Así funciona tu 🧠 cerebro cuando votás: sobre el poder y la decadencia (parte 5) 👊🏻

Así funciona tu 🧠 cerebro cuando votás: sobre el poder y la decadencia (parte 5) 👊🏻

El mismo cerebro que nos permitió cooperar, crear herramientas y construir civilización, también crea tribalismo, ansiedad, odio, prejuicio y reactividad. La escena política contemporánea es un teatro infantil donde algunas tribus de homínidos más o menos domesticados insisten en que “piensan”. Que tienen buenos argumentos. Que su postura es fruto de la reflexión y no de inclinaciones arcaicas. Izquierda y derecha: dos etiquetas glorificadas que funcionan como tótems, no como categorías racionales. Son ficciones útiles para organizar bandos —como colores en una guerra tribal—, no para describir nada real en el cerebro humano ni en el orden del mundo.

Si uno mira la historia, la antropología y la neurociencia, lo que aparece es brutal: somos animales gregarios que se alinean con su manada, 🦍 no “ciudadanos autónomos”. La política partidaria no es filosofía bajada desde el cielo al barro; es etología, es decir, conducta animal. Son rituales de señalización de pertenencia, no búsquedas de verdad. George Lakoff lo expresó con claridad quirúrgica: cada postura política está enmarcada por estructuras morales inconscientes. Jonathan Haidt remata la escena: las intuiciones deciden primero y la razón llega después, fatigada, para justificar lo inevitable, para racionalizar.

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Mientras tanto, cada tribu cree que la otra está “lavada del cerebro”. La izquierda piensa que la derecha es bruta, rígida, ignorante y represiva. La derecha piensa que la izquierda es ingenua, infantil, irrealista. Ninguna se ve en el espejo evolutivo: dos subespecies de simios morales, cada una convencida de estar iluminada.

En este zoológico ideológico, las preferencias se distribuyen de modo predecible. La izquierda suele sentirse protegida en la urbe: densidad demográfica, diversidad simbólica, estímulos múltiples, anonimato, sensación de progreso. La derecha encuentra seguridad psicológica en el campo, los ritmos lentos, la continuidad cultural, el orden visible de la naturaleza. No es ideología: es topografía moral y estado mental. Las raíces emocionales de estos paisajes pesan más que cualquier programa político partidario. Y sin embargo, ambos grupos juran que sus posturas nacen de la reflexión profunda e ilustrada.

La caricatura más tierna del presente es el progresista woke, persuadido de haber alcanzado una conciencia superior en la historia humana. Cree que descubrió la justicia cósmica porque replicó consignas en redes sociales. Su narcisismo espiritual es gigantesco: está convencido de que siente más, empatiza más, comprende más… Pero la neurociencia lo desarma: no piensa más profundamente que nadie, sino que justifica con mayor teatralidad sus intuiciones tribales y sus posturas emocionales.

woke, afro, feminista decolonial y furiosa... "interseccionada".

Y del otro lado, el conservador se ve a sí mismo como el último guardián de la cordura, cuando en realidad opera con módulos afectivos de autoridad, pureza, jerarquía y orden, lo que todo primate necesita simplemente para sobrevivir. Vota lo que su ecosistema moral le confirma, no lo que analizó en soledad. Cree que defiende la civilización, pero simplemente defiende la estructura emocional que su cerebro reconoce como “hogar”.

orgullosamente rubia y Republicana

La incoherencia del votante es universal. No son abstracciones: los casos concretos lo exponen con crudeza.

Estados Unidos 🇺🇸

Sectores significativos del electorado demócrata apoyaron durante los años 90 a Bill Clinton, pese a políticas bastante alejadas del imaginario progresista: la Ley de Crimen de 1994, que amplió el encarcelamiento masivo; la derogación de Glass–Steagall, que favoreció la desregulación financiera; y la reforma del Estado de Bienestar de 1996, que endureció el acceso a ayudas sociales. Mucha base Demócrata —sobre todo afroamericana y de clase trabajadora— respaldó esa agenda, no por coincidencia ideológica, sino por identificación tribal, carisma y rechazo visceral al conservadurismo republicano y a los motoqueros blancos que mascan tabaco y exhiben la bandera Confederada.

Bill Clinton

Años más tarde, algo similar ocurrió con Joe Biden, un político asociado durante décadas a enfoques “duros contra el crimen”, que recibió un fuerte apoyo progresista en 2020 por el marco emocional de “restauración moral” frente a Trump. Las inconsistencias históricas quedaron tapadas por la narrativa afectiva del momento, y su gobierno fue un papelón internacional.

Brasil 🇧🇷

En Brasil, amplios sectores populares apoyaron a Lula da Silva y al Partido dos Trabalhadores, motivados por una narrativa de justicia social y ascenso del “Brasil profundo” y relegado. Sin embargo, los gobiernos del PT mantuvieron acuerdos pragmáticos con actores poderosos del sistema político, incluyendo grandes constructoras y sectores del agronegocio, cuya fuerza económica y territorial excedía lejos al electorado vulnerable que los respaldaba. Para muchos votantes de izquierda, la épica moral del “pueblo contra la élite” pesó más que las contradicciones entre discurso y alianzas reales, donde los progresistas eran ahora la nueva élite.

Posteriormente, en el segundo mandato de Dilma Rousseff, grupos que la apoyaban fervientemente la defendieron aun cuando su gobierno adoptó medidas de ajuste fiscal —contrarias a las expectativas económicas de sus propios votantes— porque el marco afectivo del “proyecto popular bajo ataque” anuló la evaluación racional de los votantes.

Reino Unido 🇬🇧

Trabajadores industriales de regiones empobrecidas votaron “Leave” motivados por una narrativa de soberanía y orgullo nacional, aunque la salida de la UE significaba perder protecciones laborales, subsidios regionales y acceso a mercados que sostenían sus empleos. Fue un voto moral, no porque la gente entendiera de economía.

Argentina 🇦🇷

Votantes de clase media baja alternaron entre proyectos políticos opuestos, guiados por frustración emocional más que por análisis: apoyaron gobiernos que prometían defender su poder adquisitivo y luego gobiernos que implementaron ajustes que perjudicaban ese mismo ingreso. El voto reaccionó al clima afectivo, no a la lógica económica. Y de repente con Milei aparecieron muchos leones donde antes había gatitos.

Francia 🇫🇷

Muchos votantes de Marine Le Pen exigieron simultáneamente una fuerte presencia estatal en subsidios, protección social y servicios públicos, mientras apoyaban un proyecto euroescéptico que dificultaría financiar muchas de esas estructuras. El marco identitario nacional superó al cálculo económico de la mente popular.

Uruguay 🇺🇾

Con la derecha tuvimos recientemente una ministra de economía declaradamente keynesiana, y con gobiernos de izquierda vimos desfilar técnicos acusados de “neoliberales” por su propia tribu, aun cuando sus políticas jamás se alejaron del cómodo centrismo socialdemócrata donde toda la élite —política, empresarial y sindical— encuentra su hamaca paraguaya. Mientras tanto, la jauría ciudadana agita banderas creyendo que vota modelos opuestos, cuando en realidad vive dentro del mismo corral fiscal. Pagamos precios europeos por alimentos y servicios sudamericanos, celebramos nuestra moderación como si fuera virtud moral, y aplaudimos el espejismo de alternancia que no altera nada.

Nada de esto es extraño. La política no es un debate de ideas; es un pugilato de identidades sobre ficciones moralizadas. Somos animales fanáticos peleando por símbolos, rituales, tótems y marcos inconscientes que nos dan placer tribal. El resto —paneles, editoriales, think tanks, discursos— es escenografía para que el mono no advierta su culo color rosa.

Los sesgos cognitivos completan la tragedia. El sesgo de confirmación nos hace ciegos a los hechos incómodos. El sesgo de pertenencia premia estar equivocado con la tribu antes que tener razón en soledad. El sesgo afectivo hace que odiemos antes de comprender. El sesgo de disponibilidad nos convence de que lo que aparece en las pantallas es la realidad. Y el sesgo de disonancia transforma contradicciones grotescas en relatos heroicos. Cada bando se cree menos sesgado que el otro, lo cual es otra joya evolutiva en la sabana de cemento.

La política partidaria sobrevive porque es un producto biológico, no racional. La disposición biológica pone la estructura y la cultura el barniz.

Si mañana desaparecieran los partidos, izquierda y derecha volverían a aparecer espontáneamente, como moho en un sótano. No son ideas: son patrones afectivos, arquitecturas morales, instintos de coalición. Peleamos por “principios”, pero son amuletos. Peleamos por “identidades”, pero son relatos. Peleamos por “verdades”, pero son ilusiones estabilizadas por la repetición. Conductismo básico.

Papá da lecciones a la hora de almorzar

La verdad final es incómoda y deliciosa: no somos ciudadanos deliberativos. Somos primates con diplomas. Y cuando votamos, no elegimos ideas: elegimos manada. 🦍

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