Cuando gobierna el rebaño 🐑: reflexiones sobre el poder 👊🏻 y la decadencia (parte 1)

Cuando gobierna el rebaño 🐑: reflexiones sobre el poder 👊🏻 y la decadencia (parte 1)
caricatura de Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche no hablaba desde un sillón universitario cuando escribió su célebre sentencia en El Anticristo“Los débiles y malogrados deben perecer… y debemos incluso ayudarlos a ello”. Lo hacía desde un diagnóstico radical de la civilización occidental, que él veía ya corroída por la moral de los agentes resentidos. No se debe caer en la lectura ramplona de que esto es una mera ocurrencia sobre individuos de carne y hueso. Nietzsche estaba identificando y describiendo procesos históricos e institucionales. En su época, la aristocracia se apagaba y la burguesía se apropiaba del mundo. Incluso Marx, recordemos, celebraba a la burguesía como una forza nova de la Historia (cosa que los socialistas de hoy suelen olvidar).

El cambista y su mujer, cuadro de Quentin Massys

Lo que Nietzsche señala es que aquello que no lograba afirmarse en la vida había encontrado un método más sofisticado que la desaparición natural: inventar valores, inventar moral, inventar instituciones capaces de blindar su debilidad y convertirla en virtud. Hoy, a esto le llamamos “lo políticamente correcto”. En su obra La genealogía de la moral Nietzsche completa el cuadro: lo que debía decaer sobrevive mediante una alquimia de resentimiento, culpa y domesticación. La pregunta actual es si acaso el Estado de Bienestar no constituye la cristalización más perfecta de esa inversión de valores. Incluso Marx postulaba la desaparición del Estado como algo deseable (cosa que los socialistas de hoy también suelen olvidar).

Porque el Estado de Bienestar no es sólo un modelo económico ni un pacto político de posguerra: es el triunfo histórico de la moral de rebaño. Lo que antaño hacían los sacerdotes ascéticos —dar sentido artificial a la decadencia para que no se extinguiera— hoy lo hacen nuestras burocracias: prolongar vidas sociales e institucionales que, en un orden vital y natural, no hubieran resistido; sostener existencias bajo la bandera de la solidaridad y de la justicia social; convertir la dependencia en derecho adquirido e innato. ¿Exagero? Tal vez. Pero no se puede negar que muchas de nuestras instituciones funcionan como incubadoras de fragilidad y meramente reproducen y acentúan una decadencia ya dada, como dispositivos para que lo improductivo permanezca dentro del juego social, aunque sea como figura subsidiada.

La decadencia de la aristocracia. Cuadro: Los romanos de la decadencia de Thomas Couture

Aquí la psicología ofrece una lente incómoda. La clínica recuerda que la vulnerabilidad es real y no todo puede reducirse a una épica de ‘sobrevive el más fuerte’, como si todo héroe fuese un Sigfrido blindado en la sangre del dragón pero sin la mancha en la espalda donde anida la vulnerabilidad. Pero también detecta cuando la vulnerabilidad se transforma en sistema de identidad y de poder: cuando el sufrimiento se vuelve valor social, cuando la herida se convierte en pasaporte para reclamar obediencia y un silencio timorato de las mayorías. Eso, traducido a política pública, es el Estado de Bienestar hipertrofiado: un entramado donde la fragilidad no sólo se protege, sino que se canoniza.

Muerte de Sigfrido de Henry de Groux

La crisis de este modelo de Welfare no es meramente fiscal, como suelen repetir los economistas y “liberales Excel”. Es existencial. No se puede financiar indefinidamente la prolongación de formas de vida desfondadas de sentido, educadas para creer que su mera condición de carencia basta como título de exigencia. Nietzsche ya lo vio claro: cuando lo decadente se convierte en fundamento moral de una civilización, devora todo lo demás. Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a la implosión de esa lógica: Estados quebrados, sociedades paralizadas por la inflación de derechos, generaciones que ya no distinguen entre protección y tutela. Un mundo de sujetos de cristal y Snowflakes por doquier. 

Y, sin embargo, sería demasiado fácil —y vulgar— leer a Nietzsche como profeta neoliberal avant la lettre. Nada de eso. La psicología impide semejante caricatura. Porque la fragilidad es parte constitutiva de la condición humana. El problema no es su existencia, sino su institucionalización como eje estructurante. Ahí aparece la patología colectiva: cuando lo que debía ser objeto de cuidado se transforma en patrón normativo, cuando lo enfermo dicta la regla de lo sano.

"La era de la decadencia y la democracia" de la banda von Thronstahl

El Estado de Bienestar es, en este sentido, una prolongación del resentimiento descrito en la Genealogía de la moral: la inversión de valores hecha política de masas. La clínica individual lo ilustra: el paciente que convierte su trauma en identidad, que se aferra a la victimización como única fuente de sentido. Mientras se mantenga en esa posición, no hay progreso posible: toda invitación a la autonomía será leída como abandono. El Estado de Bienestar en su versión decadente opera igual: convierte al ciudadano en sujeto cuya identidad central es el derecho a ser protegido, y cualquier limitación se interpreta como violencia estructural. El Estado nos rompe las piernas para ofrecernos las muletas. 

Lo provocador en Nietzsche no es un darwinismo vulgar, sino la honestidad brutal de señalar que la moral de lo decadente, en su triunfo, termina asfixiando la vida misma. Lo vemos hoy: no sólo en la sobrecarga fiscal, sino en la infantilización de sociedades enteras. Ahí la psicología debería aportar un contrapeso: devolver al individuo la conciencia de su agencia y de su potencia, recordar que la autonomía no viene dada, que el dolor no otorga privilegios automáticos, que vivir implica riesgo y exposición.

La pregunta incómoda es esta: ¿qué pasaría si aplicáramos la máxima nietzscheana no como consigna de exterminio, sino como criterio simbólico de selección? Es decir, ¿qué pasaría si las instituciones dejaran de empeñarse en mantener artificialmente lo que está condenado a la ruina? Tal vez la salud social consista en permitir que ciertas formas de vida dependientes, ancladas en la queja, se extingan como tales, sin ser transformadas en identidades premiadas. Eso, y no otra cosa, podría devolver un poco de oxígeno civilizatorio.

El problema es que nuestras democracias modernas, nacidas de la moral de la compasión (en su acepción vulgar), no están preparadas para semejante paroxismo de sinceridad. Aquí Nietzsche sigue siendo dinamita. El Estado de Bienestar se presenta como culmen de la civilización, pero leído con ojos genealógicos aparece como lo que realmente es: una maquinaria de perpetuación de lo caduco. La psicología, con su filo doble, puede desenmascarar o perpetuar esa dinámica. Depende de cómo la usemos: para seguir celebrando la fragilidad o para devolverle al sujeto la potencia de existir sin muletas. Borges lo decía con su seco minimalismo: “Creo en el individuo, no en el Estado”.

En última instancia, la pregunta nietzscheana resuena más actual que nunca: ¿queremos sociedades definidas por su capacidad de sostener lo que ya no sirve, aquello que es peso muerto, o sociedades que se atrevan a dejar de glorificarlo? Tal vez el verdadero acto de humanidad, esa “compasión” paradójica de Nietzsche, consista en no prolongar indefinidamente lo condenado a la decadencia, sino en permitir que lo nuevo surja sin estar encadenado a los muertos vivientes del rebaño.

La muerte de Charlie Kirk —a los 31 años, derribado en plena tribuna universitaria— es un espejo obsceno de esta tensión. No fue la caída de un asistido del sistema, sino de alguien que había hecho de la afirmación una forma de estar en el mundo. Y, sin embargo, el relato que queda no habla de potencia sino de víctima: mártir inmediato, símbolo de ocasión, capital político en disputa. El guiño cruel de Nietzsche aparece intacto: incluso la fuerza, al desaparecer, es traducida al idioma de la fragilidad; incluso lo vital termina reciclado como ícono de lo caído. Y nuestras instituciones, que no saben qué hacer con la vida afirmativa, se limitan a gestionar cadáveres y colgarlos como banderas.

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