El grunge rock 🎸: el espejo sucio del mundo

El grunge, creo yo, nunca fue una simple moda ni una etiqueta inventada por la prensa musical de Seattle en USA. Fue la traducción de un estado existencial, un síntoma colectivo y el terrible vacío de una época donde el suelo cultural, social y económico ya estaba resquebrajado. Entre finales de los ochenta y los primeros noventa, bandas como Skinyard, Soundgarden, Nirvana, Alice in Chains, Mother Love Bone y luego Pearl Jam encontraron en la distorsión y el ruido una forma de nombrar lo innombrable: la sensación de que la vida carecía de sentido. De la falta de una regulación emocional mínima, que oscilaba entre la adicción a la heroína y la falta de horizonte.
Canción "Lithium" de Nirvana. El litio es un conocido fármaco usado como regulador del humor.
El primer aviso de la tragedia llegó con Andrew Wood, vocalista de la olvidada banda Mother Love Bone. Su carisma y su talento lo perfilaban como una posible figura dentro de un movimiento que todavía estaba germinando. Pero en 1990 murió de sobredosis de heroína con apenas 24 años. Sus amigos, músicos de Pearl Jam y Soundgarden, le rindieron homenaje creando la súper banda Temple of the Dog. Ese disco no fue solo un tributo: fue también la constatación de que el grunge rock nacía atravesado por la autodestrucción. La muerte estaba inscrita en su ADN desde el principio.

Kurt Cobain de Nirvana, por su parte, encarnó el núcleo del grunge que se hizo internacional, aunque en mi opinión, no fue ni el mejor vocalista ni el guitarrista más virtuoso. No era simplemente un músico atormentado: era un hombre atrapado en su propio dolor físico y psíquico. Sufría de dolores crónicos de estómago que nunca pudieron ser diagnosticados del todo, lo que lo llevó a la heroína como analgésico antes de ser una droga "recreativa". Además, padecía depresión severa, episodios de angustia que lo dejaban paralizado y una hipersensibilidad emocional que lo volvía un extraño en el escenario del éxito. Entre las hipótesis diagnósticas que se han planteado después de su muerte se habla de bipolaridad, de TDAH no tratado, incluso de un posible perfil dentro del espectro autista. Pero las etiquetas médicas apenas rozan el fondo: Cobain era un hombre demasiado frágil para habitar un mundo que le exigía fingir una impostura.

Su música fue la confesión de esa fractura interna. Nirvana no proponía grandes himnos de esperanza ni discursos de superación, mucho menos baladas de FM a lo Bon Jovi. En canciones como Something in the Way o Lithium se respira esa ambivalencia: el intento de sostenerse, la resignación, el dolor. Su presunto suicidio en 1994 no fue un accidente ni un arrebato momentáneo. Fue la consecuencia casi lógica de alguien que vivía en la contradicción de ser portavoz de una generación mientras se sentía incapaz de sostener su propia vida.
Otra banda, de las mejores acorde a mi perspectiva, fue Soundgarden, con su legendario vocalista Chris Cornell, y mejor guitarrista Kim Thayil.
Soundgarden
Layne Staley, de Alice in Chains, tomó otro camino hacia el mismo abismo. Su lucha con la heroína y el crack lo convirtió en un espectro en vida. Años enteros pasó aislado, apenas comunicándose con el exterior, hasta que murió solo en 2002, tan consumido por la adicción que su cuerpo fue hallado semanas después en su casa. Si Cobain representó el suicidio súbito, Staley encarnó la agonía lenta de la autodestrucción.
"Hombre en la caja" de Alice in Chains
En el centro de todo esto aparece un concepto que suele sonar lejano y filosófico, pero que en el grunge fue experiencia vital: el nihilismo. ¿Qué significa, en palabras simples? Es la sensación de que nada tiene sentido, de que no existen valores sólidos ni propósito último. Nietzsche habló del nihilismo como la gran enfermedad de la modernidad: el derrumbe de las viejas creencias religiosas, el vacío dejado por la pérdida de un horizonte común. En el grunge, ese nihilismo no se debatía en un aula: se gritaba en un garaje. Las guitarras distorsionadas, las voces desgarradas y las letras depresivas eran la traducción musical de una generación que ya no creía en el futuro.

El nihilismo del grunge no era elegante ni académico. Era suburbano, visceral. Se vivía en la piel de jóvenes sin empleo que sentían que el capitalismo tardío les ofrecía solo circo y consumo, mientras el vacío personal se hacía insoportable. Pero fueron jóvenes que pudieron crear, hacer algo con su vivencia de vacío, a pesar de todo. La droga no era simple diversión: era anestesia y a la vez camino hacia la nada. El suicidio no fue excepción, sino la conclusión lógica de un movimiento que ya no veía sentido en seguir.
La canción Jeremy de Pearl Jam, inspirada en un caso real ocurrido en 1991 en Texas, narra la historia de un adolescente que, marcado por la soledad y el bullying, la violencia familiar y el aislamiento escolar, terminó suicidándose frente a sus compañeros de clase pegándose un tiro por la boca. Eddie Vedder tomó esa noticia como símbolo del malestar juvenil y lo transformó en un relato crudo sobre el abandono emocional y la rabia contenida. Jeremy expone, con una mezcla de furia y melancolía, cómo la falta de vínculos sólidos y el vacío existencial pueden empujar a un joven hacia un final abrupto, convirtiéndose en una de las canciones más emblemáticas del grunge como espejo del nihilismo adolescente.
Pearl Jam
Si lo comparamos con la música popular de hoy, el contraste es brutal. El nihilismo contemporáneo sigue presente, pero se ha transformado en algo más cómodo y digerible. En lugar de gritarse, se baila con ironía o se maquilla con beats electrónicos. En palabras del propio cantante de reggaeton "Arcángel", quien habla de su propio género, se refiere al mismo como "una mielda bufiai... uno de los géneros más pobres, o el más pobre"...
"Arcángel", autor de reggaeton
La angustia se esconde ahora detrás de letras que celebran el placer inmediato, el consumo, la evasión, la dopamina barata. No se confiesa el vacío: se tapa con binarismo digital y con la anestesia química de psicofármacos cada vez más recetados. Pero una gran diferencia, es que el autor contemporáneo ya no es un creador. El grunger tenía esa capacidad... el reggaetonero sólo puede crear sucesiones de sonidos con una percusión baja que aterriza los instintos en el cuerpo.
El grunge, en cambio, no maquillaba nada. Era un espejo sucio donde la herida se mostraba sin filtro. Y por eso todavía incomoda. Escuchar esas canciones hoy es recordar que debajo de todas nuestras distracciones actuales late la misma herida: la sensación de que el sentido se nos escurre entre los dedos. Andrew Wood, Kurt Cobain y Layne Staley fueron apenas los rostros más visibles de esa caída. El grunge no ofrecía respuestas ni salidas: solo mostraba, con brutal honestidad, la implosión de una generación.

Quizá ahí radica su vigencia. En un tiempo donde el nihilismo se disfraza de ironía digital, el grunge sigue siendo insoportable de escuchar porque no promete nada, no decora el vacío, no ofrece finales felices. Simplemente pone la herida sobre la mesa, amplificada en guitarras y gritos, para recordarnos que la nada sigue estando ahí. Y que, a veces, lo más honesto que se puede hacer es no disimularlo.