Freud y los bolcheviques: la otra cara de toda una psicología.

Freud y los bolcheviques: la otra cara de toda una psicología.
Edición en inglés del libro sobre Freud.

“El freudismo no tiene un significado cultural, sino solo anticultural. [Es el resultado] del lado negativo de la crisis de la civilización, el lado que destruye los viejos valores espirituales, sociales, éticos y filosóficos, y los sustituye por un materialismo crudo.” Francis Parker Yockey.

Este breve artículo es una reseña del libro de Martin A. Miller (profesor de historia en la Duke University): Freud y los Bolcheviques. (2005, Ed. Nueva Visión: Buenos Aires).

Aquellos que en 1917 hicieron la revolución en Rusia y dieron un golpe de Estado tomando el Palacio de Invierno (masacrando a quemarropa a los últimos Zares de la dinastía Romanov), no eran, en su enorme mayoría, rusos, sino extranjeros: provenientes del Báltico, Ucrania, Polonia, el Cáucaso, entre otras regiones. Esto no es negado por ningún historiador serio que yo conozca. Quienes encabezaron la Revolución Rusa, en realidad, no eran estrictamente "rusos". Y probablemente eso sea algo que nunca nos dirán en el secundario ni en Netflix.

Los Freud provenían de Galitzia, hoy repartida entre Polonia y Ucrania.

Sigmund Schlomo Freud nació en Moravia, actualmente parte de la República Checa, muy cerca de aquella región. Tal vez esto explique su afinidad con los elementos étnicos periféricos al Imperio Ruso, que nunca se sintieron propiamente rusos, y odiaban profundamente al Cristianismo y a la identidad eslava.

La prueba es sencilla: apenas llegaron al poder, los bolcheviques exterminaron a millones de rusos. Quien no ame los manuales de historia puede, al menos, leer a Alexander Solzhenitsyn, Premio Nobel, que da testimonio de ello, enseñándonos la pesadilla del Gulag.

El historiador Miller nos prueba que, antes de repercutir en Occidente, las ideas de Freud encontraron eco primero en la nueva Rusia soviética. La Enciclopedia Soviética de 1978 sostenía que el freudismo era una doctrina que elevaba la concepción del hombre en sus principios filosóficos y antropológicos (p. 13). El primer psiquiatra ruso que, ya en 1903, introdujo las discusiones sobre “el inconsciente” fue N. Bazhenov (p. 50). La fecha es temprana. Incluso a fines del siglo XIX, Orshanskii se interrogaba sobre las asociaciones de ideas y la “energía psíquica”. Y Korsakov y Kandisnkii, hacia 1889, estudiaban las “pseudoalucinaciones”, lo que los llevó a explorar sueños, fantasías e ideas inconscientes (p. 52). Entonces, ¿qué tan original fue Freud...? ¿Quién estuvo primero en esos senderos: los soviéticos o Freud?

Los psiquiatras rusos vieron pronto en el psicoanálisis un conjunto de hipótesis aplicables a la cultura, la religión y la sexualidad. En el famoso grupo de los miércoles en casa de Freud en Viena, que desde 1909 se llamó "Sociedad Psicoanalítica de Viena", ya participaban varios apellidos rusos: Leonid Drosnes, Tatiana Rosenthal, Sabina Spielrein y Moshe Wulff. Freud estuvo en contacto con el oriente europeo desde tiempos prerrevolucionarios. Nietzsche lo dijo bien en algún momento: Europa no es más que una península de Asia, su patio trasero. Y la historia enseña —y sigue enseñando— que no conviene azuzar al dragón asiático ni al oso ruso.

Osipov y Pednitskii introdujeron el psicoanálisis en Rusia hacia 1909, en relación con las llamadas “neurosis de ansiedad”. Freud les dio gran crédito. En 1910, Osipov lo visitó en Viena y compartieron un almuerzo “muy agradable”. En una carta a Karl Abraham, Freud lo describió como “nuestro seguidor convencido en Rusia” (p. 72). Osipov aplicaría las tesis freudianas a la obra de Tolstói, difundiendo una lectura psicoanalítica que impregnó el ambiente académico y literario. Tatiana Rosenthal propagó las ideas freudianas en el Partido Socialdemócrata ruso (entonces ilegal), creando así una especie de freudo-marxismo que precedería incluso a la Escuela de Frankfurt (pp. 80-81). Spielrein y Wulff aplicaron el psicoanálisis a la patología mental, y se discute si la idea de la “pulsión de muerte” no fue tomada acaso de Spielrein por el propio Freud (pp. 86-87).

Tras el asalto al Palacio de Invierno, en 1922 se consolidó la "Sociedad Psicoanalítica de Moscú", dirigida por Wulff y Ermakov, en diálogo con Luria y Vygotsky, interesados en diseñar un sistema educativo totalitario para el “nuevo niño soviético” (pp. 104-105). Lo curioso es que, en el imaginario académico, estas figuras aparecen hoy desconectadas, como si hubieran vivido en mundos paralelos. Pero Freud y Luria mantenían correspondencia fluida. En Kazán surgiría otra sociedad psicoanalítica, también bajo el liderazgo de Luria.

Freud, hombre temperamental e intransigente, que chocaba con europeos como Jung, mantenía, en cambio, relaciones cordiales con los rusos. El Partido Comunista bolchevique dio su visto bueno al psicoanálisis; de otro modo nunca hubiera florecido, porque en la URSS todo dependía de la voluntad del régimen. Trotsky mismo consideraba al psicoanálisis compatible con una visión materialista de la mente y, por tanto, con el marxismo (pp. 147-148). Según Miller, “en ningún otro lugar las instituciones psicoanalíticas estaban sostenidas por un gobierno nacional cuya legitimidad estuviera enraizada en el cumplimiento de la doctrina ideológica” (p. 121). Esa doctrina no era un misterio: era el marxismo soviético.

La Sociedad Psicoanalítica soviética llegó a funcionar como un organismo estatal, bajo la sugerencia de Ermakov (pp. 111-113). Freud no solo impregnó Rusia de psicoanálisis, sino que recibía pacientes desde allí, y fue una especie de celebridad para las autoridades bolcheviques. El caso más conocido es el del “Hombre de los Lobos”, Sergei Pankeev, perteneciente a la aristocracia rusa (pp. 90-91).

Para los seguidores del psicoanálisis, todo esto representa una revisión fascinante -y quizás inesperada- de la historia oficial. Para quienes no lo somos, parece más bien una gran distorsión que oscureció la psicología y la antropología, reforzando la sombría visión del “nuevo hombre soviético”. El sujeto freudiano, en definitiva, invierte la visión de la naturaleza humana: coloca lo elemental, animal y primario como superior, y lo sublime —ideas, moral, ética— como un reflejo patológico o "neurótico" de lo elementalmente primario. En el plano sociológico, suena demasiado parecido a Marx: la “ideología”, es decir, el mundo de las ideas, no sería más que un espurio reflejo de la estructura económica y sus actores. Una vez más, lo superior como reflejo de lo inferior. El arriba subyugado al abajo. Otra vez hemos de invocar a Nietzsche: aquello que llamamos "lo moderno" no es otra cosa que la inversión de todos los valores y parámetros. Apolo ha caído desde los cielos para estrellarse en el barro de la historia.

Tal vez aún nos encontramos envueltos en aquella gran subversión del pensamiento humano acerca del sujeto, que encontró su capullo en Descartes, se aceleró con Hegel, se radicalizó con Marx y se condensó turbiamente en Freud, naciendo una kafkiana criatura.

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En el Río de la Plata, la psicología no ha experimentado del todo un auténtico proceso de liberación filosófica e ideológica. Hemos avanzado para liberarnos de la tiranía del lobby psicoanalítico, pero aún resuenan las cadenas.

Es necesario dar el paso. Es necesario hacer lo que debe ser hecho.

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