Cuando el sujeto se queda sin forma: el delirio 🤪 como identidad, la disolución como existencia

Cuando el sujeto se queda sin forma: el delirio 🤪 como identidad, la disolución como existencia

La modernidad comenzó con un acto de escamoteo filosófico. Descartes (hombre delirante), en su habitación con las ventanas cerradas y un exceso de confianza en su mente, proclamó: pienso, luego existo. Con esa frase, creyó haber encontrado el punto firme del mundo. En realidad, acababa de abrir la puerta al delirio de grandeza más sofisticado de la historia del ser humano: el hombre convertido en su propio fundamento. Kant completó la farsa con elegancia prusiana: si el sujeto no puede conocer “la cosa en sí”, entonces la realidad debe pasar por su sistema de categorías mentales. En resumen: el universo necesitaba un permiso kantiano para existir.

Pero aquel “yo” moderno, tan altivo y racional, nació enfermo, patológico. Para afirmarse, tuvo que amputar al cosmos, matar a Dios y olvidar que tenía cuerpo. El sujeto cartesiano fue el primer avatar digital avant la lettre: una conciencia flotante sin tierra ni sexo, pura interfaz mental. Desde ahí empezó la larga historia de su disolución.

Nietzsche fue el primero en darle la extremaunción: si Dios ha muerto, también el sujeto lo está, sólo que aún no se enteró. Freud lo quiso diseccionar y descubrió que debajo del “yo” había impulsos, traumas y deseos inconfesables.

Marx lo colectivizó: el individuo no piensa, sólo reproduce la ideología de su clase social. Y Foucault, sonriente, cerró el ataúd: el sujeto es una fabricación del poder, una marioneta que se cree libre porque no ve los hilos. Derrida toma todo este relato y lo introduce en la nefasta licuadora de la “deconstrucción”. De este modo, hoy tenemos un lío y una serie de distorsiones culturales sin precedentes en la historia humana.

Un sujeto nefasto llamado Jacques Derrida

El siglo XX fue el velorio del “yo”. Cada escuela filosófica le quitó una capa hasta dejarlo pelado, vacío, transparente. Pero el cadáver no descansó en paz: se reencarnó en la era digital como sujeto woke, versión beta del alma humana.

El sujeto woke ya no dice “pienso, luego existo”: dice “me identifico, luego me subsidian desde el Estado”. Vive en un reality ontológico donde cada quien decide su esencia como quien elige un filtro de Snapchat. La identidad ya no se descubre: se declara. No se es, se autopercibe.

arte de Francis Bacon, la deformidad de la autopercepción

El cartesiano buscaba certeza; el kantiano, moralidad; el woke busca visibilidad e histeria. Y si no la obtiene, llora discriminación. Es un sujeto tan fluido que podría evaporarse. El yo se derritió: de sustancia pasó a story, de espíritu a posteo, de categoría metafísica a campaña de marketing de influencers.

Lo tragicómico es que esta disolución se celebra como liberación colectiva. El sujeto woke confunde su colapso con progreso, su psicosis con diversidad. Cada día inventa una nueva minoría interior que lo justifique: “soy neurodivergente, demisexual, post-humano, transespecie y me ofendo por anticipado”. Todo lo que antes era síntoma en tratados de psicopatología, hoy es identidad con bandera.

Y la sexualidad, claro, no podía faltar en esta misa kitsch del yo sin forma. El eros moderno se volvió branding: sexo con moralina, placer con panfleto. La cama es ahora un escenario político donde el goce se mide por la cuota de representación de género. El sujeto woke no tiene amantes: tiene causas y devenires. Y su libido, lejos de ser instinto, es discurso: cada orgasmo una proclama, cada cuerpo un manifiesto sui generis.

La promiscuidad sexual actual no nace del deseo, sino del aburrimiento ontológico. Cuando no se sabe quién se es, se prueba con todas las formas a ver si alguna funciona. El yo woke no fornica: experimenta umbrales. No ama: valida. No desea: milita en colectivos. Y entre tanta deconstrucción, el erotismo se extinguió como un fuego cubierto de discursos sobre consentimiento y microagresiones “fascistas”. Concepto al que un chico de la generación Z no puede definir ni por asomo.

El sujeto moderno quiso reemplazar a Dios. El sujeto postmoderno quiso reemplazar la biología. El sujeto woke quiere reemplazar al sentido mismo. Pero al final, todos terminan igual: mirándose en la pantalla, buscando su reflejo, sin notar que ya no hay nadie ahí, porque son todos una serie de colecciones iguales.

arte de Francis Bacon

Porque cuando el sujeto se queda sin forma, lo único que le queda es la pose.
Y así, el último eco del pienso, luego existo se ha degradado en su versión contemporánea: “Subo stories, luego soy”.

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