Leer a Nietzsche: 📚 una puerta giratoria para ser de extrema izquierda…o de extrema derecha ⚡️

Leer a Nietzsche: 📚 una puerta giratoria para ser de extrema izquierda…o de extrema derecha ⚡️

Leer a Friedrich Nietzsche no es un acto intelectual inocente. Es una experiencia química, cerebral, se pierde la virginidad intelectual. Algo se disuelve. Algo se corroe. Algo que uno daba por sentado —la moral, el bien, la igualdad, la compasión, la verdad— empieza a oler mal. Y en ese punto ocurre la bifurcación real, no la académica, no la bibliográfica, sino la psíquica. Porque Nietzsche no te dice qué hacer con el derrumbe. Te deja solo frente a él, en un mundo en ruinas. Y ahí, el lector se delata. Y es muy peligroso si uno es un joven adolescente incauto, sin guía en la materia. Si uno se toma muy en serio al escritor prusiano a los 17 años, se puede terminar mal. Pero la culpa no es de Nietzsche. Son los usos de Nietzsche, en conjunto con una historia de vida. 

Friedrich Nietzsche

Ese es el punto que el historiador Ernst Nolte entendió mejor que casi todos: Nietzsche no produce una doctrina, produce una selección. Un tamiz. Es como un test proyectivo en Psicología. De ahí la fórmula incómoda: "nietzscheanos de izquierda" y "nietzscheanos de derecha", según Nolte. No como escuelas, sino como destinos filosóficos. Franceses y alemanes leyeron de manera diferente a Nietzsche, con distintos énfasis y diferentes sesgos, en los infinitos juegos interpretativos del lenguaje. 

El primer gran concepto detonante es la genealogía de la moral. Nietzsche no critica una moral concreta, sino la estructura misma de la moral moderna: su origen reactivo, su raíz en el resentimiento del rebaño humano, su inversión de valores vitales aristocráticos y guerreros en nombre de la debilidad instituida. Ahora bien, cuando un lector francés del siglo XX —formado en sospecha, igualitarismo abstracto y odio a toda forma— se encuentra con esto, no piensa en crear nada. Piensa en desarmar todo. La genealogía se vuelve un método infinito de disolución. Nada vale, nada se funda, todo se sospecha. De Nietzsche se pasa, casi sin transición, a un Michel Foucault, a la obsesión por el poder, a la idea de que toda norma es dominación, toda forma es violencia, toda estructura es opresión. La genealogía deja de ser un arma trágica y se vuelve un detergente moral. Lava, pero no construye. El resultado final es el progresismo contemporáneo: hipermoral, histérico, acusatorio, pero estructuralmente incapaz de afirmar nada que no sea la denuncia.

los franceses Lyotard, Foucault y Derrida

El lector alemán de antes, en cambio, no usa la genealogía para quedarse flotando en la sospecha. La usa para decidir. Si esta moral es una moral de esclavos, entonces hay que superarla, no eternizar su crítica. Aquí no aparece Foucault, aparecen Oswald Spengler con su diagnóstico de la decadencia de Occidente, aparece Arthur Moeller van den Bruck con la idea de forma histórica, aparece la pregunta por el tipo humano que una cultura produce. La genealogía no disuelve el mundo: lo jerarquiza brutalmente. Aparece Ernst Jünger teorizando acerca del trabajador desde otro lugar que no sea “el proletariado” de las izquierdas tóxicas y resentidas. 

Segundo concepto: voluntad de poder. En Nietzsche es ontológica, no moral. Es fuerza, intensidad, afirmación, conflicto. El lector de izquierda la traduce inmediatamente al lenguaje de “relaciones de poder”. Aquí Nietzsche entra al quirófano francés y sale convertido en antecesor de Foucault, de Jacques Derrida, de la izquierda posestructuralista y su tétrico escenario de “deconstrucción”. La voluntad de poder ya no es algo que se asume, se ordena o se encarna, sino algo que se denuncia, se rastrea y se judicializa simbólicamente. Todo es poder, luego todo es culpa. Así nace el sujeto progresista contemporáneo: paranoico, vigilante, resentido, obsesionado con microviolencias, incapaz de soportar la idea de fuerza sin traducirla a abuso.

En la lectura alemana, la voluntad de poder no se moraliza ni se disuelve. Se acepta como condición trágica del Hombre. De ahí Ernst Jünger, la figura del trabajador, del soldado, del hombre formado por la técnica y el peligro. No hay ilusión terapéutica. El poder no se elimina: se organiza o te aplasta. Aquí Nietzsche no conduce a la deconstrucción, sino a la disciplina y a la reafirmación.

Tercer concepto: la crítica al igualitarismo. Nietzsche no discute políticas públicas, discute tipos humanos. No cree en la igualdad porque observa la diferencia radical de fuerzas, talentos, pulsiones humanas. El lector de izquierda no soporta esto. Lo anestesia. Convierte a Nietzsche en ironía, en juego de lenguaje, en autor “problemático” que hay que leer con pinzas. Se lo reinterpreta para que no incomode. Así nace el Nietzsche inofensivo de la academia francesa: mucho estilo, cero consecuencias. Un Nietzsche castrado, apto para seminarios pero inútil para pensar la civilización. Mientras el Nietzsche alemán se viste de oficial prusiano, el francés se nos presenta con zapatos stilettos y los labios pintados. 

El lector alemán no busca volverlo apto. Lo usa como bisturí. Acepta la desigualdad ontológica como punto de partida incómodo y evidente. Y de ahí, inevitablemente, se pasa por los fascismos históricos, no como caricatura moral sino como intentos fallidos, brutales, torpes, de responder a una pregunta muy real: qué hacer con la masa, la técnica, el nihilismo y la decadencia progresista. Aquí la línea no es recta ni limpia, es simplemente honesta.

Cuarto concepto: el nihilismo. Para la izquierda, el nihilismo se vuelve su hogar. Nada es verdadero, todo es relativo, todo es una construcción socio cultural. Pero curiosamente, ese relativismo convive con un moralismo feroz. No hay verdad, pero hay pecadores de derechas, qué curioso. No hay naturaleza, pero hay delitos simbólicos. Es el nihilismo más pobre: el que destruye sin crear nada. El progresismo actual es eso: nihilismo administrado por comités éticos, ONGs y universitarios “de lo social” que ladran muy alto.

En la tradición alemana, el nihilismo es una enfermedad a atravesar, no un estado confortable. Spengler lo ve como fase terminal, Jünger como prueba, Nolte como guerra civil europea prolongada. Y más adelante, ya fuera de Alemania, Aleksandr Dugin lo conceptualiza como liberalismo total: el vacío elevado a sistema globalista. De Nietzsche a Dugin no hay contradicción, hay continuidad lógica: si el liberalismo progresista es nihilismo activo, entonces el antiliberalismo es la defensa ontológica.

Alexander Dugin, asesor de Putin e intelectual del eslavismo

Quinto concepto: el superhombre. Aquí se consuma la ruptura. Para la izquierda, el superhombre es peligroso. Huele a jerarquía, a exigencia, a forma, a aristocracia. Entonces se lo disuelve en subjetividades frágiles, identidades líquidas, derechos sin deberes. El superhombre se convierte en trauma. Para la derecha, en cambio, el superhombre no es un privilegio, es una carga. No es goce, es forma. No es inclusión, es selección y superación.

Así se llega a los dos caminos finales. El camino francés, que va de Nietzsche a Foucault y Derrida, de Foucault a la izquierda progresista, y de ahí al presente woke: un Occidente agotado, moralizador, incapaz de producir nada que no sea culpa. Y el camino alemán, que va de Nietzsche a Spengler, de Spengler a Jünger y Heidegger, pasa por los fascismos como laboratorio fallido, se depura, se reconfigura y termina hoy en el antiliberalismo, en el antiglobalismo, en el rechazo frontal al wokismo como último disfraz del nihilismo.

Ucrania no es una excepción en este cuadro. Es su expresión armada geopolítica. De un lado, un Occidente que habla de valores mientras no cree en ninguno. Del otro, un bloque que no promete felicidad, pero sí continuidad histórica. No es una guerra moral. Es una guerra metafísica entre un mundo que se niega a sí mismo y otro que, con todos sus defectos, se acepta identitariamente. Putin produce admiración o asco, no hay matices. 

con un dron se coloca la bandera woke LGBTIQA+ en el monumento de Kiev

¿Y la opción C? La opción C es la que casi nadie quiere porque no ofrece refugio simbólico ni anestesia colectiva. No es izquierda ni derecha porque ambas, en el fondo, son formas de pertenencia, y la opción C empieza precisamente cuando uno deja de necesitar tribu. Leer a Nietzsche de este modo implica renunciar a usarlo como coartada: ni para disolver el mundo en sospecha infinita, ni para reemplazarlo por un mito político tranquilizador. Aquí Nietzsche no sirve para denunciar estructuras ajenas ni para fundar órdenes externos, sino para dejar al lector desnudo frente a sí mismo. No hay pueblo elegido, no hay víctima histórica, no hay misión redentora. Hay forma o no hay nada.

La opción C acepta algo que las otras dos no toleran: que Nietzsche no vino a darte identidad, vino a quitártela. Te arranca los disfraces morales, los relatos heredados, las excusas históricas, las narrativas estúpidas. Te deja sin el consuelo de decir “yo pertenezco”, “yo lucho”, “yo resisto”. En este camino no hay causas que te absuelvan ni enemigos que expliquen tu miseria. Todo cae de nuevo sobre una pregunta brutal y arcaica: ¿qué tipo de hombre sos cuando nadie te aplaude y ningún bando te reclama…?

Por eso la opción C no funda movimientos. No puede. Todo movimiento necesita consignas, simplificaciones, enemigos claros, horizontes compartidos. La opción C trabaja en dirección contraria: complica, aísla, exige. No produce banderas porque no tolera símbolos prefabricados. No genera likes porque no es comunicable sin traicionarse. Es una vía antipolítica en el sentido más profundo: no porque ignore el mundo, sino porque se rehúsa a mentirse sobre él.

La soledad que produce no es psicológica, es ontológica. Es la soledad del que ya no puede refugiarse ni en el resentimiento progresista ni en la épica reaccionaria. El riesgo que implica no es heroico ni espectacular: es el riesgo silencioso de tener que darse forma a uno mismo sin garantías históricas, sin red moral, sin aplauso social. Y la forma que emerge no es necesariamente amable, ni vendible, ni compatible con la sensibilidad contemporánea. Es una forma dura, exigente, muchas veces antipática. Una forma que no pide permiso.

Por eso, en un mundo organizado alrededor de masas resentidas, identidades victimizadas y tribus morales que necesitan sentirse buenas sin ser fuertes, la opción C es la más rara. Y no porque sea superior, sino porque es insoportable para la mayoría. Exige demasiado y promete poco. No ofrece salvación, solo responsabilidad. Y quizá por eso mismo —porque no puede ser convertida en ideología, ni en mercancía, ni en religión secular— es la más peligrosa de todas a ser explorada. No para el sistema, sino para el individuo que se atreve a recorrerla sin mentirse.

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