antifascismo”, “deconstrucción”. Los nuevos sacerdotes no llevan sotana, llevan glitter y hashtags. Y a veces rezan a la Pacha mama. Y al igual que en la URSS, se castiga la herejía: pronunciar mal un pronombre o cuestionar el dogma climático es pecado mortal.

"Superbigotes" no es un chiste de Internet; es la serie animada para niños oficial de la Venezuela de Nicolás Maduro...

Pero no nos confundamos. Mientras la plebe se arrodilla ante la diosa Justicia Social, en los márgenes prolifera el esoterismo. Tarots, constelaciones familiares, astrología feminista, chamanes de Instagram. El racionalismo murió en el altar de las emociones, y en su lugar tenemos un supermercado espiritual donde lo mismo vale una runa nórdica que un curso de “sanación cuántica con péndulos”.

Y el resultado es una sociedad decadente: sin dioses de verdad, sin ciencia que fascine, sin filosofía que ordene. Lo que queda es una mezcolanza donde la religión ya no es ni siquiera la fe en lo trascendente, sino el culto a la propia subjetividad inflada.

Heidegger se reiría con desprecio: el hombre moderno sigue siendo religioso, pero ahora adora a caricaturas. Al menos la URSS impresionaba.

En el ocaso de los dioses, sólo nos queda gritar: "Gott mit uns"... (en alemán, la lengua de Heidegger).

El hombre moderno no se liberó de la fe: la prostituyó. Cambió a Dios por un hashtag, y al misterio por un panfleto. No obstante, en el mundo de la tontería, los Legionarios siempre seguirán gritando "Gott mit uns!"

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