EL GRAN APAGÓN: por qué dos generaciones eligieron las pantallas 📱 antes que el mundo 👫

EL GRAN APAGÓN: por qué dos generaciones eligieron las pantallas 📱 antes que el mundo 👫

Últimamente, los gurúes del bienestar —esos monjes 4G que venden autenticidad del ser en cuotas— repiten como loros iluminados que “hay que reconectarse con lo real y apagar las pantallas”. Lo curioso es que todo ese coro de coaches, psicólogos de fin de semana y chamanes con postgrado en Instagram jamás formula la pregunta obvia: ¿y por qué nos desconectamos…?

Mientras los gurúes de la autenticidad nos sermonean sobre “volver a lo real”, omiten la pregunta fundamental: ¿qué pasó en Occidente para que la virtualidad pareciera un ascenso y no una caída?

La respuesta es simple y brutal: nos desconectamos porque la vida real ya se había vuelto emocionalmente inhabitable antes de las pantallas inteligentes. 🗽

Hablan como si Mark Zuckerberg, Peter Thiel, Elon Musk y Satya Nadella se reunieran en el penthouse de algún rascacielos en Manhattan para conspirar contra toda la especie humana, como un remake de la Skinner box donde nosotros seríamos las ratas con Wi-Fi. Y claro, las corporaciones tienen sus intereses, como cualquier poder desde Babilonia hasta Washington. Pero omiten un detalle microscópico, casi “irrelevante”: nadie te obliga a hacer clic. Nadie te apunta con un arma cuando scrolleás. Nadie te secuestra la voluntad. Nadie abduce tu libre albedrío cuando elegís conectarte (para desconectarte, según ellos).

Skinner box (Caja de experimentos del psicólogo Skinner)

La pantalla no invadió la vida: la vida, el mundo occidental ya estaba tan raído, tan desgastado, que la pantalla de entrada comenzó luciendo como mejor alternativa.

Esta es la parte que los profetas detox de la subjetividad no quieren decir, porque arruina el negocio de sus retiros en el monte abrazando árboles con ayahuasca: dos generaciones de occidentales prefirieron perderse en la abstracción antes que permanecer en la realidad social que les tocó vivir. Este espíritu de época se podría resumir en la letra de la canción “Disposable teens” (adolescentes descartables) de Marilyn Manson: “Gracias mamá, gracias papá por traerme a este mundo jodido y con un final amargo”. 🌎

Tema: Disposable Teens. Activar subtítulos en español.

 Los 80s y 90s: el preludio del desencanto:

Es fácil culpar a Silicon Valley. Es cómodo. Es “terapéutico”.
Pero la desconexión empezó mucho antes, cuando la realidad misma dejó de ser un lugar deseable y habitable.

Los 80 y 90 fueron una época de esplendor superficial y decadencia profunda, y la cultura lo gritaba sin filtros:

En el Cine:

  • Blade Runner (1982) ya mostraba un mundo saturado, lluvioso, deshumanizado, donde la identidad se licúa y la realidad es mera simulación.
  • Wall Street (1987) convirtió la avaricia en religión y el narcisismo en virtud.
  • American Beauty (1999) fue literalmente el certificado de defunción espiritual de la familia suburbana.

El cine ya estaba anunciando un Occidente cansado de sí mismo.

En la Música:

  • El grunge de los 90s —Nirvana, Alice in Chains, Soundgarden— fue el registro sonoro de una generación que ya no creía en nada, ni en Dios, ni en el progreso, ni en el “sueño americano”. Las juventudes desempleadas adictas a la heroína del oeste estadounidense veían al American Dream como una fantasía de sus abuelos.
Kurt Cobain de Nirvana "jugando" a suicidarse. Finalmente lo hizo.
  • El punk tardío de los 80 gritaba contra un sistema vacío: identidad rota, apatía, alienación.
  • El hip hop de los 90 narraba ciudades quebradas por la desigualdad, la violencia y la desintegración comunitaria.

¿Y qué proponía la política?
Nada, o, mejor dicho: más de lo mismo. Los 90s quedarán para siempre en los manuales de historia como la década en la cual arribó a la Casa Blanca la familia Clinton, y donde Bill manchaba el vestido de Mónica Lewinsky con su líquido seminal mientras se bombardeaba Yugoslavia.

Monica Lewinsky

Mientras tanto, el Consenso de Washington deliraba haciéndole creer al mundo la tesis de Francis Fukuyama, quien sostiene que, tras la caída del bloque soviético, la historia como lucha ideológica habría llegado a su fin: la democracia liberal y el capitalismo representarían la forma política y económica definitiva de la humanidad. Según él, ya no habría grandes alternativas utópicas capaces de disputarle el sentido. Sin embargo, advierte que este “fin” trae un vacío espiritual: el “último hombre”, satisfecho y sin ideales trascendentes, se vuelve apático, hedonista y carente de nobleza.

Criminalidad y sociedad:

  • Los 80 fueron la década de la epidemia del crack en USA,  un terremoto social que devastó barrios enteros, familias, vínculos y oportunidades. Al Río de la Plata la pasta base de cocaína (“paco”, “pasta base”) llegaría en torno a los años 2 mil.
  • Los 90 fueron la década del serial killer glorificado: Dahmer, Bundy, Gacy, BTK, etc. El mal ya era espectáculo en la TV.
  • Se disparó el divorcio, cayó la natalidad, la vida de barrio desapareció, la comunidad se deshizo.

Occidente se estaba vaciando, pero todos seguían bailando con Madonna y mirando Friends como si nada pasara. La sonrisa seguía; el vínculo no.

"Vida Americana", de Madonna.

2. El derrumbe del vínculo: la epidemia previa a las redes sociales

Los vínculos no se rompieron con la pantalla; los vínculos estaban rotos antes, y por eso la pantalla fue adoptada con la desesperación de quien encuentra una anestesia emocional.

Dos generaciones completas vivieron esto:

  • Las amistades se volvieron transaccionales.
  • La vida amorosa se volvió competitiva, promiscua y cruel.
  • La comunidad se disolvió en sus valores.
  • La ciudad se transformó en un espacio de anonimato, violencia y ruido.
  • La conversación se volvió peligrosa: todo hería, todo saturaba, todo aburría. Eran los preámbulos de la hoy llamada “generación de cristal” y de los "small talks" (charlas muy superfluas).

El hito estuvo marcado por American Pie (1999), presentada como una comedia adolescente inocente, y que fue en realidad un monumento al vaciamiento espiritual de la sexualidad juvenil. Bajo su apariencia de humor ligero y rito de iniciación masculino, lo que exhibe es una generación para la cual el deseo ya no es impulso vital ni búsqueda de comunión con el otro, sino un acto mecánico, cuantificable y grotescamente público. La sexualidad se reduce a performance, a prueba de estatus, a trofeo social transmitido por webcam: la intimidad deviene espectáculo, y el cuerpo, mercancía risueña. No hay misterio ni eros, solo ansiedad por pertenecer al mercado del placer inmediato. American Pie fue así el canto de cisne de un Occidente que, incluso antes de internet masivo, ya había convertido el alma erótica en contenido de entretenimiento.

La nueva pantalla inteligente ofreció, entonces, algo casi terapéutico: escape sin violencia. Anestesia de horribles emociones y percepciones de vacío. En psicología esto se denomina “evitación experiencial”: la tendencia a huir, suprimir o modificar pensamientos, emociones, recuerdos o sensaciones internas que resultan dolorosas, aun cuando ese intento de control termina amplificando el malestar y alejando al individuo de una vida plena y con sentido.

La era de las redes sociales fue el primer entorno sin exposición, sin vergüenza pública, sin fracaso social visible. El primer lugar donde ser nadie dolía menos que ser alguien en el mundo real.

El mito de la conspiración: ¿Es Zuckerberg como Skinner?

La narrativa de que las corporaciones “nos manipulan” sirve para evitar el autoengaño: nos manipulamos solos.

Si existiera esa famosa “mesa redonda del mal” donde se reúnen oscuros personajes para conspirar, igual no cambiaría nada.
No se puede hipnotizar a una sociedad emocionalmente íntegra y plena. Solo se puede hipnotizar y manipular a una sociedad previamente ya agotada y enferma.

Silicon Valley no creó la fragilidad emocional: la heredó de los 90, la empaquetó en apps y la transformó en negocio.

Libre albedrío, la expresión prohibida:

Los gurús detox jamás lo mencionan: nadie entra a una red social sin elegirlo.

El determinismo tecnológico es una excusa elegante para no admitir que dos generaciones dijeron “no gracias” al mundo real.

¿Por qué? Porque el mundo real ofrecía:

  • vínculos rotos,
  • familias fallidas con hogares disfuncionales,
  • escuelas sin alma,
  • empleos sin propósito,
  • aburrimiento crónico,
  • promesas incumplidas,
  • democracias prostituidas,
  • instituciones moribundas.

La pantalla no destruyó la comunidad: la reemplazó porque los parámetros tradicionales se diluyeron en el aire.

Esta es la tesis que nadie quiere tocar: No fue Silicon Valley quien desconectó al mundo. Fue el Occidente tardío el que dejó de sostener la conexión real, lo que le allana el camino al mundo de las pantallas.

Los vínculos humanos ya eran frágiles. La cultura ya era nihilista. La sociedad ya era líquida. La realidad ya no ofrecía hogar ni contención. La comunidad de los afectos iba en declive. La política ya estaba prostituida. La pantalla fue la salida de emergencia.

Y la gente —consciente o no— eligió la puerta hacia la pantalla inteligente.

Las pantallas no son causa; son síntoma. No son veneno; son anestesia. No son prisión; simulan un refugio. Y no son conspiración; son preferencia electiva de la gente.

Los humanos, como siempre, eligieron lo que alivia. No necesariamente lo que nos eleva.

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