El monstruo de “lo social”: cuando la ideología es brujería 👹

El monstruo de “lo social”: cuando la ideología es brujería 👹

La expresión “lo social” tiene una gracia peculiar: cuanto más difusa y vaga se pone, más fuerza cobra. La largan con la solemnidad de un hechizo, como si apuntara a algo concreto, casi tangible, cuando en verdad es una abstracción voraz que se devora todo a su paso. El individuo —esa criatura real, con cara, memoria, carácter y voluntad propia— se desvanece como un dibujo borrado por una esponja empapada. En su lugar surge el espectro de lo colectivo: “la sociedad”. Nadie la vio nunca; nadie le estrechó la mano; nadie oyó su aliento. ¿Dónde comienza y dónde culmina realmente una comunidad social…? Sin embargo, en su nombre se legisla, se pontifica, se planifica, se reeduca y, a veces, se arrasa con proyectos totalitarios.

El asunto evoca inevitablemente al monstruo de Frankenstein. No porque “la sociedad” sea un ente natural que creció espontáneamente, sino porque es un armado artificial, cosido con retazos dispares de retórica moral, teoría sociológica y burocracia hinchada. Cada pedazo viene de un cadáver distinto: una estadística por acá, una categoría abstracta por allá, una pedagogía ideológica inflada como un globo. El resultado es una criatura colosal, torpe y autoritaria que avanza por el mundo con la arrogancia de un dios improvisado. Y como el monstruo de Mary Shelley, este también se vuelve contra su creador: el individuo termina aplastado por la maquinaria conceptual que supuestamente iba a servirle.

La ilusión es sencilla pero muy efectiva. Basta con reemplazar al hombre de carne y hueso por una entidad metafísica llamada “lo social”. Una vez hecho el truco, la lógica del poder se despliega con una naturalidad casi indecente. Ya no se trata de someter a individuos concretos; se trata de “organizar la sociedad”. No se trata de recortar libertades; se trata de “proteger el tejido social”. No se trata de imponer doctrinas; se trata de “construir conciencia social”. No se trata de nuevos impuestos; se trata de “inversión social” … El lenguaje, como una máscara bien calzada, oculta el hecho brutal de que siempre son individuos con nombre y apellido los que pagan el precio de estas abstracciones.

Este engaño conceptual no es casual. Es el aceite intelectual para los proyectos colectivistas que han atravesado el último siglo con la sutileza de un bulldozer. Cada vez que una ideología necesita sacrificar al individuo en el altar del futuro, invoca la misma palabra mágica: “lo social”. Es el talismán ideal. Bajo su sombra se puede reorganizar la economía, remodelar la familia, reeducar a los pibes y vigilar la conducta de los adultos. El individuo deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un mero átomo dentro de un organismo imaginario.

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En este punto entra la crítica demoledora de Stanislav Andreski, que en Las ciencias sociales como forma de brujería desarma la ilusión de cientificidad que rodea a gran parte de la sociología y la psicología contemporáneas. Su tesis es simple y cortante: muchas de las llamadas ciencias sociales funcionan más como rituales de prestigio que como auténticas disciplinas de conocimiento. La proliferación de artículos, congresos y teorías genera una apariencia de progreso intelectual, pero bajo esa avalancha de papel impreso se esconde una escasez alarmante de descubrimientos reales. La jerga técnica y el lenguaje oscuro cumplen una función precisa: blindar al especialista de la crítica y conferirle una autoridad casi sacerdotal.

Pero el argumento de Andreski va más allá. El investigador social, dice, opera en una situación radicalmente distinta a la del científico natural. El físico estudia electrones que no leen sus artículos ni se ofenden por sus ecuaciones; el sociólogo, en cambio, estudia seres humanos que reaccionan a las ideas que se difunden sobre ellos. Por eso, las teorías sociales no solo describen la realidad: también pueden transformarla. En ese terreno ambiguo, el experto corre el riesgo de convertirse en algo parecido a un brujo tribal, un productor de narrativas que influyen en la conducta colectiva, aunque sus fundamentos empíricos sean muy cuestionables o inexistentes.

Los ejemplos contemporáneos abundan, especialmente en América Latina. Conceptos como “justicia social”, “violencia estructural”, “deuda histórica” o “reparación social” se repiten en el discurso académico y político con una solemnidad casi litúrgica, aunque rara vez se definan con precisión. Funcionan como fórmulas mágicas capaces de movilizar emociones colectivas y legitimar políticas públicas cada vez más intrusivas. En Chile, Colombia o México, buena parte de la retórica universitaria y gubernamental gira en torno a estos términos vaporosos que parecen explicar todo sin explicar nada. La palabra “estructura” sustituye a la responsabilidad individual; el “sistema” se convierte en el culpable universal de cada fracaso humano.

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Si Andreski describe el hechizo intelectual, Marcos Kaplan examina la maquinaria política que lo explota. En su análisis del Estado latinoamericano muestra cómo las estructuras estatales de la región no surgieron simplemente para proteger libertades individuales o garantizar un orden jurídico, sino como complejas redes de poder destinadas a administrar sociedades profundamente desiguales. El Estado aparece como un mediador entre élites económicas, burocracias internas y presiones internacionales, una institución que se legitima constantemente mediante discursos ideológicos que apelan al bienestar colectivo.

Kaplan observa que en América Latina el lenguaje de “lo social” ha sido particularmente útil para justificar la expansión permanente del aparato estatal. Las políticas públicas, las reformas económicas, los programas de desarrollo o las campañas educativas se presentan siempre como respuestas necesarias a las demandas de “la sociedad”. Sin embargo, detrás de ese concepto abstracto suelen operar intereses concretos: coaliciones políticas, burocracias administrativas o grupos ideológicos que buscan consolidar su influencia. La abstracción colectiva funciona como una máscara respetable para decisiones que, en última instancia, responden a luchas de poder muy específicas.

Basta observar algunos casos actuales para entender el mecanismo. En Argentina, la retórica de la “justicia social” ha servido durante décadas para legitimar un Estado hipertrofiado que regula, subsidia y redistribuye sin pausa mientras la economía se estanca crónicamente. En México, el discurso de la “transformación social” justifica una creciente centralización del poder político en nombre del pueblo. En Colombia o Chile, la narrativa de las “estructuras sociales injustas” alimenta reformas institucionales radicales presentadas como exigencias históricas de la sociedad misma. En todos estos casos la expresión mágica es la misma: “lo social”.

Pero el fenómeno no se sostiene solo. Necesita un aparato cultural que lo reproduzca constantemente. Y ese aparato se encuentra en las universidades contemporáneas, verdaderas incubadoras de ideología envueltas en el ropaje de la investigación científica. Cada año miles de estudiantes atraviesan facultades de sociología, educación, ciencias políticas o estudios culturales donde aprenden a pensar en términos de estructuras, sistemas y procesos colectivos. La experiencia individual —esa realidad concreta y compleja— queda relegada a una nota al pie frente a las grandes abstracciones del análisis social.

En ese contexto, “lo social” termina convirtiéndose también en una perversión metodológica. En lugar de ser una herramienta analítica prudente para describir ciertas regularidades colectivas, se transforma en un filtro conceptual que deforma la realidad antes incluso de observarla. El investigador comienza con la abstracción y termina ignorando al individuo concreto que debería constituir su punto de partida empírico. Las biografías reales, las motivaciones singulares, los conflictos internos de las personas desaparecen detrás de categorías infladas como “estructura”, “sistema”, “dinámica social” o “campo cultural”. Lo que se presenta como método científico es en realidad una inversión del método: en vez de partir de los hechos para construir conceptos, se parte de conceptos para reorganizar los hechos hasta que encajen en el esquema.

El resultado es la producción masiva de una nueva clase de expertos que hablan con la seguridad doctrinal de quien cree haber descubierto las leyes profundas de la historia. Armados con conceptos nebulosos y una fe casi religiosa en la ingeniería social, muchos de ellos terminan integrándose en la burocracia estatal, las organizaciones internacionales o los aparatos educativos. Desde allí continúan expandiendo el mismo lenguaje que aprendieron en la universidad: un vocabulario que transforma cada problema humano en una cuestión estructural que exige una solución “administrativa”.

Así el Estado avanza con la paciencia de una marea lenta. No necesita imponer su poder de forma violenta; le basta con presentarse como el administrador inevitable de “lo social”. Regulaciones, comisiones, observatorios, ministerios y programas se multiplican bajo la promesa de corregir las imperfecciones de la sociedad. Lo que comenzó como una abstracción académica termina convirtiéndose en una realidad burocrática que se infiltra en cada dimensión de la vida cotidiana.

Y, sin embargo, bajo toda esa arquitectura conceptual late una verdad mucho más simple. La sociedad no piensa, no crea, no ama ni se rebela. Solo los individuos poseen esas facultades. Toda obra humana —desde una empresa hasta una sinfonía, desde un descubrimiento científico hasta un acto de coraje moral— nace en la conciencia singular de una persona concreta. Las colectividades no inventan; simplemente agregan o destruyen lo que los individuos producen.

Quizá por eso las ideologías colectivistas desconfían tanto del individuo fuerte. La autonomía personal introduce una variable impredecible en el mecanismo social. Un hombre que piensa por sí mismo es una anomalía estadística, una grieta en el edificio conceptual de las estructuras. Puede resistir la presión del consenso, ignorar las modas intelectuales y desmontar los mitos que sostienen el edificio del poder.

Pero entonces surge una pregunta más profunda, una pregunta que casi nunca se formula dentro de los templos académicos donde se invoca constantemente a “lo social”: ¿y si el punto de partida para comprender la realidad humana no fuera la abstracción colectiva sino la singularidad irrepetible del individuo? ¿Y si las sociedades no fueran organismos misteriosos con voluntad propia, sino constelaciones dinámicas de individuos que interactúan, cooperan, compiten y crean en múltiples niveles de complejidad?

Tal vez la verdadera tarea intelectual de nuestro tiempo consista precisamente en liberarnos del embrujo conceptual de “lo social” para volver a mirar la realidad humana desde otra perspectiva. Una perspectiva donde el individuo no sea un simple átomo subordinado a estructuras invisibles, sino el centro vivo desde el cual emergen todas las formas de cultura, política y civilización. Porque cada vez que un individuo piensa con claridad, crea algo nuevo o se niega a repetir una mentira colectiva, el gran monstruo conceptual que pretendía absorberlo pierde un poco de su poder.

 Y quizás allí, en esa afirmación radical de la singularidad humana, se encuentre el punto de partida para reconstruir una comprensión más honesta de nuestra vida en común: una comprensión donde la sociedad deje de ser un ídolo abstracto y vuelva a ser lo que siempre fue en realidad, el encuentro impredecible entre individuos libres.

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