Jared Diamond y el sexo explicado para pingüinos: el antropólogo progre 🍄 🌿
Jared Diamond -paleontólogo y antropólogo pop star progre salido de Harvard y de la UCLA- se decidió un día que, además de explicarnos por qué unas tribus tuvieron vacas y otras no, también podía explicarnos por qué el sexo es divertido en el ser humano. Y lo hizo con la misma herramienta intelectual: una linterna de naturalista silvestre, una sonrisa de divulgador televisivo y una profunda incapacidad para entender aquello que no puede reducirse a una anécdota zoológica. (Leer artículo anterior sobre Diamond).
El resultado es ¿Por qué es divertido el sexo?, un libro que pretende iluminar la sexualidad humana y termina logrando lo contrario: la infantiliza, la esteriliza y la vuelve un documental de animales con subtítulos para el Discovery channel.

Diamond parte de una premisa aparentemente inocente: muchas conductas sexuales humanas no parecen “adaptativas” a primera vista. El orgasmo femenino, el sexo recreativo, la menopausia, la pareja estable, el adulterio. Y ahí aparece el truco. En lugar de aceptar que la sexualidad humana es un campo de conflicto, poder, engaño, selección y tragedia, Diamond hace lo que mejor sabe hacer: compararnos con patos, bonobos y aves monógamas, como si el deseo fuese un hábito etológico y no una fuerza psíquica brutal.
Y cuando el argumento empieza a flojear, Diamond recurre a su arma favorita: la anécdota simpática y bien ramplona, que tan bien saben hacer los progres de Harvard. Así desfilan por el libro historias de aves que copulan “por refuerzo del vínculo”, mamíferos que tienen sexo “para reducir tensiones sociales” y primates que usan el apareamiento como “saludo diplomático”. En uno de los pasajes más involuntariamente cómicos, se nos explica que ciertas especies mantienen relaciones sexuales frecuentes porque eso “disminuye la agresión del macho”. El lector atento no puede evitar preguntarse si Diamond está hablando de bonobos… o de un manual de convivencia para matrimonios suburbanos. En otro momento, el autor relata con entusiasmo cómo algunas sociedades humanas practican sexo con una naturalidad casi administrativa, como si describiera un sistema de turnos laborales. El sexo aparece así desprovisto de misterio, peligro o deseo: una actividad recreativa con beneficios colaterales, comparable a hacer yoga o compartir mate dulce. 💦

El sexo, para Diamond, es divertido porque “refuerza el vínculo”. Porque “aumenta la cooperación”. Porque “mejora la crianza”. Es decir: el sexo como pegamento social. El orgasmo como premio evolutivo por portarse bien. Finalmente llegó el día donde veríamos a Freud reducido a un veterinario.
En esta visión, el deseo no es peligroso, no es asimétrico, no es cruel. No hay pulsión, no hay dominancia, no hay humillación, no hay erotismo oscuro. Hay sonrisas, cooperación y apareamiento responsable. El sexo según Diamond es tan excitante como un folleto de educación sexual del ministerio de salud… pero con referencias a orangutanes. 🦧

Uno de los momentos más deliciosamente ridículos del libro es cuando Diamond intenta explicar el orgasmo femenino como un subproducto adaptativo, una especie de “bonus track” biológico que quedó ahí porque no molestaba demasiado. El placer femenino, en su relato, no es una fuerza selectiva real, ni una variable que reorganiza jerarquías sexuales, ni una amenaza para el orden masculino: es casi un accidente simpático. Un error de fábrica que salió bien.
Nada más revelador.
Porque aceptar que el orgasmo femenino importa —realmente importa— implicaría aceptar que la sexualidad no es un sistema armónico de cooperación, sino un campo de negociación brutal, donde hombres y mujeres compiten, engañan, seleccionan, descartan y manipulan. Pero eso ya no es “divertido”. Eso es peligroso. Y Diamond escribe para tranquilizar y fanfarronear, no para incomodar.
El libro está lleno de ejemplos “curiosos”: especies monógamas, especies promiscuas, especies con “sexo raro”. Todo narrado con ese tono de “mirá qué loco es el mundo animal”, como si el lector fuese un niño curioso y no un adulto enfrentado a su propio deseo. La sexualidad humana queda así reducida a una rareza simpática, no a una estructura profunda de la psique.
Diamond no entiende —o finge no entender— que el sexo humano no es interesante porque sea divertido, sino porque desorganiza. Desarma identidades, genera celos, violencia, obsesión, creación, destrucción. El sexo funda civilizaciones y las arruina (pregúntenle a los romanos, a Napoleón). Mata más hombres que muchas guerras y mueve más decisiones políticas que la razón. Pero nada de eso entra en su modelo, porque no entra en una gráfica comparativa con chimpancés.

Lo más irónico es que Diamond parece genuinamente orgulloso de haber “desmitificado” el sexo. En realidad, lo ha castrado antropológicamente. Ha transformado una fuerza dionisíaca en una curiosidad pedagógica. Ha cambiado el abismo por una excursión guiada, como un safari.
Al final del libro, uno no entiende mejor el sexo. Lo entiende peor, pero se siente más cómodo. Y ese es el verdadero objetivo perverso. Diamond no escribe para quienes desean comprender la condición humana, sino para quienes necesitan creer que todo —incluso el deseo— puede explicarse sin conflicto, sin jerarquía y sin sombra.
Jared Diamond no explica por qué el sexo es divertido. Explica por qué la academia contemporánea le tiene terror al deseo.
Y en ese sentido, el libro es involuntariamente bueno: un manual perfecto de cómo convertir la sexualidad humana en algo perfectamente inofensivo, moralmente aceptable… y completamente domesticado y falso.