Jesús ✝️ en el Talmud: la versión prohibida ✡️
El punto de partida es simple: Jesus in the Talmud (Princeton, 2007), de Peter Schäfer, no descubre una “biografía secreta” de Jesús, sino el contrarrelato rabínico que se formó siglos después para defender la identidad de Israel frente a la expansión del cristianismo.

Para tranquilizar a los eternamente suspicaces en abordar estas temáticas, podemos afirmar que Peter Schäfer es un reconocido filólogo, historiador y especialista en judaísmo antiguo y cristianismo primitivo. Nacido en 1943 en Alemania, fue profesor en las universidades de Colonia y Princeton, y dirigió durante varios años el Instituto de Judaísmo de la Universidad Libre de Berlín, además del Museo Judío de Berlín. Su obra combina erudición textual y análisis histórico, centrada en el Talmud, la literatura rabínica, la mística judía y las interacciones entre judaísmo y cristianismo en la Antigüedad tardía. Entre sus trabajos más influyentes destacan Jesus in the Talmud (2007), Mirror of His Beauty: Feminine Images of God from the Bible to the Early Kabbalah (2002) y The Origins of Jewish Mysticism (2009). Es considerado uno de los mayores expertos vivos en estudios judaicos, y se distingue por su rigor filológico, su enfoque comparativo y su independencia intelectual frente a lecturas dogmáticas o apologéticas de las fuentes religiosas.

Alguna vez Joseph Ratzinger —más conocido como Benedicto XVI— definió a Occidente como el cruce entre Atenas, Roma y Jerusalén. Siempre me intrigó esa fórmula. ¿De qué cruce hablaba exactamente? ¿De un abrazo entre urbes o de un antagonismo entre almas? ¿De una genealogía compartida o de una identidad edificada sobre un crimen?
Atenas y Roma se reconocen sin dificultad: la razón y el derecho, el logos y la ley. Pero Jerusalén... ¿qué lugar ocupa en esa tríada? ¿Es realmente el espíritu del desierto parte constitutiva de Occidente, o su necesario contrapunto? ¿Es raíz o fractura? ¿Fueron sus hijos artífices del espíritu occidental o testigos de su desvío?
Los propios profetas no la describen como ciudad inocente. Isaías, con la ferocidad de quien ama lo que denuncia, escribió: “¡Cómo se ha convertido en ramera la ciudad fiel, la que estaba llena de justicia! Moraba en ella la rectitud, mas ahora, asesinos.” (Isaías 1:21). Quizá ahí comenzó la historia de Occidente: no en el equilibrio de tres fuentes, sino en la tensión entre la sabiduría de Atenas, el orden de Roma y la herida moral de Jerusalén.
Volviendo a Schäfer, en los tratados Shabat 104b y Sanedrín 67a, el nombre Yeshu ha-Notzri asoma unido a una sátira del origen: José desaparece, y la concepción virginal se ridiculiza con un padre llamado Pandera/Pantera, mientras a María se la alude como Stada, “la que se desvió”. En pocas líneas, la Natividad se convierte en un chiste moral: no hay milagro, hay adulterio. Schäfer subraya el eco con Celso, el filósofo pagano del siglo II que ya hablaba de un soldado romano llamado Pantera: la estrategia es la misma —despojar de aura al relato cristiano— y alcanza su ironía más cruda en Bejorot 8b, donde una mula que pare sirve de metáfora para decir que una virgen que da a luz es una imposibilidad travestida de dogma. El mensaje es inequívoco: Jesús es bastardo, no Hijo de Dios. Es presentado como hijo de un soldado romano busca pleitos.
A partir de ahí, la figura se reescribe como mal hijo y mal discípulo. Los rabinos aplican a Jesús la plantilla proverbial del hijo que avergüenza a su padre y del alumno que traiciona a su maestro (Sanedrín 103a; Berajot 17b). Rav Hisdá lo resume sin poesía: “la peor plaga es un hijo/discípulo libertino que deshonra públicamente”. El retrato talmúdico encadena episodios de frivolidad, idolatría (hasta adorar un ladrillo), y brujería aprendida “en Egipto”. No hay “rabino iluminado”: hay desertor de la Ley. Por eso sus enseñanzas se clasifican como minut (herejía): puede tener discípulos, sí, pero su doctrina no ilumina la Torá, la tuerce. Donde los Evangelios pintan parábolas, el Talmud ve trucos; donde aquellos ven redención, aquí se escribe advertencia.
Resumen en formato podcast sobre la obra de Schäfer
La misma inversión alcanza los “milagros”: algunos relatos populares mencionan curaciones “en nombre de Jesús, hijo de Pandera”, y precisamente por eso los sabios prohíben aceptarlas. Mejor sufrir que legitimar magia, dicen en sustancia. Se concede eficacia al nombre, pero se la ubica en el registro impuro de la hechicería, no en el de la santidad. El golpe final llega con la muerte: Sanedrín 43a presenta una condena por idolatría y hechicería, con anuncio público y en vísperas de Pesaj. No hay martirio bajo Roma: hay juicio y sanción justificada por parte de Israel. Es una reapropiación de agencia jurídica y teológica: “sí, lo ejecutamos, y con razón”.

En uno de los pasajes más sorprendentes del Talmud (Sanedrín 43a), los rabinos no solo aluden a la ejecución de Jesús, sino que reivindican haberla llevado a cabo por medios legales y justificados. Lejos de esquivar la responsabilidad —como hizo el cristianismo temprano al culpar a los romanos—, los sabios babilónicos explican que Jesús fue condenado por hechicería y seducción del pueblo, y que su sentencia se anunció públicamente durante 40 días, como lo exigía la ley judía. No fue un linchamiento ni una injusticia: fue, según ellos, una ejecución legítima. Incluso la referencia a que fue “colgado en la víspera de Pascua” parece una inversión deliberada de la crucifixión evangélica. Con esto, los rabinos no solo contradicen el relato cristiano, sino que afirman con orgullo una autoría judicial sobre la muerte del falso mesías: el colgado no fue víctima, sino culpable; y el Sanedrín no fue verdugo injusto, sino guardián de la Ley.

Tampoco hay sucesión legítima. El Talmud enumera cinco discípulos (Matthai, Netzer, etc.) y los demuele con juegos bíblicos: el efecto es programático —no quedaron herederos entre los judíos— a diferencia de la épica apostólica de los Evangelios. Y el colofón es deliberadamente grotesco: tras la muerte, castigo humillante “en excremento hirviente” por haberse burlado de los sabios; una anti-ascensión que devuelve al símbolo cristiano su reverso más infamante. No busca contar “lo que pasó”: busca fijar qué significa.
¿Por qué escriben esto los rabinos? Schäfer sostiene que no es odio gratuito, sino estrategia. A medida que el cristianismo gana poder imperial y relee las Escrituras hebreas a su favor, los rabinos de Babilonia —en un entorno más libre para polemizar que Palestina— fabrican un anti-evangelio: niegan la concepción milagrosa, rebajan las enseñanzas a herejía, desvalúan los milagros a magia y reivindican la justicia de la ejecución. Es una defensa cultural que reafirma: la Torá no ha sido reemplazada.
¿Es sólido el andamiaje de Schäfer? Sí, y justamente porque no promete más de lo que puede dar. Su lectura se apoya en filología fina (variantes arameas, manuscritos censurados y no censurados, formas del nombre Yeshu), en contexto histórico (siglos III–IV, Babilonia), y en comparación motivo por motivo con el Nuevo Testamento (Pascua y muerte, virginidad de María, milagros, resurrección). La tesis es mesurada: estos pasajes son invenciones polémicas, valiosas no como hechos, sino como documento de la respuesta judía al cristianismo. Y ahí está la ironía mayor: al negar, conservaron. Lo que se quiso borrar quedó grabado en negativo.
Leído hoy, ese Yeshu ha-Notzri revela algo más hondo que una querella de escuela: dos civilizaciones fijando su eje en lugares distintos. La del Logos encarnado y la de la Ley comentada. Una hace del Verbo carne; la otra, del Verbo comentario. Entre ambas, la grieta espiritual que sigue abierta en Occidente. Y una lección que no caduca: no se puede expulsar un símbolo sin reescribirlo. Los rabinos intentaron conjurar a Jesús con sátira; el efecto fue el contrario: el Cristo que negaron se volvió eterno en su negación.
En definitiva, el Talmud nos presenta a un Jesús muy distinto del de los Evangelios: un hechicero, un mago egipcio, un pecador condenado a arder en la inmundicia, hijo de una adúltera y de un soldado del Imperio, sin rastro alguno del Espíritu Santo en su genealogía. No hay milagro, sino parodia del milagro; no hay redención, sino sarcasmo. Mago embustero sin Padre, hijo de madre promiscua. No un salvador sino un rebelde, ajusticiado con acierto.
Y ante este retrato, quizá convendría que los padres y teólogos de la Iglesia nos explicaran cómo se concilia semejante contrafigura con los pilares espirituales de Occidente que dicen sostener. ¿Cómo se articula la civilización del Logos con este eco oscuro que Jerusalén deja en su subsuelo? ¿Cómo armonizar, sin disonancia, el Cristo de la fe con el Yeshu del Talmud?