El hombre 👨🏻🦰 reducido a bufón 🤡: anatomía de una caricatura

Nos redujeron a meme. Antes éramos héroes de bronce, ahora somos el bufón de esta nueva aldea global e igualitaria. O habría que decir: ¿pseudo igualitaria...? Pasamos del guerrero magnánimo -o simplemente del jefe de hogar- al “idiota simpático” que no sabe cambiar una lamparita y que siente culpa de su sexo asignado al momento de la concepción.
El neofeminismo encontró en el varón un chivo expiatorio perfecto: si hay guerras, desigualdad, capitalismo o calentamiento global, ya sabemos de quién es la culpa. El 99% de las inquisidoras no sabrían definir con precisión conceptual ninguna de estas ideas, pero: ¿qué importa? Suena bien y vende. Además, se trata del género discursivo políticamente correcto, es lo que “hay que decir”. Peor aún, esto es lo que deben decir los hombres también.

Sin embargo, no vemos mujeres queriendo ir a pelear al frente en Ucrania ni en Rusia con un Kalashnikov al hombro. Pero cómo: ¿no es que somos iguales…? Ellas, permaneciendo en casa, más bien, esperan a cobrar el seguro de deceso de su ex hombre en el frente (quien murió dando la vida por un relato nacionalista espurio), para muchas veces luego escaparse del país, incluso en zonas muy alejadas de los ataques rusos. Esto es lo que está sucediendo en Ucrania, denunciado por algunas voces que no pueden gritar alto y que tampoco son recogidas por la academia. Tanto es así, que el gobierno del presidente anti-constitucional Zelenski, impuso restricciones al abandono de muchas mujeres del país: ver web
Volviendo a la aldea global, el hombre promedio es retratado como tóxico, torpe, peligroso o, en el mejor de los casos, como “Koke”: esa versión edulcorada de varón domesticado, útil como mascota de compañía, nunca como sujeto libre, creador o luchador.
El doble estándar es tan grosero que se volvió invisible. Burlarse de los hombres es progreso, liberación, es una sátira ingeniosa. Burlarse de las mujeres es violencia simbólica, lo cual ameritará cancelación inmediata e incluso cárcel. Nuestro deseo es criminalizado; el deseo femenino, romantizado y blindado.

El resultado es una farsa: cuanto más se nos ridiculiza, menos se habla de lo que realmente está pasando con los hombres. Suicidio, adicciones, aislamiento, soledad crónica, Frentes de guerra, situación de calle, ser un fucking homeless. El mayor índice de violaciones ocurre en las cárceles del mundo, de hombres hacia otros hombres. Esta es una violencia muda en la narrativa imperante, y con casi ninguna estadística resulta ser un dolor que no posee alma ni carne. “Será que es un problema entre hombres…”, dirán algunas bienpensantes y sus “aliades”. Semejante lógica, es como decir que sólo importan los asesinatos de un blanco hacia un hombre negro en las calles de Estados Unidos, pero que los asesinatos entre hombres afroamericanos (la inmensa mayoría en las estadísticas) son simples conflictos de alcoba entre camaradas negros. Patético, ¿no?
Pero claro, el varón doliente no existe, solo el varón culpable, así como el “fascista sexual”.

La caricatura no es inocente, es un método de control cultural en medio de una guerra psico social puesta en marcha. El sociólogo Gilles Lipovetsky lo denomina “sexual Warfare”. Una sociedad que ridiculiza sistemáticamente a sus hombres está fabricando entidades dóciles y “deconstruidas”. La risa como herramienta política, el chiste como anestesia. Mientras tanto, la figura solar del hombre queda prohibida: ni fuerte, ni libre, aunque peligroso. Solo caricaturesco, solo domesticado, y únicamente criminalizado. La naturaleza humana masculina que se resista a esto será exiliada de la concepción de lo humano, dentro de un marco totalitario vendido y promovido como un mundo justo y equilibrado.
Y ahí está el dilema: aceptar la máscara de payaso psicópata que nos imponen o recuperar lo perdido. Una masculinidad afirmativa, vital, lúcida. Es que, además, todos sabemos que “el varón deconstruido” ni siquiera realmente atrae al otro sexo, tan sólo emula una tibia docilidad que falsamente se postula como alianza en los vínculos.

No la caricatura que entretiene, sino la presencia que incomoda. Porque al final, el varón sin esencia no es gracioso: es ceniza sin fuego. El hombre reducido a bufón no provoca carcajadas: desnuda la miseria de quien lo necesita dócil y burlado.
No obstante, no existen motivos para que las militantes de la nueva aldea global estén tranquilas… ¿alguien en su sano juicio acaso piensa que no habrá una gran reacción frente a todo esto? La reacción y la conmoción serán telúricas. Es cuestión de tiempo.
