Armas, Gérmenes 🦠 y Excusas: semblante de la antropología progre 👴🏾 👨🏿🦱👨🏿🦲 🧔🏼♂️ 🧔🏻 👨🏻🦰
En una playa 🏖️ del Pacífico, un hombre semidesnudo le pregunta a un científico occidental por qué los blancos “tienen tanto” y los suyos tan poco (tecnología, mercadería, artefactos culturales). Jared Diamond, fascinado, erige de aquella escena tropical un evangelio entero, un manual plagado de tesis: Armas, Gérmenes y Acero (1997). Desde entonces, las universidades occidentales repiten esa fábula con devoción casi litúrgica: el hombre blanco 👨🏻🦰 no conquistó el mundo por inteligencia, organización o mérito, sino porque la geografía le regaló trigo, 🌾 caballos 🐴 y un eje continental benévolo. La historia universal reducida a un mapa de cultivos.
Diamond predica que la desigualdad material entre civilizaciones es puro accidente ecológico. Que no hay culturas más capaces, sino climas más cómodos. Es el sueño húmedo de toda antropología progre: un determinismo natural que libera a la humanidad de la culpa de haber hecho historia. Ya no hay vencedores ni vencidos, solo zonas con más cabras 🐐 y ovejas 🐑 domesticables.

La ingenuidad económica de Diamond es monumental, y hasta da para pensar que es deliberada. Explica la prosperidad moderna como si fuera una extensión del clima, no del ingenio humano. Para él, la Revolución Industrial 🏭 no surge del espíritu de cálculo, de la ética del trabajo ni de las instituciones que protegen la propiedad y la innovación, sino del hecho fortuito de tener una cordillera con caballos y trigo. Marx al menos hablaba de relaciones de producción; Diamond ni siquiera eso: habla de gallinas. 🐔 En su mundo, el capitalismo nace por accidente, la ciencia por clima templado y la historia por geografía. Es la versión ecológica del pensamiento mágico. 🪄
Y de ese pensamiento mágico se nutre hoy toda la mística socioambientalista que empapa a las ciencias sociales: esa religión laica que cree que el ser humano es apenas un epifenómeno de su ecosistema. Un alumno no fracasa: el sistema lo asfixia. Una sociedad no decae: la globalización la oprime. Una cultura no se estanca: el cambio climático la desmoraliza. Todo mal se explica por un “contexto”, una “estructura”, una “crisis planetaria”. La responsabilidad individual, la creatividad, la inteligencia 🧠 o la virtud desaparecen como categorías burguesas. El sujeto ya no actúa: es actuado.
A esa liturgia se suma la falacia archirrepetida del “neo-colonialismo extractivista”, 🧨 ese dogma académico según el cual los pueblos del Sur son pobres porque los del Norte se roban sus recursos. No importa que muchos países ricos no tengan oro, ni petróleo, ni selva tropical; el credo exige culpar al extranjero. El atraso, dicen, no es autoinfligido: siempre es importado. Según esa lógica, si Suiza tuviera un desierto, sería Somalia, y si el Congo tuviera Alpes, sería Noruega. Es el pensamiento mágico del mineral ofendido. Y el chiste final se cuenta solo: mientras los teóricos del “extractivismo colonial” escriben papers contra el capitalismo, lo hacen en laptops 👨💻 fabricadas por el capitalismo, probablemente con litio “saqueado” del mismo continente que dicen defender.

Y por supuesto, todos los linajes evolutivos son iguales —¡faltaba más! —: la del bosquimano que aún frota palitos para hacer fuego 🔥 en Namibia y la del hombre que pisó la Luna forman parte de la misma línea gloriosa. La antropología progre lo asegura con sonrisa beatífica: el progreso no existe, solo “formas diversas de adaptación”. De modo que el astronauta debería pedir perdón al cazador por su insolente modernidad; por no vivir todavía en la Edad de Piedra, por no hablar con los espíritus de los árboles y por no morir a los treinta de malaria. La nueva santidad académica consiste en adorar el atraso como pureza y en llamar “colonialismo” a toda superación.
El mayor pecado de Diamond no es la simpleza, sino la comodidad moral e ideológica. Su tesis exculpa a todos: al blanco por su éxito, al indígena por su pobreza, al académico por su cobardía intelectual. Nadie es responsable, todos son víctimas del suelo donde nacieron. El progreso se vuelve un fenómeno meteorológico. Así, Armas, Gérmenes y Acero no es un libro de historia, sino un manual de autoayuda para civilizaciones culpables.
El problema de fondo es que la teoría de Diamond —ese “ambientalismo absoluto”— niega la existencia misma de la cultura como fuerza creadora. Donde otros vieron pensamiento, organización, técnica, él ve vegetales domesticables.🌳 Donde hubo voluntad de poder, él halla temperatura promedio. Es la biología sin biología, la economía sin economía, la historia sin hombres.

Yali el aborigen preguntó -entonces- por qué los blancos tienen tanto y ellos tan poco. Diamond respondió con el catecismo del azar. Tal vez la verdadera respuesta sea más incómoda: porque unos construyeron instituciones, tecnología ⚡️ y disciplina, y otros —simplemente— no. Pero esa respuesta hoy sería anatema, un crimen de pensamiento. Así que seguimos repitiendo el mito de la geografía justa, mientras las universidades se llenan de discípulos que confunden el mapa con el destino.
Porque el progresismo académico ya no estudia al hombre: estudia su excusa.
Y mientras tanto, el hombre occidental, culpable de haber inventado la imprenta📚, el microscopio 🔬 y el cohete, 🚀 se arrodilla ante el tótem del igualitarismo evolutivo pidiendo perdón por no vivir en cuevas. La civilización que una vez desafió al cosmos hoy duda de su derecho a existir. Diamond y sus discípulos no lo dicen, pero lo sueñan: que el hombre vuelva a ser inocente, es decir, impotente; que renuncie al fuego prometeico que lo hizo creador y vuelva a adorar las nubes.
Porque al final, esa es la batalla real: entre quienes creen que el ser humano es una hoja movida por el viento, y quienes aún sostienen que fue hecho para soplar sobre el mundo y darle forma.
La historia no fue un accidente: fue una elección. Y negarlo es, quizás, el último lujo de las civilizaciones ✝️ que ya empezaron a morir de vergüenza. ☦️