La Política antes del lenguaje 🐒: etología básica para progres (parte 2)
Este artículo es la parte 2 de nuestra ponencia sobre etología básica para progres (leer parte 1 aquí). Habíamos dicho que la etología es la ciencia que estudia el desarrollo de la conducta en su entorno natural y desde una perspectiva evolutiva. La primatología es la rama que estudia a los primates. 🐵 Una psicología científica, no podrá prescindir de estas áreas del conocimiento, y es por eso que toda psicología que se diga científica es psicobiología. Y hay muchas enseñanzas para extraer.
La concepción progresista de la naturaleza humana no es un error menor de diagnóstico: es una alucinación antropológica sostenida a fuerza de consignas. Parte de una imagen del ser humano que jamás existió fuera de los folletos universitarios: un animal dócil, cooperativo, horizontal, naturalmente empático, cuya agresión sería un residuo cultural eliminable mediante educación, reprogramación emocional y vigilancia moral. El problema no es que esta imagen sea optimista; es que contradice todo lo que sabemos sobre primates sociales, incluido el primate humano.

Cuando se lee con atención Chimpanzee Politics: Power and Sex among Apes, lo que aparece no es brutalidad caótica, sino algo mucho más inquietante para el progresismo: orden político. El estudioso de los primates Frans de Waal describe comunidades de chimpancés donde el poder se construye mediante alianzas, traiciones, manipulación emocional, castigos estratégicos y reconciliaciones calculadas. El macho alfa eficaz no es el más fuerte, sino el más inteligente socialmente. El que sabe cuándo ejercer violencia y cuándo retirarse para no quedar aislado. Política antes del parlamento, antes del derecho, antes incluso del lenguaje. Lo lamentamos por la gramática generativa de Noam Chomsky, o la egocéntrica “teoría RFT contextualista funcional” del lenguaje de Steven Hayes. Esto es estudio evolutivo en la sabana versus teorías de laboratorio dentro del MIT de Massachusetts.

La política no nació con el lenguaje, nació antes, cuando todavía no había palabras para justificarla. Antes del discurso vino la alianza, antes de la ley vino la traición, antes de la moral vino el cálculo animal. El chimpancé no necesita un parlamento para saber quién manda: lo sabe por miradas, por apoyos silenciosos, por quién acude cuando estalla el conflicto. El primate es capaz de decodificar emociones grupales complejas, y esto implica tener una teoría de la mente de los otros miembros del grupo. Maquiavelo no inventó nada; apenas tradujo al italiano lo que la selva ya sabía. Gobernar no es ser bueno, es no quedarse solo. El príncipe eficaz no es el más fuerte ni el más justo, sino el que entiende que el poder se sostiene en coaliciones inestables y que la virtud es un lujo que solo puede permitirse quien ya ganó. El progresismo cree que la política empezó con el diálogo, con las asambleas infantiles y pueriles; el primate sabe que empezó con el gesto y la lucha. Y mientras unos siguen escribiendo manifiestos, otros —como siempre— ya están repartiendo bananas.

De Waal ilustra esto con episodios que deberían ser lectura obligatoria en cualquier facultad de ciencias políticas. El ascenso y caída de machos dominantes como Yeroen muestra que el liderazgo no depende de la fuerza física sino de la capacidad de sostener coaliciones. Cuando el primate Yeroen pierde apoyo, no cae por debilidad muscular sino por aislamiento social. Otros machos, como Luit, ascienden no porque sean más fuertes, sino porque logran articular alianzas temporales, reconciliarse con antiguos rivales y presentarse como garantes de estabilidad. Cuando esas alianzas se rompen, el líder cae. El paralelismo con la política humana es obsceno de tan evidente: líderes que no son derrocados por “el pueblo” sino por la retirada del apoyo interno; gobiernos que colapsan no por incompetencia técnica sino por fracturas en sus coaliciones; figuras públicas sacrificadas para restaurar cohesión grupal. Cambian los nombres, no la lógica. Dictadores que se la pasan en su palacio con jovencitas bebiendo champagne mientras gobierna su círculo anónimo de poder… Se nos viene en mente Gadafi, con su palacio de doncellas de compañía y largas horas de hedonismo simiesco. Mucha dopamina.

Aquí se derrumba uno de los dogmas centrales del progresismo: que la jerarquía es artificial y opresiva. En etología, la jerarquía es una solución adaptativa al conflicto permanente. Reduce la violencia total al establecer posiciones relativamente estables. De Waal muestra que los períodos más sangrientos en las comunidades de chimpancés no son los de jerarquía clara, sino los de transición, cuando el poder es disputado y nadie sabe quién manda. En humanos ocurre exactamente lo mismo. Las sociedades que proclaman la abolición de la jerarquía no producen igualdad, producen luchas soterradas por estatus, ansiedad social crónica y castigos informales más crueles que cualquier estructura explícita. Ejemplos: tragedias como la revolución francesa o la revolución bolchevique.
El progresismo no elimina la lógica primate; la disfraza. Donde antes había dominancia visible, ahora hay autoridad moral. Donde antes había confrontación directa, ahora hay denuncias, escraches y cancelaciones. Desde el punto de vista etológico, el linchamiento simbólico cumple la misma función que el ataque grupal en la selva: una coalición elimina a un individuo para reafirmar cohesión interna y redistribuir poder. Cambia el lenguaje, no el mecanismo.

La agresión, tan demonizada en el discurso progresista, es tratada por la psicobiología como un módulo funcional. Regula límites, ordena estatus y reduce ambigüedad social. Eliminarla del plano explícito no la extingue: la vuelve indirecta, pasivo-agresiva y omnipresente. El chimpancé que no puede morder, conspira contra otros. El humano que no puede confrontar, moraliza. El resultado es una cultura saturada de hostilidad envuelta en lenguaje terapéutico y asquerosamente “sensible”.
La señalización de virtud es uno de los fenómenos más transparentemente primates de la cultura contemporánea. En chimpancés, el acicalamiento refuerza alianzas y reduce tensiones. En humanos progresistas, el tribalismo es discursivo: declaraciones públicas, consignas correctas, adhesiones visibles. No importa tanto la conducta real como la alineación simbólica. Quien no participa del ritual queda fuera del grupo, marcado como amenaza. Selva, pero con PowerPoint.

La sexualidad, lejos de ser el espacio de liberación prometido, expone con crudeza esta lógica. De Waal muestra cómo el acceso sexual en chimpancés está mediado por estatus y alianzas, y cómo los machos dominantes no monopolizan por fuerza sino por posición social. En humanos progresistas se predica igualdad sexual mientras se mantienen intactas las asimetrías reales del deseo. El resultado es un mercado sexual hipercompetitivo, donde pocos concentran atención y muchos son expulsados del juego sin derecho a queja. El mono entiende perfectamente la ecuación; el discurso le exige que la niegue y la interiorice como culpa personal.
Aquí entra B. F. Skinner, pero leído sin ingenuidad. El progresismo adopta una versión infantil de su teoría: la idea de que el comportamiento humano puede ser rediseñado ajustando estímulos y refuerzos. Lo que olvida es que los organismos complejos aprenden a explotar el sistema. El chimpancé aprende la regla y luego aprende cómo usarla en su favor. El humano hace exactamente lo mismo con los sistemas morales. Donde hay premios simbólicos, hay simuladores profesionales de virtud. Donde hay castigos morales, hay hipocresía estratégica.
Más incómodo aún resulta Konrad Lorenz, cuidadosamente marginado del canon progresista. Lorenz mostró que la agresión intraespecífica no solo es inevitable, sino necesaria para la estabilidad social. Las culturas que bloquean los mecanismos naturales de ritualización y descarga agresiva acumulan tensión hasta que esta estalla de forma desproporcionada. Las sociedades que se creen pacíficas se sorprenden cuando aparece la violencia. Se nos ocurre que un gran ejemplo de esto es la progresista Noruega con el caso de Anders Breivik, el primate con armas militares disfrazado de policía. La etología no se sorprende.

El golpe final lo da Paul D. MacLean. Su modelo del cerebro triuno deja algo esencialmente claro: la corteza racional no gobierna sola. Los circuitos límbicos y más antiguos siguen regulando estatus, amenaza, pertenencia y respuesta emocional. El progresismo habla como si bastara cambiar el discurso para cambiar al animal. MacLean mostró que el animal sigue ahí, operando con lógica propia, indiferente a consignas y marcos normativos.
Cuando una cultura exige al individuo que actúe contra estos circuitos sin ofrecer canales alternativos legítimos, produce sujetos inhibidos, ansiosos, resentidos o disociados. El cuerpo paga el precio de la fantasía ideológica. No es casual que las sociedades que más hablan de bienestar emocional produzcan más ansiedad, depresión y medicalización. Están intentando resolver con palabras un conflicto inscrito en millones de años de evolución en la biología. El problema es que vivimos en tiempos de negacionismo biológico.

Los paralelismos culturales son imposibles de ignorar. Movimientos que se proclaman horizontales reproducen dinámicas chimpancé con fidelidad quirúrgica: líderes que ascienden por alianzas, caen por traiciones internas, son sacrificados públicamente para restaurar cohesión y luego reemplazados por figuras casi idénticas. Donde antes había mordidas, ahora hay comunicados. Donde antes había persecuciones físicas, ahora hay campañas morales. Misma estructura, distinto decorado.
La ironía final es que el progresismo se cree postbiológico cuando es profundamente animal. No ha trascendido al primate: lo ha desorientado. Ha eliminado reglas explícitas sin eliminar la competencia. Y toda selva sin reglas claras termina gobernada por los más astutos, no por los más justos.

Negar la naturaleza humana no nos vuelve mejores. Nos vuelve ciegos.
Y un primate ciego, armado con lenguaje moral, es infinitamente más peligroso que uno que conoce sus límites.
El mono no desaparece cuando se lo niega. Observa. Aprende. Se adapta.
Y gobierna, siempre, desde donde nadie quiere mirar.