¿Existen votantes racionales? 🗳️ El derecho sagrado a ser estúpido 🤡

¿Existen votantes racionales? 🗳️ El derecho sagrado a ser estúpido 🤡

La democracia moderna descansa sobre una ficción moral: que el votante promedio es, si no sabio, al menos razonable. Que cuando entra al cuarto oscuro deja afuera sus impulsos tribales, sus resentimientos, su ignorancia económica y su necesidad infantil de sentirse bueno y que “usa la cabeza”. Esa ficción no es ingenua: es funcional. Sin ella, todo el edificio democrático empieza a crujir.

Aquí es donde Bryan Caplan mete el bisturí y hace algo que el progresismo y el conservadurismo populista detestan por igual: decir que el problema no es solo el político corrupto, sino el votante mediocre. Y no mediocre por falta de información —eso sería muy fácil de corregir hoy— sino por algo mucho más grave: porque ser irracional en política es barato, placentero y socialmente recompensado.

Caplan lo formula con brutal claridad: el votante no vota para acertar, vota para sentirse bien consigo mismo. La política es consumo expresivo. Como ir a una marcha, ponerse una remera o repetir una consigna estúpida en redes. El costo del error es difuso, colectivo, diferido. El beneficio psicológico es inmediato. Resultado: la democracia se convierte en un mercado donde la demanda es por mentiras reconfortantes.

La irracionalidad no es un error: es el modelo de negocio

El núcleo duro de la tesis es este: la irracionalidad del votante no es aleatoria, es sistemática. Se repite, se agrupa, se hereda culturalmente. Caplan identifica sesgos claros:
– rechazo visceral al entendimiento en economía básica,
– fetichismo del Estado como padre protector,
– demonización del mercado,
– romanticismo del empleo público improductivo.

El político racional no corrige esos sesgos: los explota al máximo. El sistema premia al que miente con convicción, no al que dice la verdad con datos. En ese ecosistema, la democracia deja de ser un mecanismo de selección de élites competentes y pasa a ser una competencia de demagogia emocional.

Qué dice realmente Caplan (y por qué incomoda)

Caplan va más lejos de lo que muchos de sus críticos admiten. Su tesis central no es que el votante esté mal informado, sino que está racionalmente desinteresado en estar correctamente informado; la idea es que no lo esté. Dado que un voto individual tiene una probabilidad prácticamente nula de cambiar el resultado electoral, el incentivo no es acertar sino expresar identidades, emociones y prejuicios. A esto lo llama irracionalidad racional: el votante elige creencias falsas porque el costo personal de hacerlo es casi cero y el beneficio psicológico es alto. Además, esa irracionalidad no se autocorrige con más educación formal ni con más información disponible, porque no responde a ignorancia sino a motivaciones afectivas. En política, a diferencia del mercado, no hay castigo inmediato por estar equivocado. Nadie quiebra financieramente por votar mal. Nadie pierde su empleo por sostener ideas económicas absurdas. Y como no hay sanción, el error se perpetúa, se moraliza y se convierte en identidad de grupo. La democracia, así entendida, no filtra estupidez: la amplifica y la legitima.

Dos democracias que nunca llegaron a serlo

Hay países donde la democracia fracasa no porque “fue traicionada”, sino porque nunca tuvo suelo antropológico ni sociológico suficiente.

Haití 🇭🇹 es un ejemplo brutal. Fragmentación social extrema, ausencia histórica de instituciones impersonales, economía de subsistencia, lógica clánica y una cultura política basada en la supervivencia inmediata. Pretender democracia plena ahí es como instalar un reactor nuclear en una aldea sin electricidad. El voto no expresa deliberación: expresa desesperación.

Afganistán 🇦🇫 fue otro experimento cínico. Se importó el ritual democrático sin las precondiciones culturales mínimas: alfabetización funcional, confianza social, noción de ley abstracta. El resultado no fue democracia, fue teatro electoral sobre una estructura tribal intacta. El voto no representaba ciudadanos; representaba lealtades primitivas.

Dos democracias que se suicidaron votando

Más inquietante —y más relevante— es cuando la democracia sí funcionó razonablemente, pero fue destruida desde adentro por votantes emocionalmente intoxicados.

El caso de Grecia 🇬🇷 tras la crisis de 2009 es ejemplar y deliberadamente poco mitologizado. Instituciones, elecciones limpias, pertenencia a la Unión Europea, una población educada. ¿Qué ocurrió? El votante decidió que las matemáticas eran opcionales. Rechazó ajustes inevitables, abrazó fantasías soberanistas incompatibles con la realidad fiscal y premió a fuerzas políticas que prometían simultáneamente gastar más, pagar menos y culpar a terceros. El resultado no fue liberación: fue empobrecimiento, dependencia y una década perdida. No por falta de democracia, sino por exceso de autoengaño colectivo.

Más cercano y obsceno es Venezuela. 🇻🇪 No era Haití. No era Afganistán. Tenía clase media, universidades, renta petrolera, pluralismo político. El chavismo no llegó con tanques: llegó con votos. Votos emitidos por personas que querían justicia poética, castigo al “rico”, redención simbólica. Décadas después, el país es una ruina autoritaria sostenida por la misma lógica emocional que lo votó.

La conclusión que nadie quiere tragar

La democracia de masas tiene un límite estructural: no puede elevar moralmente al votante, solo amplificarlo. Si la base es infantil, el sistema será infantil. Si la base es resentida, el sistema será vengativo. Si la base es irracional, el sistema será caótico.

Caplan no dice que la democracia sea mala por definición. Dice algo peor: que, con votantes reales, no imaginarios, produce resultados previsiblemente malos. Y que insistir en más participación, más voto, más emocionalidad política, sin elevar los costos de la estupidez, es acelerar el colapso con una sonrisa moral.

La pregunta incómoda no es si la democracia funciona.
La pregunta es: ¿qué tipo de ser humano está votando?

Y esa, curiosamente, es la única pregunta que la democracia contemporánea se niega a hacer.

 

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